La paralítica apareció en la puerta. Creyó comprender el drama de Nacha, y no le dijo una palabra. Prefirió alejarse. Quedóse adentro un cuarto de hora, conversando con las muchachas, un poco entristecida por aquella tragedia interior que le recordaba viejos dolores íntimos de su alma. Ella también, en su juventud, tuvo un amor allá en Italia. Y el amor quedó trunco, violentamente trunco. Luego vinieron los malos días, lejos de su familia, abandonada de todos. Se entregó a otros hombres a quienes no quería. Sufrió con toda su alma. Vino a parar en la existencia infamante que llevaba, viviendo del vicio ajeno, en un ambiente que en nada se parecía al dulce hogar de sus padres, de sus buenos padres que habíanse ido de la tierra llorando el deshonor de la hija. Ahora, vieja, enferma, ¿qué podía hacer sino seguir así? No quiso entristecerse más. Tenía experiencia de la vida y sabía que la tristeza perjudica a los intestinos y al hígado. Y charló con las muchachas, con la alegría de todas las veces en que había comenzado a ponerse triste.

Luego entró un amigo que solía colarse hasta allí, para elegir su amiga ocasional. Era un simpático muchacho que se prendara de Nacha. Preguntó por ella a la paralítica, en secreto, para no ofender a las demás con su preferencia. La paralítica se hizo conducir en su cochecito adonde estaba Nacha. Aún seguía ella llorando, hundida la cabeza en el lecho impuro.

—Nacha... no llore tanto, hija. ¿Para qué sufrir de esa manera? ¡Oh, los hombres no valen nada, mujer! Desprécielos. Usted vale más que el mejor de ellos. Porque usted tiene corazón. Mientras ellos, ¿qué tienen?

Dijo una obscenidad, contestándose a sí misma, y se puso a reir.

—Vaya, Nacha. Está un amigo suyo. Todos son iguales. Ninguno vale más que otro. ¡Canallas y canallas! Ellos pierden a las mujeres y después las abandonan y las desprecian. Vaya, mujer. Diviértase un rato con su amigo...

Le hizo una caricia en el hombro. Le dijo que lo mandaría a ese cuarto al amigo y se dispuso a salir. Nacha se irguió repentinamente. Secóse las lágrimas, y casi tranquila, fuerte otra vez, dijo:

—No, no señora. No lo mande. Ni a él ni a ningún otro. Voy a irme para siempre.

—¿Por qué, mujer? ¿Está enojada conmigo?—exclamaba atónita la paralítica, viéndola ponerse el sombrero.—¿No vuelve más a esta casa?

—Ni a ésta ni a ninguna otra. No estoy enojada, señora. Ha sido muy buena conmigo. Yo se lo agradezco. No la olvidaré nunca.

—¿Y entonces...?—preguntó la paralítica, desorientada.