Una sonrisa de amargura apareció entre sus labios. Monsalvat la escuchaba doblado, con un codo en la rodilla y la mano en el mentón, mirándola fijamente, como si quisiera beberle el alma.
—Nosotras necesitamos hacernos otro modo de ser—continuó Nacha.—Necesitamos cambiarnos el carácter como nos cambiamos el nombre. ¿Acaso nos mudamos nombre por vergüenza o por temor de nuestra familia? No, no es eso. Nos ponemos otro nombre porque así nos parece que no somos nosotras... Es como en el carnaval. Usted se disfraza y hace y dice cuantos disparates se le ocurren. ¿Y se avergüenza después? No, porque le parece, una vez quitado el disfraz, que no era usted mismo...
Después de un breve silencio, Monsalvat preguntó:
—¿Y anoche? ¿Por qué esa tristeza suya?
Por su conversación con Torres, él sabía cuál era el motivo. Sin embargo, esperó la respuesta con ansiedad.
—Ahí tiene las consecuencias de sufrir. No se va al cabaret para estar triste y para llorar como una sonsa. El Pampa tenía razón en su enojo. Pero yo, ¿qué iba a hacer? Estaba llena de dolor... Un verdadero amigo de otro tiempo, el único hombre que he querido de veras, se estaba muriendo. Hoy es un día de tristezas para mí. ¡Suerte que estoy sola! Así podré recordar muchas cosas lindas. Hoy puedo darme el placer de sufrir...
Al oir estas palabras, Monsalvat se estremeció. Se sentía feliz de que Nacha sufriese, pero al mismo tiempo aquel amor hacia el bohemio le infundía una vaga tristeza. Interrumpió a Nacha para decirle que había conocido a Carlos Riga.
—¿Lo conoció? ¿De veras? ¿Dónde, cuándo?
Desde este instante, Nacha consideró a Monsalvat como a un hermano. La extraña simpatía que experimentaba hacia su visitante llegó al colmo. Le tomó una mano y le rogó que le contase todo lo que supiese de Riga. Le miraba con una gran ternura. Los últimos restos de desconfianza habían desaparecido. Ahora le hubiera contado toda su vida, mostrado toda su alma. ¡Haber conocido a Riga! ¿Qué mayor título para alcanzar su amistad?
Hablaron de Riga largamente. Monsalvat refirió que le conociera por Eduardo Itúrbide. Pero no fueron amigos. Monsalvat jamás frecuentó los círculos literarios y bohemios que frecuentaba el poeta. Nacha exaltó las cualidades de su amigo: el alma más bella que hubo nunca, el ser más generoso, el corazón más lleno de bondad. Parecía que se iba emborrachando al acordarse de Riga. Hablaba como aturdida, en un monólogo atropellado, frenético a veces, en frases cortadas. Llegó un momento en que los ojos se le llenaron de lágrimas, en que temblaba, en que una grande emoción la conmovió intensamente.