—¿Cómo? ¿Y su arrepentimiento...?
—Yo no estoy arrepentida—contestó ella pronunciando sílaba por sílaba y mirando a Monsalvat.—No estoy arrepentida porque no he buscado el mal.
—¿Pero no lamenta la vida...?
—Dios sabe que he sufrido espantosamente. ¿Cómo no he de lamentar una vida tan desgraciada?
—Y entonces, ¿por qué no quiere dejarla?
—Quiero, pero no puedo. Mi destino es ser una mala mujer.
Monsalvat sintió en ese instante que el sentimiento de su corazón asomaba a sus labios, pronto a persuadir y a inflamar el corazón de Nacha en el vehemente anhelo del bien. Le tomó las dos manos, que ella, con un débil movimiento de resistencia, intentó negarle.
—Nacha, hay que cambiar de vida inexorablemente. Es preciso que usted sea usted misma, que recupere su personalidad, que viva. Que viva, ¿comprende? Que pueda soñar, amar, recordar... Su alma exige ser libre, y la libraremos de la esclavitud... Piense en todo lo que ha sufrido. Pues todo eso no es nada, absolutamente nada, junto a los padecimientos trágicos que le esperan. La juventud pasará pronto para usted, y un día se encontrará vieja, enferma, fatigada, hecha un harapo humano. La devorará la tuberculosis, le contagiarán males horribles; y si no se vuelve idiota, se quedará paralítica. Pero antes, irá cayendo, cada vez más abajo, más abajo... Llegará un día en que será definitivamente esclava. El traficante que acecha en cada esquina le echará sus garras, y, una vez en la casa triste de las mujeres explotadas, se volverá una simple bestia de placer. Y allí no hay vida verdadera, ni esperanzas, ni porvenir. No hay ni amor, porque no es amor el instinto criminal del compadrito que la maltratará y la robará. Será vendida como un mueble, en subasta. ¿Cuánto vale esta mujer? Tanto. Llévesela, es suya. Y rodará hasta los antros más inmundos para servir de placer a los hombres más abyectos, a los más repugnantes. Después, nadie la querrá por vieja y por fea. Los hombres más asquerosos le tendrán asco, y su esperanza será morir en un hospital, sola, sin una lágrima que la llore, sin una palabra de piedad en su agonía. Nadie sabrá que dejó usted el mundo. Será arrojada en su tumba, como se arroja dentro de la tierra un perro muerto...
—¡No siga, no siga, por amor de Dios! ¡Es espantoso!
—Es la verdad, Nacha. Es lo que le espera si no cambia de vida.