Nacha refirió luego sus esfuerzos para trabajar y vivir honestamente. Entró en una tienda, donde padeció mucho. Como no sabía hacer nada, le dieron la última categoría de las vendedoras. Veinticinco pesos mensuales y once horas de trabajo. Tenía un interés en lo que vendiese; pero como las vendedoras primeras se acaparaban todas las ventas, lo que ella ganaba en tal concepto era una miseria. No tenía, pues, ni para comer. El gerente le hizo el amor, amenazándola con echarla si no se le entregaba. Las compañeras eran casi todas víctimas como ella, pero habían resuelto su situación: tenían amantes que les daban dinero, o frecuentaban las casas de citas. Eran unas perdidas, muchas de aquellas muchachas. No hablaban sino de regalos, de alhajas, de vestidos y de obscenidades. Un día, una de ellas, con la que había hecho gran amistad, le dijo que era inútil querer ser buena y resistir. Todas caían, tarde o temprano, porque ése era el destino de las muchachas pobres, porque así lo querían los ricos. Era una excelente muchacha, trabajadora, buena, todo corazón; le declaró que ella, para sostener a su madre viuda y sus cinco hermanitos, necesitaba acudir dos o tres veces por semana a cierta casa oculta donde iban señores serios.

—Era inevitable que yo me perdiese—continuó Nacha.—¿Qué iba a hacer? Tenía a dos pasos la tentación. Luché algunas semanas, pero las deudas, el hambre, la necesidad de vestirme bien, el lujo que veía a mi alrededor, hasta la creencia absurda de que así me libraba del gerente, contribuyeron a perderme. Y un día, le pedí a mi amiga que me llevara a aquella casa...

Bajó los ojos, avergonzada. Monsalvat le rogó que siguiera, diciéndole que ella no tenía la culpa, que eso debía ocurrir fatalmente. Nacha siguió, refiriendo todo lo que había sufrido durante las primeras veces que acudió a aquella casa.

—¿Y vivió mucho tiempo de ese modo?—preguntó Monsalvat, aprovechando un silencio de su interlocutora.

—Seis meses. Pero un día, sentí tanta repugnancia de semejante vida, que dejé la tienda y no volví más a aquella casa. Trabajé en costuras, fuí corsetera, hice flores artificiales... No tuve suerte. Fuí bajando poco a poco, aceptando cada vez los oficios más modestos. ¡Y siempre llena de deudas! Mientras tanto, no había hombre que no me pretendiese. Por huirles cambié de oficio en más de una ocasión. Les tuve odio, miedo, repugnancia. Por fin, después de varios años de un continuo padecer, vine a caer como camarera en un café-concierto. Allí fué más insoportable la persecución de los hombres, pero ganaba bastante con mi trabajo y tenía un cuartito limpio y decente, con muebles míos. Allí, una noche, después de un año, me encontró Riga...

—¿Y después?

—¿Después que abandoné a Riga? Pues... volví a caer, esta vez para siempre. Viví unos meses con uno, un año con otro, hasta que terminé por entregarme completamente a la vida. En una de esas casas reservadas me encontró Arnedo y me sacó.

Quedaron silenciosos un largo rato. Nacha estaba inmóvil. Tenía los ojos enormemente abiertos. ¿Qué miraba? ¿En qué pensaba? Monsalvat creyó que había llegado el momento trascendental, y dijo:

—Ahora, Nacha, tiene que cambiar de vida...

Ella, sin mudar de posición y sin mirarle, movió dos veces la cabeza, lentamente, de derecha a izquierda.