Él le dijo quién era.
—Fernando... Monsalvat...—repitió ella, como si quisiera grabarse este nombre.
Y agregó, con una dulce sonrisa y con acento suave:
—¿Por qué ha venido a esta casa? ¿No es para traerme ningún mal?
—Es para traerle bien, amiga mía.
La muchacha volvió a sonreir y de nuevo bajó los ojos para mirar en seguida a Monsalvat.
—Amiga mía... ¡Qué lindas palabras! ¿De veras, sería mi amigo? ¿Amigo del corazón? ¡No sabe el bien que me hace, hablándome así! ¡No sabe el bien que me hace diciéndome que no soy mala! Pero sí, soy mala. Solamente que hago todo lo posible para que me crean peor.
Bajó aún más la voz, y, un poco avergonzada de sus palabras, dijo:
—Las mujeres de la vida tenemos necesidad de aparentar otra cosa. Parece que así nos olvidamos mejor... Parece que así fuésemos otras mujeres. Yo hasta creo que puedo no culpar a la de antes, de lo que hace la desgraciada que soy ahora...