Adviértese que Feliciano de Silva estaba muy atento á todas las modas literarias y cambios de gusto, como quien había convertido en oficio el arte de novelar. Era imposible que el público no comenzara á hartarse de un género que, en medio de su aparente complicación, era la monotonía misma. En la segunda mitad del siglo XVI el cansancio se acentúa hasta el punto de que nadie se atrevió á continuar la fábula de Amadís después del doceno libro, «que trata de los grandes hechos en armas del esforzado caballero Don Silves de la Selva... junto con el nascimiento de los principes Espheramundi y Amadis de Astra, y assimismo de los dos esforzados principes Fortunian y Astrapolo», obra que salió anónima de las prensas de Sevilla en 1546, pero de la cual se declara autor Pedro de Luján en la segunda parte del Lepolemo. Era Luján hombre de cultura clásica, secuaz de las doctrinas de Erasmo y mucho mejor prosista que Feliciano de Silva, como lo acreditan sus elegantes y sesudos Colloquios Matrimoniales. Pero Don Silves de la Selva, por bien escrito que estuviera, llegaba tarde; no fué reimpreso más que una vez, y ni siquiera el anuncio del nacimiento de Esferamundi y de los otros príncipes fué parte á excitar la curiosidad de nadie, por lo cual sus hechos hubieron de quedarse sin cronista español, aunque no italiano, puesto que Mambrino Rosseo los refirió, muy á la larga, en seis volúmenes ó partes, que supuso traducidas de nuestro idioma y publicó en Venecia, desde 1558 á 1565.

Á todo esto, Amadís de Gaula debía de tener más de doscientos años, aunque aparentaba muchos menos gracias á una confección que le había propinado la sabia Urganda. Por fin el continuador italiano se decidió á librarnos de él, haciéndole morir á manos de dos gigantes en una batalla en que perecen también tres emperadores, varios reyes y hasta cincuenta y cinco mil caballeros cristianos: que no se requería menor hecatombe para los funerales de Amadís. Nicolás Antonio consigna también la noticia de un libro de caballerías portugués, Penalva[392], en que Amadís moría á manos de un caballero de aquella nación, por lo cual decían burlescamente los castellanos que sólo un portugués podía haber acabado con Amadís; pero nadie ha visto el tal Penalva, que parece invención chistosa, nacida de la antigua malquerencia entre ambos pueblos y de las pullas que en sus cuentos vulgares suelen lanzarse el uno al otro.

Sobre esta bastarda progenie de Amadís hay que estar al fallo inapelable del licenciado Pero Pérez, hombre docto, graduado en Sigüenza. «Este que viene (dijo el barbero) es Amadis de Grecia, y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Amadis. Pues vayan todos al corral (dijo el Cura), que a trueco de quemar a la Reina Pintiquiniestra y al pastor Darinel, y a sus églogas y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante».

Aquel auto de fe imaginario, seguido por ventura de otros más reales, cuando estos infolios cayeron en absoluto desdén y vilipendio, fué causa remota de que andando el tiempo lograsen el único género de perpetuidad que merecían, renaciendo, como el fénix, de sus cenizas, á impulsos de la curiosidad bibliográfica avivada por el cervantismo. Pero en el limbo bibliográfico se quedaron, y no hay fuerza humana que los resucite. ¡Triste y memorable ejemplo de lo efímeras que son las modas literarias, y más si se trata de obras de entretenimiento, destinadas á un pasatiempo fugaz, y no concebidas en las regiones superiores del arte! Porque se ha de tener en cuenta que el éxito de estos libros no fué exclusiva ni principalmente español, sino que la sociedad más culta y privilegiada de Europa se recreó por más de un siglo con las grotescas invenciones de Feliciano y con las bizarrías de D. Silves, que no sólo fueron traducidas y adaptadas al italiano, al francés, al alemán y á otras lenguas, sino que suscitaron nuevas é inacabables continuaciones, todavía peores que sus originales, y llegó á duplicarse la serie de los Amadises; resultando una maraña tan inextricable de personajes y aventuras, que un señor Du Verdier tuvo que emplear siete grandes volúmenes, publicados desde 1626 á 1629, con el título de Le Roman des Romans, en la absurda tarea de recoger todos los cabos sueltos de estas historias y dar á cada una de ellas el debido complemento y desenlace, lo que ejecutó también con El Caballero del Sol y con Don Belianis de Grecia; que á tanto llegaba su furor de continuarlo y acabarlo todo. Obsérvese que esto pasaba en Francia nueve años después de la muerte de Cervantes, y más de veinte después de publicada la primera parte del Quijote, que si en España consumó la ruina del género, ya muy decaído y postrado entonces, no tuvo por de pronto el mismo benéfico influjo en la novela de otros países, donde las corrientes realistas eran menos enérgicas.

