—Ya sabía yo que...
Torres se interrumpió. No quería terminar la frase, y fingió distraerse.
—¿Por qué no sigues? ¿Te has olvidado lo que ibas a decir? Pero yo lo sé. Has querido decir que sospechabas que aquel amor y aquellas cosas del año pasado me llevarían al misticismo...
—¿Eh? No, no he pensado eso, precisamente.
Pero sí lo había pensado. Monsalvat sabía que Torres, hombre ordenado, normal en todo, sometido a la sociedad, detestaba los pensamientos y las actitudes exaltadas, a los que daba el nombre de misticismo. Comprendía la culpa de la sociedad en la miseria del mundo, porque era bueno y sencillo; pero no aceptaba los heroísmos por los cuales había de llegarse a suprimir la Injusticia. Admiraba a Monsalvat, pero al mismo tiempo consideraba aquella pasión por redimir a los otros como una chifladura. El hombre normal, según Torres, debía aceptar las cosas como estaban. El rebelde, el que ante la miseria de los de abajo explotaba en un sollozo, o en una obra abnegada pero inútil, era un loco.
Desde aquella rápida visión de Nacha, Torres anheló hablarla. Esperó varias veces a la entrada y a la salida de las muchachas de la tienda, parado en la esquina, como quien aguarda el tranvía. La vió entrar y salir y ella también le vió. Pero ¿por qué le huiría ella? Convencido de que Nacha nada quería saber de Monsalvat, cuya íntima amistad con él no ignoraba, abandonó su empeño.
Pasaron varios días. Monsalvat no hablaba nunca de Nacha. Torres le imaginaba olvidado de ella.
Una mañana—era en Marzo—, Torres fué muy temprano al cuarto de Monsalvat, para disuadirle de su propósito de marcharse.
—¿Irte para qué, eh? Te quedas aquí dos meses más, hasta que no queden ni rastros del surmenage que has tenido. ¡Cosa seria, hombre! ¿Y a dónde vas a ir sin un cobre? ¿Eh? Supongo que no volverás a tus quijoterías, a desfacer entuertos, a redimir a los que no tienen redención posible. Todo eso es ridículo, porque no conduce a nada. La acción de uno solo es tiempo absolutamente perdido. Y hasta una inmoralidad. Como que es llenar la cabeza de la pobre gente con sus ilusiones disparatadas. No, m'hijo. El mundo estará mal, bueno. Pero ¿qué se va a hacer? Hay que aceptarlo como está, tomar la vida por el buen lado, y adelante. ¿Eh?