—No, no lo quiero. Es inútil. Jamás podré quererlo. ¡Ha sido muy bueno usted conmigo, muy generoso, muy leal! Lo quiero como a un amigo del alma, nada más...

Monsalvat comprendió entonces hasta dónde llegaba su pasión. Alguna vez creyó que lo que en él había era sólo el deseo de regenerar a aquella muchacha, digna de otra suerte. El deseo de evitar que dejase de ser una persona humana, cayendo al más hondo abismo del mal. El deseo de realizar una obra de bien, ya que hasta entonces sólo de sí mismo se ocupó. Y también creía amarla. Pero su amor aparecía mezclado con todos aquellos sentimientos y preocupaciones. Ahora veía con terror que todos sus ideales, sus sentimientos, sus deseos de regeneración desaparecían o pasaban a un segundo término. Ahora, él era solamente un hombre que amaba, y ella una mujer: la mujer amada. Nacha ya no era una prostituta, una mujer que necesitase regeneración. Todo esto no existía, y sólo quedaba el cuerpo y el alma de una mujer por la cual daría su vida. Se olvidó enteramente de todo. Una convulsión violenta agitó su alma y su corazón.

—Sí me quiere, Nacha. Y debe ser mía. Mía para toda la vida. Le prometo hacerla feliz. Si hay en mí alguna ternura, alguna bondad, algún deseo de bien y de belleza, todo será para usted, Nacha. Haré lo que usted quiera, lo que usted mande...

Se detuvo con temor. ¿Hasta dónde iba a llegar? Pasó por su espíritu la idea de ofrecerle ser su marido. Enrojeció, turbóse profundamente. Parecióle absurda semejante idea. Pero luego, pensando que sólo por este medio lograría tener a Nacha, se aferró a la idea desesperadamente. Nacha no habría de negarse a un ofrecimiento así. Comprendería la magnitud de su cariño. Un hombre de su situación, un hombre de talento, respetado, casándose por amor con una pobre muchacha que había caído. Nacha agradecería, estimaría su sacrificio.

—Nacha—comenzó Monsalvat con un acento augusto y solemne;—yo la haré mi mujer. Nos casaremos...

Nacha sintió una profunda conmoción. Quiso hablar y la voz salió hecha un gemido. ¡Qué horrible lucha! Lo amaba con una extraña pasión. En este momento más que nunca. Al oir sus palabras de bondad, más que nunca. Al oir su ofrecimiento, más que cuanto pudo amarlo nunca. Una voz le decía que cayera entre sus brazos. Algo le empujaba hacia él desde adentro de su ser. Pero otra voz le decía que ella no tenía derecho, ella, una prostituta, para unirse a un hombre como aquél. Aquella voz le gritaba que sería una criminal si aceptaba la unión con aquel hombre, hundiéndole para siempre ante la sociedad. Aquella voz le ordenaba el sacrificio. Le ordenaba ser aun más sublime que él. Le ordenaba vencerse, sufrir, someterse a su destino y no arrastrarlo a él junto con ella. ¡Voz espantosa, que surgió no sabía de dónde! ¡Voz que venía tal vez desde aquella tarde, desde que oyó las palabras de Monsalvat, invitándola a sufrir para rescatar su vida! ¡Voz formidable que llenó toda el alma de la torturada, la afligida, la triste Nacha, y le ordenó hablar y levantarse! Su sacrificio habíale dado una extraña serenidad. Estaba pálida como una muerta. Sonreía para no llorar. Invocaba todo su amor para no ceder.

—¡Nos casaremos, Nacha!—clamaba Monsalvat desesperado.

Ella luchaba contra la voz que le aconsejaba ceder. Pero ya perdía sus fuerzas, ya iba a aceptar.

—¿Por qué, Nacha? ¿Qué misterio hay en esto...? Yo la quiero, usted me quiere...