Tales como son, los libros de Feliciano de Silva tuvieron, aun en el teatro y en la poesía lírica, menos ilustre descendencia en España que fuera de ella. Aquí sólo podemos citar alguna comedia mediana cuyo argumento esté tomado de esos libros, como La Gloria de Niquea, del conde de Villamediana, representada en el Palacio de Aranjuez á 8 de Abril de 1622 con las novelescas circunstancias que son notorias; ó el Don Florisel de Niquea, del doctor Juan Pérez de Montalbán; ó el Amadís y Niquea, del poeta malagueño D. Francisco de Leyva. En cambio Roberto Southey afirma que hay imitaciones del Amadís de Grecia en la Arcadia de Sidney, en la Reina de las Hadas (Faery Queene) de Spenser (episodio de la máscara de Cupido) y finalmente en el don Florisel que Shakespeare introduce en su comedia Cuento de Invierno (Winter's Tale). Si todo esto es verdad, y debe serlo, puesto que lo afirma un inglés tan profundamente versado en ambas literaturas, ¡qué honor para el pobre caballero de Ciudad Rodrigo! No he estudiado bastante á Sidney y á Spenser para hacer la comparación; pero siendo el primero traductor é imitador de la Diana y de otros libros españoles, el caso es muy verosímil. En lo tocante al Cuento de Verano, cuyo argumento principal se deriva, como es notorio, de la novela de Roberto Greene Pandosto ó el Triunfo del Tiempo (1588), creo que tiene razón Southey, y que el personaje episódico de D. Florisel, hijo de rey y enamorado de una pastora, es el mismo D. Florisel del libro nono de Amadís, enamorado de la pastora Silvia.

Simultáneamente con la estirpe de los Amadises floreció en España otra familia caballeresca menos dilatada, que tiene con ella muy próximo parentesco: la de los Palmerines, que sólo ceden en antigüedad á las dos obras de Montalvo, puesto que la primera edición del Palmerín de Oliva es de 1511[393], posterior sólo en tres años á la que pasa por primera del Amadís de Gaula, y en uno á la más antigua del Esplandián. ¡Bien madrugaba entonces la imitación literaria, aunque tengamos por muy verosímil que ambos libros corrían ya de molde desde el siglo anterior! Porque no hay duda que el Palmerín de Oliva carece de originalidad, y no es más que un calco servil de las principales aventuras de Amadís y de su hijo. El nacimiento secreto de Palmerín de Oliva, que se llamó así por haber sido expuesto entre palmas y olivos cerca de Constantinopla, tiene las mismas circunstancias que el de Amadís y el de Esplandián, salvo que éste fué recogido por un ermitaño y Palmerín por un colmenero. La historia amorosa de Palmerín y Polinarda reproduce punto por punto la de Amadís y Oriana. Si Amadís triunfa del endriago, Palmerín mata á la gran sierpe que guardaba la maravillosa fuente Artifaria. Si Amadís se resiste á los halagos de la reina Briolanja, Palmerín, no menos constante en amores, rechaza á Archidiana, hija del Soldán de Babilonia, y á la infanta Ardemia. Finalmente, Palmerín, lo mismo que Esplandián, llega á ser emperador de Constantinopla. En suma, el primer Palmerín es un calco mal hecho de un excelente original. Si alguna aventura añade, es del género más extravagante, como la lucha de Palmerín con tres leones, á quienes rinde y mata sin la menor dificultad (germen de un episodio de la segunda parte del Quijote). En cambio le faltan todas las bellezas del Amadís: el estilo es pobre, el sentimiento ninguno. En las descripciones de batallas y desafíos es pesadísimo; en las escenas amorosas, lúbrico por extremo[394], aunque no iguala al Tirante. Este libro no tiene orígenes antiguos ni puede ser muy anterior á la fecha de su impresión. Se compuso seguramente poco después de la guerra de Granada, de la cual parece que conserva algunas reminiscencias. Gayangos hizo notar el gran número de personajes con nombres moros que andan en el libro, y apuntó la sospecha muy fundada de que la batalla en que Palmerín y Trineo hacen prisionero al Soldán de Babilonia (cap. CLXII) sea trasunto anovelado de la prisión del rey Boabdil por el conde de Cabra y el Alcaide de los Donceles. De este modo se confirma lo que dió á entender Francisco Delicado en el prólogo á la edición de Venecia de 1534[395].

