Quedó en silencio, profundamente pensativa.

—¿Por qué tanto empeño en olvidar?—preguntó Monsalvat.—¿No sería mejor recordar, ya que para ustedes el presente es tan triste?

—¿Triste? No, no es triste. Con el criterio del mundo, puede ser; pero en la realidad, no. El presente es para nosotras peor que triste: es vacío, es inconsciente. Vivimos en el aturdimiento, vivimos casi... sin saber que vivimos...

—Pero recordar el buen pasado, soñar... ¿por qué no?

—¿Recordar?—preguntó ella con una expresión tristemente dolorida, como si un mundo de viejos sufrimientos se hubiese agolpado a su imaginación.—¿Para qué recordar? ¿Para sufrir?

—Sí, amiga mía: para sufrir. Si ustedes no sufrieran, serían criaturas odiosas. Si son dignas de simpatía y de piedad, es porque sufren. Por eso, ustedes deben desear, buscar, bendecir el dolor...

Nacha se llevó las manos a la cara. Monsalvat, en medio de la pena y de la compasión que experimentaba, púsose contento. Aquel dolor de Nacha significaba para él una esperanza.

—Pero no—exclamó Nacha, de pronto, exaltándose otra vez.—Nosotras no tenemos el derecho de sufrir.

—No hay derecho más respetable para el ser humano.

—¿Pero no ve que debemos estar siempre alegres, bailar, reir, dar caricias? ¿Cómo podríamos ser mujeres de placer si sufriéramos? Dejándonos dominar por el dolor, nos volveríamos antipáticas, porque en nuestro oficio no ser expansivas y alegres, no estar dispuestas para las bromas o las caricias, es ser odiosas, es como si robáramos el dinero que se nos paga.