Torres le hubiera ya curado enteramente, pero la maldad humana lo impedía. En los tres meses, Monsalvat había recibido cuatro anónimos. En uno le llamaban hijo de puta, no como el que emplea esa frase sin referirse a persona determinada, sino aludiendo a su madre. En otro le decían que se había entregado a la mala vida, vivía de las mujeres y era anarquista. Los dos restantes le amenazaban con el manicomio. Cada anónimo fué un gran disgusto. Exaltaciones, nervios, insomnios, inapetencia. El primero, sobre todo, renovó la eterna preocupación de su vida, lo que había sido, según él, la causa de su fracaso.

El médico se preguntaba que quién mandaría esos anónimos. Porque la situación de Monsalvat no era para despertar envidias. En el ministerio sus nuevos ideales habían trascendido; le miraron con antipatía, con desdén. Hasta el ministro desconfió de él. En la sociedad distinguida había perdido todo su prestigio. Ercasty le desacreditaba con un método, una constancia y una eficacia admirables. Enterado, por amigos comunes, de los propósitos de Monsalvat respecto a Nacha y a otras muchachas de la vida y de aquella afanosa búsqueda por las casas malditas, propaló infamemente la voz de que Monsalvat había caído muy abajo. Al principio no hubo sino insinuaciones. Pero acabó por decir que era un vulgar "canflinflero", un explotador de las mujeres. No faltó quien le supusiera en espantosos planes anárquicos, ocupado en preparar asesinatos colectivos y bombas de dinamita.

Pero hasta su posición pecuniaria estaba perdida. Los cuarenta mil pesos que le dieron por la hipoteca del conventillo, habían desaparecido. Pagó deudas de la madre, algunas de importancia. El chantaje de la mulata le llevó dos mil. Moreno y su familia consiguieron sacarle unos mil, poco a poco. En su recorrido por las casas de citas dejó como cuatro mil. Cada relato de tristezas y sus correspondientes lágrimas, a veces de cocodrilo, costábanle cien pesos. Como en ocasiones necesitaba disimular, llevábase a una muchacha a la pieza que le destinaban. Allí era el asombro de ella cuando Monsalvat no la besaba siquiera, interesado únicamente en saber de Nacha. Arrancábanle dinero por noticias falsas. Una vez robáronle la cartera del bolsillo. Las obras de blanqueo y ampliaciones en el inquilinato le costaron diez mil pesos. Monsalvat pensaba en el momento de pagar el servicio de su hipoteca correspondiente al segundo semestre. Tendría que vender la propiedad. Imposible ahorrar. Con su sueldo apenas vivía, y los inquilinos no pagaban o pagaban poquísimo.

Aquella tarde Monsalvat leía en la cama cuando entró Torres. Leía los evangelios. Una inmensa serenidad en el rostro de Monsalvat. Una inmensa serenidad en aquel cuarto de luz tibia y crepuscular. Torres abrió la ventana para que entrase el sol y el aire. Todo se animó. Las cosas salieron de su recogimiento. Una colcha dorada, luminosa, se extendió sobre el lecho.

—¿No ves?—preguntó el médico que ahora se tuteaba con Monsalvat.—Te pasas los días encerrado, casi en la oscuridad. Así nunca te pondrás bien. ¿Y el régimen de vida, eh? No lo cumples. Debes ir a Palermo. Tomar sol. No leer ni escribir.

—Yo sé lo que me conviene.

—¿Qué te conviene? Te estás volviendo misterioso...

Monsalvat siguió leyendo. Torres permaneció allí unos segundos y luego se retiró sin decirle nada.

El médico, desde hacía un mes, observaba a su amigo con enorme curiosidad. La inteligencia de Monsalvat se había afinado y profundizado. Estaba aún débil su cuerpo, pero su espíritu era más fuerte que nunca. Razonaba con una lógica irrebatible. Adivinaba las cosas por medias palabras. El médico atribuía todo esto al ejercicio mental. Su amigo no hablaba casi con nadie, no salía, leía muy poco. Pensaba, en cambio, todo el día. Pensaba y recordaba, buscando la interpretación a su vida pasada, buscando el sentido de su vida. Analizaba los seres que conoció, con un encarnizamiento extraño. Torres quedóse estupefacto más de una vez en que Monsalvat le adivinó sus pensamientos.

—¿De qué te asombras?—exclamó en cierta ocasión Monsalvat.—Lo que ocurre es que ahora estoy viviendo hacia adentro. Hasta hace seis meses he vivido exteriormente, he vivido más la vida de los otros que la mía propia. Una vida objetiva, falsa, mentirosa. Como es la tuya y la de casi toda la gente. Una vida materialista, sin trascendencia, sin misterio, sin inquietud espiritual verdadera. Pero después he abierto los ojos y he comprendido. He analizado, he mirado para adentro. Y en mí mismo he encontrado muchísimas cosas que ignoraba. Ahora sé lo que tengo en mí y lo que vale en mí y lo que debo dar a los demás. Ahora empiezo a sospechar por qué vivo...