Este es uno de los inconvenientes que tiene el cazar la perdiz en la época citada. Discutiendo algunas veces sobre si es mejor ó no que el bando lleve el macho, sólo me han sostenido lo contrario los aficionados al reclamo, pero jamás me han dado una razon sólida, mientras les he podido objetar el auxiliar que es del bando el perdigon. Éste, en la época del celo y en la de la cria, se defiende admirablemente del gavilan, garzas, gaig, mochuelo, y hasta de los perros, saliendo casi siempre victorioso cuando menos de las aves citadas, y en las demás épocas del año se deja agarrar sin oponer la menor resistencia. ¡Lo que puede el amor paternal!
Volviendo ahora á entrar en materia diré, que para cazar en el mes de agosto se requiere una táctica generalmente diferente de las demás épocas del año. En primer lugar, debe madrugarse mucho, ir ligero de ropa, llevando siempre una camisa de repuesto en el zurron. Las perdices se hallan en los cerros á la salida del sol, pero al cuarto de hora ya descienden á las querencias, métense en los rastrojos y comen los granos de trigo que despues de la siega han quedado desparramados por el suelo: si por casualidad aún están en el campo las gavillas, de seguro que las perdices se hallan cerca. Si se notan por el camino las señales que las aves retozando han dejado en el suelo, el cazador puede hacerse cargo por ellas si el bando está á punto de darle una leccion: se ha de fijar en si hay excrementos, y si son tiernos, no debe moverse de aquella querencia, porque en el alto (segun la hora), en el centro ó bajos estarán las perdices. El perro principia á dar señales y sale el bando, generalmente todas á la vez: entonces el cazador debe observar, primero si están buenas para apeonar, luego contarlas aproximadamente, y además, y esto es lo más esencial, comprender á dónde se dirigen. Una vez echado el cálculo obsérvese bien el terreno (si es desconocido) para poderlas salir de modo que vayan allá donde las destina aproximadamente el cazador. El vuelo que han dado, de seguro es corto, pero hay que tener presente que el poder que les falta en las alas, en cambio súplenlo peonando, dándose el caso que muchas y muchas veces se pierda el bando entero, que no se hallan en ninguna parte aún viéndolas la parada, y se pierden miserablemente las horas más frescas de la mañana sin dar con ellas, resultando que en algunas ocasiones de peon han vuelto poco más ó menos de allí donde habian salido la primera vez. Generalmente eso sucede cuando uno se empeña en querer saber más que el perro: éste, por ejemplo, coge vientos, quiere inclinarse á los bajos, y uno le llama arriba ó vice-versa; y, cuántas y cuántas veces por no haber querido creer al perro, se ha ido una pieza que se la habria tirado á tout plaisir, y uno se queda contemplando con un palmo de narices y diciendo para sí: «¡qué mal has hecho en no seguir la tendencia del perro!»
Si el cazador halla el bando en esta época, debe estar convencido de que tirará, por lo cual es preciso ir con mucha calma y sin precipitacion, observando el más leve movimiento del perro. Cuando se dispara y cae la pieza, estarse quieto, que se va á disparar el otro cañon, y efectivamente así sucede: las perdices ya no se levantan todas; al segundo vuelo obsérvese bien que si la vez primera fueron quince, ahora sólo han salido ocho ó nueve. ¿Dónde están las otras? Cargue el cazador y tenga paciencia, llame al perro; quieto y cartuchos otra vez, faltan seis ó siete perdices; calma, que son de usted, señor cazador. Siga apuntando bien que matará; ha llegado su cuarto de hora, y verá V. como á veinte ó treinta metros una de otra y dos á la vez y en un pequeño círculo, dispara algunos tiros bien provechosos.—Cuando esté persuadido el cazador de que en dicho terreno, ya por las que ha muerto ó bien por las que ha errado, no queda ninguna, diríjase sin pérdida de momento hácia donde se ha ido el resto del bando. ¡Cómo late el corazon en el trayecto que media del punto donde han salido las perdices al que se las ha visto parar! Usted echa sus cálculos: «he muerto cuatro; vamos, esta mañana llegaré á seis, porque... ahora sabiendo dónde están bien mataré un par.» Y así entretenido el cazador, sale de la hondonada otra bandada de perdices: fijándose en ellas, como es natural, para ver á dónde se dirigen, una vez en autos debe hacer caso omiso de ellas é ir siempre á las mismas del primer bando. Nunca ha de ilusionarse el cazador por la abundancia: éstas ya las encontrará otro dia. Valen más las menos, que se han de dejar pisar la tercera vez que se tienen en juego. Que haya tiento y se coloquen bien los piés; domínese bien el terreno, no precipitarse, que cuando arranque la pieza se cansará V. de apuntar, y al disparo mídase el terreno, que aún no hay diez metros de distancia al sitio en que cayó.