El Palmerín de Oliva, á pesar de su nulidad, gustó tanto, que tuvo inmediatamente un libro segundo (Salamanca, 1516), salido al parecer de la misma fábrica, pero algo mejor escrito. Uno y otro están dedicados á don Luis de Córdoba, hijo del conde de Cabra don Diego, y en ambos (si hemos de creer al cordobés Delicado) se ensalza bajo nombres supuestos á los caballeros de este linaje, y al Gran Capitán entre ellos, aunque por mi parte no he llegado á percibir las alusiones históricas. El Primaleón, fábula más complicada que el Palmerín, tiene en realidad tres protagonistas: Primaleón mismo, su hermano Polendos (hijos uno y otro del de Oliva) y el príncipe de Inglaterra don Duardos, que es realmente el que interesa más por sus amores con la infanta Flérida, hija del emperador de Constantinopla. De este romántico episodio, en que el príncipe se disfraza de hortelano, sacó el gran poeta portugués Gil Vicente su tragicomedia castellana de Don Duardos, escrita en pulidas y gentiles coplas de pie quebrado. Toda la pieza es un delicioso idilio; pero como si al fin de ella hubiese querido Gil Vicente dar una muestra de lo más exquisito de su poesía lírica, hizo cantar al coro un romance incomparable, como, apenas se hallará otro compuesto por trovador ó poeta de cancioneros: tan próximo está á la inspiración popular, y de tal modo la remeda, que casi se confunde con ella. No podemos menos de copiarlo íntegro, porque él basta para justificar y dar por bien empleada la existencia del Primaleón, del cual se deriva:

En el mes era de Abril,
De Mayo antes un dia,
Cuando los lirios y rosas
Muestran más su alegria,
En la noche más serena
Que el cielo hacer podia,
Cuando la hermosa Infanta
Flérida ya se partia.
En la huerta de su padre
A los arboles decia:
—«Quedaos a Dios, mis flores,
Mi gloria que ser solia,
Voyme a tierras extranjeras
Pues ventura allá me guia.
Si mi padre me buscare,
Que grande bien me queria,
Digan que el Amor me lleva,
Que no fue la culpa mia;
Tal tema tomó conmigo,
Que me venció su porfia.
Triste, no se a donde vo
Ni nadie me lo decia».
Alli hablara don Duardos:
«No lloreis, mi alegria;
Que en los reinos de Inglaterra
Más claras aguas habia,
Y más hermosos jardines,
Y vuestros, señora mia.
Terneis trescientas doncellas
De alta genealogia;
De plata son los palacios
Para vuestra señoría,
De esmeraldas y jacintos,
De oro fino de Turquia,
Con letreros esmaltados
Que cuentan la vida mia;
Cuentan los vivos dolores
Que me distes aquel dia
Cuando con Primaleon
Fuertemente combatia.
Señora, vos me mataste,
Que yo a él no lo temia».
Sus lagrimas consolaba
Flérida, que aquesto oia.
Fueronse a las galeras
Que don Duardos tenia.
Cincuenta eran por cuenta.
Todas van en compañia;
Al son de sus dulces remos
La princesa se adormia
En brazos de don Duardos,
Que bien le pertenecia.
Sepan cuantos son nacidos
Aquesta sentencia mia:
«Que contra muerte y amor
Nadie no tiene valia»[396].

Sin fundamento alguno, y generalizando malamente lo que sólo es verdad respecto del Palmerín de Inglaterra, se ha supuesto que también el de Oliva y el Primaleón eran de origen portugués. Uno y otro nacieron en Castilla, aunque muy cerca de la raya, y uno y otro son de autor femenino, cuyo nombre no ha podido descubrirse hasta ahora. En la primera edición del Palmerín, hecha en Salamanca en 1511, se leen después del colofón unos versos latinos, sumamente bárbaros, de un Juan Augur de Trasmiera, que con su verdadero apellido Agüero (tan frecuente en aquella parte de las montañas de Santander) publicó algunos opúsculos de gran rareza. El tal Augur dice repetidas veces que la obra que recomienda ha sido escrita por una mujer:

.....Collige flores
Quos sevit, quos dat femina corde tibi.
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Hunc lege quo tractat femina multa sua.
Quanto sol lunam superat, Nebrissaque doctos,
Tanto ista hispanos femina docta viros
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