Cuando las perdices atraviesan al vuelo la carretera, no hay que molestarse en perseguirlas. El cazador que conoce este juego debe cazar de modo que las obligue á quedarse en la misma ladera, y que de ésta pasen á los bajos de Palamós, preciosa ribera de zanjas: allí quedan pegadas como con obleas y por la tarde reciben una zurra de padre y señor mio.

En todas estas cacerías conviene ir acompañado de un mozo que cargue con las liebres, pues éstas se matan á menudo: hay bastantes, salen bien y en limpio.

Podria contar muchos lances de las liebres que se encuentran en este terreno, pero ya he manifestado que me apartaria del objeto de este libro. Diré sí, para inteligencia de los aficionados, que se matan en abundancia.

Hora es ya de regresar al punto de donde salimos al emprender nuestra cacería, es decir, San Guim, y entremos otra vez en casa Riera de Amorós, donde seremos recibidos con agrado.

El cazador, cazando cuatro dias seguidos ya tiene suficiente, máxime cuando uno observa que el perro sigue aspeado y casi de mala gana, pero... queda otro terreno que todo conocedor de él no puede dejar de recorrer; me refiero al célebre Bosch d'en Carbasa, llano de mas de una legua en cuadro, donde se encuentran buenos bandos de perdices, liebres y en invierno becadas. En ese terreno se fusilan muchos árboles, aunque las perdices arranquen de cerca, pues es tal la espesura de la arboleda que sólo se las tira bien aprovechando un claro. Conviene, pues, dar una fuerte batida y cruzar por todos lados para sacarlas de la dehesa y llevarlas á los márgenes de los montes vecinos, ya que allí se dejan parar por el perro. Demos fin á este capítulo, porque nos llaman otros asuntos importantes relativos al noble arte cinegético.


CAZAR DE MALA LEY.

Los verdaderos cazadores dicen que caza de mala ley todo aquel que va con el reclamo y forma con el ramaje un tollo, y en el cerro ó en sitio á propósito para su objeto emplaza su jaula, y con el cuchichí, cuchichí atrae al perdigon, dejándole muerto en el terreno.

Este modo de cazar tan en boga en Madrid, segun nos describe el señor Escrich en su obra Los Cazadores, donde aparecen las maravillas de sus reclamos Chaparro y D. Juan, me ha hecho en verdad muy poca gracia. El mal ejemplo es contagioso, y si éste dimana de un cazador aficionado á la escopeta y al perro, aún es menos excusable. No basta citar en apoyo del reclamo la obra Arte de cazar la perdiz, impresa en Sevilla en 1855, en la cual, fundándose su autor en que todos los cazadores son unos traidores, declara que cualquier medio empleado para matar la caza es justificable. Si este argumento se pusiera en práctica, no habria caza posible; el reclamo tampoco serviria. Era lo que bastaba para concluir con toda clase de volatería, en cuyo caso la escopeta podria emplearse en cazar ranas y murciélagos, que bien valdria la pena de tirar á estos dos bichos á falta de cosa mejor.