Decidme, oh vos, blancos cisnes,
Los que gozais de las aguas,
¿Cómo podreis defenderos
De las amorosas llamas?
Plegue al amor que vos junte
En sombras de verdes ramas,
Donde goceis para siempre
Una vida dulce y blanda,
Sin temer que se os enturbien
Esas vuestras olas mansas.
Salid, oh cisnes, de entre ellas
Que las vereis alteradas,
Y de un gran fuego amoroso
Encendidas y abrasadas.
Dejad que se apague en ellas
Ansia tan desordenada.

Después del D. Clarisel de las Flores apenas se encuentra ningún libro de caballerías que traspase la raya de lo vulgar y adocenado. El apogeo de esta literatura corresponde á la primera mitad del siglo XVI, es decir, al reinado del emperador Carlos V. Todavía dentro de él hay que mencionar el Lepolemo ó Caballero de la Cruz (1521), del cual dijo donosamente Cervantes: «Por nombre tan santo como este libro tiene, se podia perdonar su ignorancia; mas tambien se suele decir tras la cruz está el diablo: vaya al fuego». No es de los más disparatados de su clase, y las aventuras tienen cierta sensatez relativa, pero es sin duda de los más insulsos. Su autor, que se llamaba al parecer Alfonso de Salazar[414], le supuso traducido de original arábigo compuesto por el cronista Xarton, lo cual acaso dio á Cervantes la idea de su Cide Hamete Benengelí. El sevillano Pedro de Luxán, á quien ya conocemos como autor de D. Silves de la Selva, añadió al Lepolemo una segunda parte, en que se trata de los hechos de su hijo Leandro el Bel «según lo compuso el sabio rey Artidoro en lengua griega». aunque ambos libros están regularmente escritos, se perdieron muy pronto entre el fárrago de libros caballerescos.

Sólo por ser labor femenina puede hacerse mérito del Don Cristalión de España, que publicó en 1545 doña Beatriz Bernal, dama de Valladolid, parienta acaso del bachiller Fernando Bernal, autor del D. Floriseo[415]. Sólo por la circunstancia de estar mencionados en el Quijote hay todavía quien recuerde el D. Cirongilio de Francia, de Bernardo Vargas (1545); el Felixmarte de Hircania, de Melchor Ortega, vecino de Úbeda (1556); el D. Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada (1564), que Cervantes llamó tonel, aunque es de moderado volumen para libro en folio; el D. Belianis de Grecia, «sacado de lengua griega, en la cual la escribió el sabio Friston por un hijo del virtuoso varon Toribio Fernandez» (1547), con el cual mostró el cura benignidad inusitada, condenándole sólo á reclusión temporal y recetándole «un poco de ruibarbo para purgar la demasiada colera suya», por la cual eran sin cuenta las heridas que daba y recibía: hasta ciento y una, todas graves, contó Clemencín sólo en los dos primeros libros. Pero á todos éstos vence en lo prolijo, absurdo y fastidioso el Espejo de príncipes y caballeros, que para no confundirle con el Espejo de caballerías, citado en otra parte (compilación del ciclo carolingio), suele designarse con el nombre de El Caballero del Febo ó Alphebo, aunque no solamente trata de él, sino de su padre el emperador Trebacio, de su hermano Rosicler, de su hijo Claridiano, de D. Poliphebo de Trinacria y de otros muchos paladines y hasta belicosas damas, viniendo á formar todo ello una vasta enciclopedia de necedades, que llegó á constar de cinco partes y más de dos mil páginas á dos columnas en folio; labor estúpida á que sucesivamente se consagraron (desde 1562 hasta 1589 y aun más adelante) varios ingenios oscuros, tales como el riojano Diego Ordóñez de Calahorra, el aragonés Pedro de la Sierra y el complutense Marcos Martínez[416].

Estas obras monstruosas y pedantescas[417] marcan el principio de la agonía del género, cuyo último estertor parece haber sido la Historia famosa del príncipe don Policisne de Beocia, hijo y único heredero de los reyes de Beocia Minandro y Grumedela; por D. Juan de Silva y Toledo, señor de Cañada-hermosa; impreso en Valladolid, 1602, en vísperas, como se ve, de la aparición del Quijote; después del cual no se encuentra ningún libro de caballerías original, ni reimpresiones apenas de los antiguos. Toda esta enorme biblioteca desapareció en un día, como si el mágico Fristón hubiese renovado con ella el encantamiento de la del ingenioso hidalgo.

Aunque escritos en verso, deben incluirse entre los libros de caballerías, más bien que entre las imitaciones de los poemas italianos, el Celidón de Iberia, de Gonzalo Gómez de Luque (1583); el Florando de Castilla, lauro de Caballeros, del médico Jerónimo Huerta (1588), y la Genealogía de la Toledana Discreta, cuya primera parte, en treinta y cuatro cantos, publicó, en 1604, Eugenio Martínez, no atreviéndose sin duda á imprimir la segunda por justo temor á la sátira de Cervantes, que acaso influyó también en que quedasen inéditas otras tentativas del mismo género, como el Pironiso y el Canto de los amores de Felis y Grisaida[418]. De estos poemas, el más interesante es sin duda el del licenciado Huerta, que andando el tiempo llegó á ser hombre insigne en su profesión y docto intérprete y comentador de Plinio. Si no hay error en la fecha de su nacimiento, y realmente imprimió el Florando á los quince años[419], la obra es maravillosa para tal edad, aunque poco original y muy sembrada de imitaciones literales de Ovidio, Ariosto, Garcilaso, Ercilla y otros poetas antiguos y modernos. Tiene el Florando la curiosidad de estar escrito, no todo en octavas reales, aunque éstas predominan, sino en variedad de metros, sin excluir los cortos; género de polimetría que no recordamos haber visto en ningún otro poema con pretensiones de épico hasta llegar á los románticos del siglo XIX. Tiene también la de contener (en el canto noveno) una de las más antiguas versiones conocidas del tema de los Amantes de Teruel (trasplantación aragonesa de un cuento de Boccaccio). Finalmente, es digno de notarse, y puede no ser casual, la coincidencia que presentan las palabras de D. Quijote vencido en Barcelona por el caballero de la Blanca Luna, con las que pronuncia Ricardo rendido por Florando en el último canto del poema:

