—Y pensar que esta mujer, que esta mujer miserable que le habla, lo abandonó... ¡A él, el más bueno de los hombres! Y todo por miedo a la pobreza, al hambre... Yo he sufrido mucho, pero mucho, Monsalvat... Sufrí cuando el hombre que me deshonró quiso que evitáramos nacer al hijito que yo llevaba en mi vientre. Mi hijito, que era para mí la única seguridad de la vida, lo único que podía acercarme a mi madre, lo único que podía volverme a la vida honrada... ¡Cómo sufrí! Usted ahora me ve llorando y me tiene lástima, y esto no es nada al lado de la angustia de aquellos días, cuando supe que había tanta maldad en los hombres, tantas miserias en la vida. Padecí entonces horriblemente... Y sin embargo, tampoco eso era nada al lado de lo que sufrí al abandonar a Riga...
La pobre muchacha se puso a llorar con tal ansia que era como si toda la casa temblase con su llanto. Monsalvat, penetrado de un gran dolor, le decía palabras consoladoras. Y él mismo no sabía de dónde sacaba aquellas palabras, pues jamás las oyó ni las pronunció en su vida. El intenso sufrimiento de Nacha le hacía a él un extraño bien.
—Me acuerdo de aquella mañana en que lo dejé. Me acordaré en todos los días que me dé Dios. Vivíamos en un cuarto pobrísimo, oscuro, chico, sin aire, ¡el cuarto más miserable del más miserable conventillo! Ni muebles teníamos... Apenas nos quedaban dos catres, viejos, rotos, sucios... Yo no había dormido esa noche. La pasé llorando, meditando mi plan, imaginando la pena de él cuando no me encontrase...
Se detuvo un momento, porque el llanto la ahogaba. Aspiró el aire con toda la fuerza de sus pulmones, y prosiguió:
—Al amanecer me vestí y arreglé un atadito con las pocas ropas que tenía. Todo fué hecho con calma... con toda la calma imaginable. Quería retardar el momento terrible. Por fin llegó. ¡Iba a dejarlo, a él, que tanto me quería! ¡Cómo me costó resolverme! Lo miré. Dormía profundamente. Me acerqué en puntas de pie, lo besé en la cabeza... No sé lo que pasó por mí en aquel momento. Debí recostarme en la pared, porque el mundo se deshacía para mí. Me faltaba el corazón. Creí que me iba a morir. Allí estuve un largo rato, sin moverme, estupefacta. Cuando tuve fuerzas para apartarme de allí, me senté en mi catre llorando. Debí llorar lo menos una hora. Después comencé a salir. Cada paso me costaba un dolor en el alma. Avancé así, paso a paso, un paso cada siglo, ahogada en llanto, mirándolo siempre a él... ¿Por qué lo dejé? ¿Por qué, Dios mío, cometí esa infamia? Por fin, llegué a la puerta; y cuando creí que nadie de la casa podía verme, eché a correr, eché a correr como una loca, bajé la escalera... no, me arrojé escalera abajo, y cuando estuve en la calle, caí en el umbral y me quedé allí yo no sé cuánto tiempo llorando...
Monsalvat tenía que luchar consigo mismo para no emocionarse.
—Tiene que contarme su vida, toda su vida, desde que dejó la casa de su madre...
Nacha resistió un poco, pero terminó haciéndole la confidencia plena de sus desgracias.
—Yo tenía veinte años, pero era una chica. No sabía otra cosa que pelearme con mi hermana y cambiarme sonrisas y miradas con los pensionistas de mi madre. Uno de ellos, que se llamaba Belisario Ramos, consiguió enamorarme. Yo lo consideré mi novio y no dudaba de que se casaría conmigo. Una mañana se fué de la casa. Convinimos en encontrarnos esa tarde en la plaza del Once. "Para hablar de tantas cosas", me dijo él; "para combinar nuestros planes, ya que ahora nos será difícil vernos." Me hizo subir a un carruaje y me llevó muy lejos, a una casa cerca de la Chacarita. Yo no me imaginaba lo que él había planeado. Intentó la violencia contra mí. Yo me defendí, lloré, le pedí por favor que me dejara. Todo fué inútil. Era fuerte, era hábil y yo estaba enamorada. ¿Qué otra cosa podía suceder si no lo que sucedió? En fin, había pasado mucho tiempo, y yo, afligida por mi madre y mi hermana que me esperarían, quise salir de allí. Me dijo entonces que era demasiado tarde para volver a la casa. Me desesperé, lloré otra vez. Una mujer, dueña de la casa, vino a aconsejarme, a convencerme que me quedara allí con Ramos, que viviéramos juntos... Yo pensé que ante mi madre y toda la gente de la casa, ya estaba deshonrada. ¿Qué iba a decir si volviese? ¿Cómo explicaría semejante tardanza? Me quedé, resignada a todo, deseando que la policía viniese a buscarme y me llevase a casa. Y viví con Ramos, que es el hombre más canalla que hay en el mundo. No trabajaba en nada; el dinero con que comíamos era el que él pedía prestado y no devolvía jamás. A los dos meses quiso explotarme. Llevó al cuarto a algunos estudiantes que tenían dinero, y me dejaba sola con ellos, para que yo los enamorase. ¡Un miserable de la peor especie! Por fin, después de año y medio de la tarde funesta, supe con alegría que iba a ser madre. El canalla pretendía que no dejásemos nacer a nuestro hijito, a ese hijito mío que sería mi única dicha en la vida. Discutimos, me pegó brutalmente. Al último, me abandonó. Yo le escribí a mi madre, y mi madre no quiso oírme. El abandono del padre de mi hijo fué para mí algo monstruoso. No sólo por dejarme así, sino por la crueldad que eso significaba, por la maldad que mostraba aquel hombre. Me desprecié por haberlo querido y tuve una enorme lástima de mí misma. Me enfermé, fuí al hospital, perdí mi hijito, que nació muerto...
Se detuvo, fatigada, sufriente, dominada por la emoción. Monsalvat la contemplaba tan bonita, con su aire bastante distinguido, con su aspecto modesto, realzado ahora por aquel sencillo vestido negro que se había puesto para ir más tarde al cementerio. Monsalvat veía que era muchacha buena y honesta en el fondo, una víctima de la voracidad masculina, del egoísmo, de la injusticia social.