—¿Se ha creído que yo me interesaba por usted...? ¡Qué gracioso! No se haga ilusiones. ¡Da risa pensar! Porque usted está loco. Solamente un loco hace estas cosas... Además, yo lo quiero al Pampa. ¡Ahí tiene lo que somos las mujeres! Me trata mal, me desprecia, me pega... Y bueno: yo no he de abandonarlo por cualquier monigote que se presente...

El hombre, por toda respuesta, le tomó una mano y la condujo hasta el sofá. La hizo sentar. Y con la misma voz de dulzura, de sinceridad y de afecto que hacía unos instantes, le habló así:

—Si usted, Nacha, no se rebela contra ese hombre, es porque teme una vida peor. Sufre intensamente sólo de pensar que mañana, el día en que la abandone, tendrá que andar de mano en mano.

—Eso no. ¿Con qué derecho me insulta? Yo soy una mujer honrada, ¿sabe? Honradísima.

Y encontrando, sin duda, cómicas sus palabras, se echó a reir de pronto. Parecía que en aquella risa mala mostraba Nacha un gran desprecio de sí misma y a la vez el orgullo de vivir como vivía. Su interlocutor la compadecía cada vez más.

—¿Por qué es así, Nacha?

—¿Cómo?—exclamó ella, sin cesar de reir.

—¡Quiere aparentar lo que no es! Quiere parecer mala y es buena.

Nacha, bruscamente, se puso seria. Bajó los ojos al suelo y así estuvo unos segundos. No se movía. Revelaba una honda preocupación. Al cabo levantó los ojos, y con lentitud, serenamente, miró al desconocido. Le miró hasta el fondo de los ojos y quedó asombrada de la limpidez y de la paz que había en ellos. Bajó los suyos otra vez, y otra vez volvió a levantarlos hacia él. Al cabo de un largo silencio, con voz suave y triste, hablando lentamente, le preguntó:

—¿Quién es usted? Dígame cómo se llama...