Nacha callaba terminando de arreglarse. Luego besó a la paralítica, le tomó ambas manos y le dijo, llorosa, mientras la barbilla temblábale:

—Es que... quiero ser digna de ese amor...

—Ah, comprendo. Quiere ser honrada un tiempo para casarse después...

La paralítica dijo esto sencillamente, convencida de que no podía tratarse de otra cosa. Pero la expresión de Nacha le mostró que no era eso. Algo más grande, más bello, más raro, aparecía en los ojos de aquella sufriente criatura.

—¿Qué es entonces? Dígamelo. Ya sabe que yo la estimo, mujer. Y que haré por usted todo lo que me pida. Si quiere ser honrada y precisa dinero para serlo, sobre todo al principio, yo haré el sacrificio de dárselo. Economizaré para dárselo.

Conmovida, Nacha contestó:

—¡Qué buena es usted, señora! Le agradezco sus palabras con toda el alma. Y porque es tan buena, se lo diré. No, yo no pienso casarme. Jamás aceptaría que él se sacrificara en esa forma. Pero él me quiere con una enorme pasión. El destino me ha elegido para que me quieran de ese modo tan grande, con tanta pureza. Y quiero ahora ser honrada. No para casarme, sino para ser digna de esa elección, para ser digna de ese amor, para ser digna de estar en sus pensamientos y en su corazón...

La paralítica la atrajo hacia sí y la abrazó. Nacha soltóse en seguida, a punto de llorar. Y sin decir una palabra más, salió del cuarto precipitadamente y se lanzó escaleras abajo.

Hacía muchos años que no era tan feliz como en este instante.