La tentación fué vencida. Nacha recordó otros momentos de su existencia. Hizo un esfuerzo sobrehumano. Comenzó a reir.
—No, jamás podría quererlo. ¡Amor ridículo! No le creo, además. Esto es una farsa indigna. Lo eché de mi casa y lo echaría otra vez. Ha querido burlarse de mí, de una infeliz muchacha de la vida. Ha querido ilusionarme, ¡quién sabe con qué propósito! Pero ahora, me reiré yo de usted. ¿Sabe? Me burlaré, como en el cabaret. ¡Yo, casada! ¡Y casada con usted, con un loco! ¡Yo, una puta, convertida en señora honesta, llevando un apellido ilustre!
Y se echó a reir, con una risa sonora, falsa, abominable.
Monsalvat se hundió en su asiento, con las manos en la cabeza, sombrío de dolor. No comprendía nada.
—Está loca, se ha vuelto loca,—exclamaba.
Nacha estaba a punto de desmayarse. Cuando le vió cubrirse el rostro, ella se volvió hacia la pared para dejar salir un llanto breve y desesperadamente angustioso. Algo desahogada, más fuerte en su fuerza, sentóse en una silla y esperó. Monsalvat no tardó en levantarse. Estaba pálido él también. Se acercó a ella y le tendió una mano, casi sin mirarla.
—Alguna vez...—dijo, con voz impresionante, rota, afligente,—alguna vez... ¿nos veremos?
—¡Nunca! ¿Para qué? No lo quiero. Déjeme sola. Olvídese, si es verdad que me quiere. Y salga pronto. Estoy enferma. Déjeme sola...
Monsalvat no quiso insistir. No hubiera tampoco podido hacerlo. Tomó su sombrero, y salió. Se fué como un hombre que está al fin de sus fuerzas. Parecía un enfermo, tal vez un loco, quizá un borracho. Se fué vacilante. Y cuando salió, quedó su alma allá en ese cuarto. Un inmenso dolor quedó en aquella pieza de vergüenza y miseria, y la dignificó, la embelleció.
Nacha ya no podía más con su sufrimiento. Se arrancó el sombrero en un gesto desesperado, destrozándolo. Y gimiendo con los gemidos de mil dolores inmensos, llorando con el llanto de mil desgracias funestas, se arrojó sobre el lecho de impureza, hecha un doliente gemido, hecha un doliente y clamoroso llanto.