Luis. (Levantándose y yendo hácia Julia). Vamos á apostar?
Julia. No acostumbro á hacer tales tonterias.
Luis. (Con seriedad). Entonces, señora, me parece una cosa muy desagradable que quiera usted hacerme dudar de la belleza de una mujer á quien no conoce, á quien estimo, á quien amo, y con quien he jurado casarme.
Julia. (Riéndose). Cómo!... Se lo ha jurado usted?
Luis. A ella precisamente no: es un juramento que me he hecho á mi mismo, y que cumpliré.—Continúo. Pero antes de continuar prevengo á usted que el fin de mi historia es estúpido.
Julia. (Se sienta otra vez al lado de la chimenea y deja el pañuelo sobre el velador). Vuelve usted á empezar?
Luis. Debo decir á usted desde luego, para la inteligencia de los hechos, que me es imposible dormir en diligencia.
Julia. Nada tiene de estraño.
Luis. Asi es que siempre que viajo, antes de subir al carruaje, tengo por costumbre tomar cierta dósis de ópio, exactamente calculada.
Julia. Comprendo.