Dolor. Pues ahora, señorita, ha sido una casualidad.

Julia. Quiero que te llegues á la librería, á ver si ha salido la última entrega de esta obra: en ella tal vez encontraré los pormenores de la desgraciada muerte de mi pobre hermano, víctima de la desastrosa guerra civil. Dícese que ha sido escrita por uno de los testigos presenciales que se hallaban en el ejército de la Reina. Quisiera conocerlo! (Vuelve á leer).

Dolor. (Mirando el libro por detrás de la silla).«Página 114.» Cómo, señorita! Está usted todavía en el mismo pasage al cabo de tantos dias? En la toma de Morella?...

Julia. Si, quiero aprender de memoria hasta los menores detalles de aquella reñida lucha, que tantas lágrimas costó, y que tan estéril fué para algunos.

Dolor. Vaya, vaya!... Olvide usted eso, señorita, y haga por distraerse: ya sabe lo que dice el refran: «lo que no tiene remedio, olvidarlo es lo mejor.» Mire usted, no sé en qué consistirá, pero lo cierto es que desde que hizo usted el último viaje á Sevilla, me parece que no es usted la misma: antes tan alegre... ahora siempre triste.

Julia. Yo triste? No lo creas. (Aparte). Tiene razon, no puedo olvidar á aquel jóven.

Dolor. Vamos, señorita; esas cosas nunca se pueden ocultar por mucho disimulo que se tenga. Habrá acaso algun caballerito?...

Julia. Quieres callar, tonta? Ya sabes que mi tio me ha mandado llamar á Valencia, y que dentro de dos semanas tenemos que ponernos en camino. Hace cerca de tres años que murió mi esposo, y desde entonces, te lo juro, no he vuelto á mirar á ningun hombre á la cara.

Dolor. Y por qué?

Julia. Porque no quiero volverme á casar; porque no puedo ver á los hombres; porque todos son iguales; y en fin, porque si yo volviese á querer á alguno, de lo que Dios me libre, habia de ser con la condicion de que no se pareciese á nadie.