La mirada del hombre la hizo interrumpirse. Callaron. El visitante no apartaba sus ojos de Nacha. Ella veía que él intentaba hablar, pero evidentemente no se atrevía. Por fin, emocionado, y con una voz dulce y triste, empezó:
—Nacha... sé que así es su nombre... no me ha dicho la verdad. Ni vive tranquila, ni es libre. Usted sufre. Anoche he comprendido hasta qué punto sufre. Desde que la he visto he sentido por usted una profunda lástima...
—¿Ah, sí?—exclamó Nacha, riendo falsamente.
Estaba resuelta a no continuar aquella conversación. En aquel instante se encontraba molesta ante ese hombre que se había entrado en la casa, que la estaba comprometiendo y que todavía se permitía declararle que sentía lástima de ella.
—Sí, una profunda lástima—repitió él, que no se dió por aludido al verla reir.
—¡Qué bueno! ¿Sabe que es un tipo notable?—dijo Nacha, riendo siempre forzadamente.
—¡Vida dolorosa la suya!—continuó el visitante, como si hablara solo y no hubiese oído las palabras de Nacha.—Vive en la humillación, en el sufrimiento, en el terror constante de lo que vendrá. Eso no es vivir, Nacha.
—¿Será morir, entonces? ¿Sabe que me divierte? ¡Lástima que deba irse en seguida! Porque si el Pampa lo encuentra... ¡Ojalá viniera pronto!
Estaban aún de pie, en medio del cuarto. El visitante oía con tristeza a Nacha, que desahogaba su nerviosidad en palabras y palabras, precipitadamente, mezclándolas con un incesante reir simulado y con incoherentes movimientos de las manos y de los brazos.