Pero hace la oportuna insinuación de que en la parte militar del libro, que en efecto está recargadísima, fue asistida la autora por un hijo suyo:

Femina composuit: generosos atque labores
Füius altisonans scripsit et arma libro.

En varias ediciones del Primaleón, tales como la de Medina del Campo, 1563; la de Lisboa, 1566, se hallan seis coplas de arte mayor en elogio de la obra. La última, cuyo verso final solía cambiarse según el punto de impresión, dice de esta manera:

En este esmaltado e muy rico dechado
Van esculpidas muy bellas labores,
De paz y de guerra y de castos amores,
Por mano de dueña prudente labrado;
Es por exemplo de todos notado
Que lo verisimil veamos en flor;
Es de Augustobriga aquesta labor,
Que en Medina se ha agora estampado.

Augustobriga no es Burgos, como creyó Wolf, ni mucho menos ninguna población portuguesa[397], sino el nombre que en la imperfecta geografía histórica del siglo XVI solía darse á Ciudad Rodrigo, que el P. Flórez y la mayor parte de los modernos reducen á Mirobriga.

Pero es el caso que en la edición sevillana del Primaleón (1524), y es de presumir que también en la primera de Salamanca, que no hemos visto, se dice que tanto este libro como el Palmerín fueron «trasladados de griego en nuestro lenguaje castellano, corregidos y emendados en la muy noble cibdad de Ciudarrodrigo (sic) por Francisco Vazquez, vecino de la dicha ciudad». Dejando aparte la ficción del origen griego, ¿este Francisco Vázquez sería sólo un corrector ó tuvo alguna parte en la composición de ambas novelas? ¿Sería, por ventura, aquel hijo altisonante que colaboró con su madre en las escenas belicosas del Palmerín, según indica Juan Agüero? No nos atrevemos á afirmarlo, pero lo que parece fuera de duda es el origen femenino de la obra. Francisco Delicado, corrector de la edición veneciana de 1534, insiste en él varias veces, aunque confiesa que no sabía el nombre de la autora: «Avisandoos que cuanto más adelante va es más sabroso, porque como la que lo compuso era mujer, y filando al torno se pensaba cosas fermosas, que dezia a la postre, fue más encimada al amor que a las batallas, a las quales da corto fin». Y en la introducción al libro tercero de la obra: «Digo que es sabroso; mas no sé quién lo hizo, porque calló su nombre al principio y al fin... Y es opinion de personas que fue muger la que lo compuso, fija de un carpintero...» y defendiendo luego el libro de los defectos que se le achacaban: «Mas el defeto está en los impresores y en los mercaderes que han desdorado la obra de la señora Augustobrica con el ansia de ganar».

El autor del Diálogo de la lengua, que juzga con mucha severidad toda la literatura caballeresca, parece indulgente con el Palmerín y el Primaleón, aunque no da los motivos de su juicio, limitándose á decir que por ciertos respetos habían ganado crédito con él. En cambio Cervantes ni siquiera menciona el Primaleón, y manda que la oliva de Palmerín se haga «luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas». Nadie dirá que la sentencia sea injusta, pero contrasta con tan fiero y ejecutivo rigor el exorbitante panegírico que á renglón seguido hace del Palmerín de Inglaterra: «Esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como a cosa unica, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una porque él por sí es muy bueno, y la otra porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonisimas y de grande artificio; las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento».

Á estas palabras debe su fortuna póstuma el Palmerín de Inglaterra, que en su tiempo no la tuvo muy grande, puesto que una sola vez fué impreso en lengua castellana. Aquí también nos encontramos con un problema de historia literaria, pero nos detendrá poco, porque á mi juicio está definitivamente resuelto en favor de los portugueses, y nada tengo que añadir á los argumentos que expusieron, en dos curiosas monografías el brasileño Manuel Odorico Mendes[398] y el agudo, aunque descarriado comentador del Quijote, D. Nicolás Díaz de Benjumea[399]. Claro es que si á las pruebas extensas y bibliográficas se atendiera únicamente, tendrían razón Salvá y Gayangos, y el Palmerín castellano impreso en Toledo durante los años 1547 y 1548[400], atribuido primero á Miguel Ferrer y luego á Luis Hurtado, sería el original, y el texto portugués de Francisco de Moroes, del cual no se conoce ejemplar anterior al de Évora de 1567, una mera traducción posterior á la francesa de Jacobo Vincent y á la italiana de Mambriano Roseo, que aparecieron en 1553.

Pero las pruebas intrínsecas que el mismo libro de Toledo, cotejado con el de Évora, suministra, nos llevan forzosamente á la conclusión contraria. Es traducción del portugués y traducción muy desaliñada, en que no han desaparecido los rastros de su origen, hasta el punto de llamarse Tejo al Tajo, forma inverosímil en un toledano. Por ningún concepto puede atribuirse la prosa del Palmerín al elegante escritor Luis Hurtado, que terminó la Comedia Tibalda del comendador Perálvarez de Ayllón, las Cortes de la Muerte de Miguel de Carvajal, y compuso con fecundo estro la Égloga Silviana, el Teatro pastoril, el Hospital de necios, el Espejo de gentileza, el Hospital de galanes enamorados, el Hospital de damas heridas de amor, los Esponsales de amor y sabiduría y otras ingeniosas obrillas; amén del inestimable Memorial de las cosas de Toledo, escrito en 1576 para contestar al célebre interrogatorio de Felipe II. En 1547, el futuro rector de la parroquia de San Vicente, que en su poema de las Trecientas, acabado en 1582, declaró haber cumplido cincuenta años, no podía tener más que diez y ocho, edad muy tierna para producir una obra que revela tanta madurez, cultura mundana y experiencia de la vida, como el Palmerín de Inglaterra. En las octavas acrósticas que van al fin de la dedicatoria de la primera parte, y juntando las letras iniciales, dicen: Lvys Hurtado Avtor al lector da salud, dice bien claramente que la obra era ajena, y ni siquiera insinúa que la traducción fuese suya:

Leyendo esta obra, discreto lector,
Vi ser espejo de hechos famosos,
Y viendo aprovecha á los amorosos,
Se puso la mano en esta labor.
Hallé que es muy digno de todo loor
Un libro tan alto, en todo facundo;
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