Luis. Mi historia es bastante original. Figúrese usted, señora, que hace algun tiempo que tuve que ir á Sevilla á recoger la herencia de un tio en estremo bondadoso. Ah! Por qué dejé á Sevilla!
Julia. (Con curiosidad). Ah! si! por qué?...
Luis. Voy á decirselo á usted.
Julia. Tome usted asiento.
Luis. (Sentándose). Recuerdo perfectamente que estábamos á veinte de marzo...
Julia. A veinte de marzo...
Luis. Justamente. La noche era oscura como boca de lobo; subo al interior de la diligencia, y ya iba á envolverme en mi capa, á fin de dormir un rato, cuando mis ojos, habituados á la oscuridad, comenzaron á distinguir claramente un bulto; me incorporo, y mi pié tropieza con otro pié que al momento se retiró; en fin, á fuerza de trabajo pude divisar en el rincón opuesto al mio una forma humana envuelta en los mil pliegues de un manto de seda: á todo esto el bulto callaba, y yo, alentado por el silencio, por la oscuridad, y sobre todo por el misterio, me proponia indagar el sexo á que pertenecia, cuando una sonora carcajada me dejó helado como el mármol. Desde luego creí estar en compañia de algun miserable que se habia querido burlar de mí... Vergonzoso error!... Estaba frente á frente de una mujer encantadora!...
Julia. Encantadora?... Pues no ha dicho usted antes que no pudo verla?
Luis. Y no la ví en efecto. Pero estoy seguro que era bellísima. Es un presentimiento, una idea fija. Apostaria cualquier cosa.
Julia. Cuidado que podria usted perder.