—Sí, sí. Quiero ser otra. Y usted me ayudará, usted, que es tan bueno...
La infeliz criatura lloraba desesperadamente, con sollozos cortados, retorciéndose, echando hacia atrás la cabeza, estirando los brazos y levantándolos como en una trágica imprecación al cielo.
Llamaron a la puerta. Nacha se estremeció, sobresaltada. Se arregló rápidamente para ocultar su llanto y se dirigió a la puerta de la habitación. Era la sirvienta, que traía una carta de Arnedo. Aterrada, no se animaba a abrirla. Se la entregó a Monsalvat, quien la leyó. Arnedo comunicaba que aquella noche iría a comer con cuatro amigos. Nacha tomó el papel y se quedó inmóvil, muda, mirando a lo lejos. Monsalvat le habló, pero ella permanecía en silencio, con el ceño arrugado, sin mirarle. Una expresión trágica parecía esculpida en su rostro. Temblaba toda entera, ligeramente. De pronto, llevándose las manos a la cabeza, exclamó:
—¡No, no, no! ¡No puede ser! ¡Es una locura! Váyase, váyase ahora mismo. No quiero verlo nunca más. He estado loca. ¡Váyase inmediatamente!
Monsalvat la miraba estupefacto, sin saber qué pensar de aquella actitud. Creyó que perdía para siempre a Nacha. Intentó hablar, explicar. Pero era inútil. Ella le señalaba la puerta, implacable, resuelta, con una energía desconocida. Monsalvat tuvo que salir. Y se fué con el corazón destrozado y con la certeza de que una gran catástrofe había caído sobre su vida. Nacha ni siquiera le dijo adiós.
Las dos líneas de Arnedo habían bastado para que Nacha volviese a la realidad, es decir, a lo que ella creía la realidad. Lo que imaginaba una locura, una cosa imposible, era la realidad verdadera. La otra, la que ella vivía, era una realidad fugaz e inconsistente.
En un esfuerzo enérgico abandonó sus lágrimas y sus recuerdos. Se sintió otra vez la Nacha de antes, Lila, la bailarina de tangos y la mala mujer de la vida. Desechó por un instante hasta la memoria de Riga.
Pero luego, hacia las cinco, su corazón pudo más que su voluntad. Repentinamente, con desesperación, como con temor de volverse atrás, se puso en un segundo el sombrero, bajó a la calle, se fué en un automóvil al cementerio.
Llegó en el momento de los discursos. Se situó lejos del lugar, disimulando para no ser notada. Vió con infinita tristeza que apenas veinte personas habían ido a despedir al poeta. Cuando todos partieron, se acercó al nicho donde fuera colocado el cadáver de su amigo. Con el pañuelo en los ojos permaneció allí largo rato. En su inmovilidad, su humilde traje negro, su llanto silencioso, su actitud de sufrimiento, parecía una imagen del Dolor. La tarde estaba oscura. Lloviznaba y hacía frío. Cuando arreció la lluvia, Nacha se apartó de allí lentamente y volvió a su casa.