DICIEMBRE Y ENERO.
Época poco agradable para dejar la cama; dias cortos, frios, lluviosos y fuertes heladas. Apenas la perdiz nota el menor ruido, ya vuela; en ninguna parte está bien. En este periodo del año come bellotas y las carnes se le vuelven acorazadas. La pólvora debe ser de primera y el perdigon granadito, número cinco. Se caza como se ha descrito anteriormente, con la sola diferencia de que los vuelos de las perdices son más largos y las horas de provecho de doce á dos de la tarde. Fuera de estas apenas podrá el cazador disparar un tiro. Si ha helado y se mantiene la escarcha, las perdices se encuentran en los raseros y metidas en las hondonadas ó barrancos, al abrigo del cierzo. No obstante estos inconvenientes, es la época del año en que queda más satisfecho el cazador cuando mata una perdiz, puesto que están en toda su pujanza y fuerza de vuelo: al momento de dar su tan acelerado brinco apenas dan tiempo de seguirlas ni un segundo; al instante se hallan fuera del alcance del tiro. Generalmente en estos meses la carambola está vedada para el cazador. El que cuelga al morral media docena de perdices, matadas en buena ley, se le puede con justicia darle el dictado de buen cazador y tirador.
FEBRERO.
En este mes el cazador no debe desperdiciar un solo dia. ¡Cuántas reflexiones acuden á la mente, y por cierto algunas muy tristes! Con los años entra el cálculo; y ¿quién sabe? Aunque todavía no peinemos canas, tal vez el año próximo habremos dejado de pertenecer al mundo de los vivos. ¿Si será mi destino que por última vez recorra el monte en que me encuentro? Mas, al diablo las ideas tétricas; todo en este mundo tiene su lado malo. Ocupémonos, pues, de las agradables impresiones que se experimentan cazando los pares.
La naturaleza, que anuncia la proximidad de la primavera y que en todo es fecunda, hace que las perdices entren en amoríos y cada par se vaya ya fijando en sitios á propósito para el logro tranquilo de su objeto. El cazador hábil y que conoce lo que es el mundo, al internarse en un valle observando minuciosamente el país que se propone recorrer, debe echarse la cuenta del sitio que él escogeria si tuviese que requerir de amores á alguna aldeanita, esto es, reservado y al abrigo de todo airecillo, libre de visitas importunas. Aunque parezca extraño, en esos sitios que tu imaginacion poetiza debes ir á sorprender á las enamoradas perdices y darles cruel muerte, ó bien un susto mayúsculo. Esta es la ley del mundo, no respetar ni aun las cosas más sagradas.