Estas palabras la decidieron. El temor de no verle se apoderó de su alma y de su cuerpo y la empujó por el corredor hasta la pieza donde la esperaban. Seguía temblando. Ignoraba aún lo que le diría, qué actitud iba a tener. Una ansia de llorar comenzaba a acumularse en sus ojos. Todavía en la puerta, dudaba de entrar. Creía desmayarse. Las cosas se habían nublado. Oyó la voz de la paralítica que le mandaba entrar. Oyó la voz imperativa de su amor que le mandaba abrir la puerta... No supo más. Alguien debió abrir desde adentro y cerrar después. Temblaba y lloraba. El corazón golpeaba en aquella campana vibrante que era su pecho. Con las manos en el rostro, no veía a Monsalvat. Pero lo sentía a su lado. ¡Sentía su corazón junto al suyo!
Cuando levantó los ojos, Nacha vió el sufrimiento de Monsalvat. Era un sufrimiento formado de recuerdos dolorosos, y del presentimiento de una fatalidad que se levantaba entre ellos. Era un sufrimiento que hacía más intensa la dicha de encontrarse.
—Nacha... Aquella tarde me echó de su casa... ¿Por qué hizo eso? Fué entonces el comienzo de mi desgracia. Tal vez yo procedí mal, y ahora le pido perdón. Desde aquel día, sólo he pensado en usted. El problema de su vida ha venido a ser el problema de mi vida. La he buscado por los lugares donde podía buscarla. La he buscado sufriendo...
Permanecían unidos de las manos, el uno frente al otro, de pie. Nacha, en su emoción, bajaba la cabeza. No sabía cómo conducirse con aquel hombre bueno y sencillo. Pensaba que ella también debía ser sencilla. No tenía derecho a ocultarle nada, ni a disfrazar sus pensamientos ni a mentirle. No preveía el fin de aquella entrevista. No había resuelto nada de antemano. ¿Se dejaría llevar por los acontecimientos? Si Monsalvat quería hacerla suya, se le entregaría en cuerpo y alma. Si no, ¿qué pasaría? Monsalvat la había llevado a un sofá próximo, y allí hablaban ahora.
Monsalvat refirió cuánto había hecho por encontrarla. A veces le parecía que aquella mujer no era digna de una pasión como la suya, y temiendo el análisis, temiendo que su pensamiento quedase con aquella preocupación, se interesaba más en el relato, ponía más entusiasmo y emoción. Todos sus sueños desfilaron también en larga caravana. Su vida de otros años, su vida de ahora. Explicó los ideales que le atormentaban y sin los que ya no podría vivir. Había encontrado el sentido de la existencia: darse a los demás, hacerlo todo por los demás, vivir nuestra vida para los que necesitan de nosotros.
Nacha le escuchaba silenciosa. Ella, en ciertos momentos de ensueño, imaginó que su primera entrevista con Monsalvat, si alguna vez se encontraban, pasaría entre besos enormes y cariños de una ternura extrahumana. Para ella, eso era el mayor amor. Pero ahora comprendía que había otro mayor amor. Y estaba impávida, sorprendida, sin saber si alegrarse o entristecerse. Aquel hombre no era de su mundo. Era un enigma, era tal vez un ser demasiado superior. Jamás lo comprendería. Ella, una pobre muchacha de la vida, sin talento, sin virtud, sin nada, ¿cómo iba a alzarse hasta una alma como aquélla?
Y una tristeza inmensa embelleció su rostro. Monsalvat preguntó la causa de esa tristeza. Nacha hizo un esfuerzo para no llorar. Toda su energía la puso en dominarse. Y se venció a sí misma. Ahora era fuerte. Una resolución acababa de definirse en su voluntad.
—Es que... yo no lo quiero a usted. No llegaría a quererlo nunca. ¡Yo jamás seré suya!
Monsalvat quedó hundido en una estupefacción dolorosa. No comprendía nada, absolutamente nada. Su experiencia le enseñaba que aquella mujer lo quería. Había sentido la presencia de un gran amor entre los dos. La había sentido con la misma evidencia con que pudiera sentir una presencia humana. Y ahora... No, no era posible. ¿Qué misterio había allí? ¿Estaría Nacha dominada otra vez por Arnedo? Intentó convencerla de que sí le amaba ella. Sentía esa necesidad de convencer que sienten en semejantes casos todos los que aman. Y como todos los que aman, daba argumentos que parecerían débiles, a veces ridículos, quizás infantiles, mirados fríamente. La fuerza de esos argumentos residía en el tono de la voz que los decía, en la sinceridad y la emoción del sentimiento.