El matar perdices en esta época, sobre todo al arranque del tercer vuelo, es más fácil que tirar á las codornices, por ser mayor la pieza y salir generalmente de cola y con poca velocidad: siga, pues, el cazador el terreno con cuidado, y tire á todas; pero si observa que el perro saca un palmo la lengua afuera gracias al calor, entonces conviene tocar retirada, buscar plácida sombra, descansar media horita, fumar un cigarrillo de papel y volver en seguida al mismo sitio, describir un semicírculo, cruzarlo por derecha é izquierda, y se verá como el perro vuelve á coger vientos. Con el tiempo trascurrrido las perdices se han llamado unas á otras con sus cantos, han salido de su escondrijo, y el perro las señala á las mil maravillas, recreándose el cazador tirando un par de tiros. Se mira el reloj: son, por ejemplo, las diez; el sol achicharra, apenas se mueve una hoja, y si se está cerca de la posada ó hacienda, lo mejor es irse á casa á descansar: el perro se rehace y al dia siguiente el cazador se encuentra más entero y dispuesto á volver á la lid mejor que el dia anterior. El cazar requiere calma, pero en el mes de agosto calma y astucia, saber serpentear los terrenos, buscar los frescales, que es donde las perdices tienen querencia. Jamás se busque á la parte que da el sol y sí en las umbrías, y en los viñedos frondosos, y en los torrentes.
Todo lo que no sea seguir este consejo es perder el tiempo, atropellar el perro y fatigarse inútilmente, y lo que se ha tomado como recreo, sirve de molestia y puede acarrear una enfermedad.
La caza de la perdiz en esta época del año diferencíase completamente de la de los demás meses. El bando de perdices está siempre á la órden de las viejas, y éstas comprenden hasta dónde llega el poder de sus hijuelos para el vuelo, y pocas veces intentan cruzar el sendero y van quedándose á la misma ladera ó mano que se ha escogido para cazar; el vuelo es tan corto que apenas alargan á 300 metros, pero en cambio peonando al tocar el suelo cambian de direccion tan fácilmente, que al llegar al sitio donde se han visto echar, no se halla ninguna, y de peon han pasado la sierra y de otro vuelo se han quedado en una querencia en direccion contraria, sucediendo que uno pierde el tiempo tan miserablemente en conjeturas, que la rabieta va haciendo su efecto y el aburrimiento se apodera del cazador y hasta del perro. Esta es la parte infeliz del cazador que ha trocado el bienestar de su casa para ir á sudar el kilo sin poder disparar la escopeta, abandonando algunas veces quehaceres de importancia; pero tal es la ley del cazador, y para llegar á matar algo en buena regla se necesita: aficion, aficion, aficion.
SETIEMBRE.
Buena fecha, pero no la mejor. Si bien entran las perdices en la edad de la pubertad y dan más juego, aún no están del todo emancipadas de quien les dió el sér, aún no han pasado la muda, no obstante de ser todas pintadas, conservando tan sólo dos ó tres plumas en el arranque de las alas, plumas que en Cataluña llamamos mussolas.