Viendose ya vencido, dice: Acaba,
Caballero feroz, de darme muerte;
Que este es el fin honroso que esperaba
De un brazo como el tuyo, bravo y fuerte.
Vencido soy, mas lo que sustentaba
No me haras negar de alguna suerte;
Bien puedes de la vida ya privarme,
Pues tengo de morir, y no mudarme.

Por estas particularidades, así como por la fluidez de la versificación, que en algunos trozos llega á la elegancia, y por las proporciones no exageradas del poema, resulta de lectura bastante apacible el Florando de Castilla y merece la reimpresión que de él se hizo en nuestros días.

Eran antiguos y muy justificados los clamores de los moralistas contra los libros de caballerías, que ellos miraban como un perpetuo incentivo de la ociosidad y una plaga de las costumbres. El mayor filósofo de aquella centuria, Luis Vives, los acriminó con verdadera saña, no sólo en el pasaje ya citado De institutione feminae christianae[420], tan interesante por contener una especie de catálogo de los que entonces corrían con más crédito, sino en su magistral obra pedagógica De causis corruptarum artium[421]. El reformador de los estudios teológicos Melchor Cano, tan análogo á Vives en su tendencia crítica, tan diverso en el carácter, refiere haber conocido á un sacerdote que tenía por verdaderas las historias de Amadís y D. Clarían, alegando la misma razón que el ventero de D. Quijote; es á saber: que cómo podían decir mentira unos libros impresos con aprobación de los superiores y con privilegio real[422]. Cano los despreciaba demasiado para considerarlos muy peligrosos: teníalos por meras vaciedades, escritas por hombres ignorantes y mal ocupados; le alarmaban mucho más (y lo dice claramente) los libros de devoción escritos en lengua vulgar, cuando trataban hondas materias teológicas ó místicas[423].

Pero es claro que los ascéticos, escritores de índole mucho más popular, no podían afectar la misma desdeñosa tolerancia que, precisamente por animadversión á ellos, mostraba el clásico expositor de los lugares teológicos, encastillado en el alcázar de su ciencia escolástica y de su arte ciceroniana. «En nuestros tiempos (decía el maestro Alonso de Venegas), con detrimento de las doncellas recogidas se escriven los libros desaforados de cavallerias, que no sirven sino de ser unos sermonarios del diablo; con que en los rincones caza los animos de las doncellas...». «Vemos que veda el padre a la hija que no le venga y le vaya la vieja con sus mensajes, y por otra parte es tan mal recatado que no le veda que leyendo Amadises y Esplandianes, con todos los de su bando, le esté predicando el diablo a sus solas; que alli aprende las celadas de las ponzoñas secretas, demás del habito que hace en pensamientos de sensualidad; que assi la hacen saltar de su quietud como el fuego a la pólvora[424]».

Envolviendo en la misma condenación los libros caballerescos, las novelas pastoriles y hasta las poesías líricas de asunto profano, por honestas que fuesen (lo cual era llevar la intransigencia ética hasta el último término posible), lanzaba contra todos ellos ardorosa invectiva el elocuente y pintoresco autor de la Conversión de la Magdalena Fr. Pedro Malón de Chaide: «¿Qué otra cosa son los libros de amores y las Dianas y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los Amadises, Floriseles y Don Belianis, y una flota de semejantes portentos como hay escritos, puestos en manos de pocos años, sino cuchillo en poder del hombre furioso?... otros leen aquellos prodigios y fabulosos sueños y quimeras sin pies ni cabeza, de que están llenos los libros de caballerías, que asi los llaman, a los que si la honestidad del termino lo sufriera, con trastrocar pocas letras se llamaran mejor de bellaquerías que de caballerías. Y si a los que estudian y aprenden a ser cristianos en estos catecismos les preguntais que por qué los leen y cuál es el fruto que sacan de su licion, responderos han que alli aprenden osadia y valor para las armas, crianza y cortesia para con las damas, fidelidad y verdad en sus tratos, y magnanimidad y nobleza de ánimo en perdonar a sus enemigos; de suerte que os persuadirán que Don Florisel es el libro de los Macabeos, y Don Belianis los Morales de San Gregorio, y Amadis los Oficios de San Ambrosio, y Lisuarte los libros de Clemencia de Seneca... Como si en la Sagrada Escritura y en los libros que los santos dotores han escrito faltaran puras verdades, sin ir a mendigar mentiras; y como si no tuvieramos abundancia de ejemplos famosos en todo linaje de virtud que quisiesemos, sin andar a fingir monstruos increibles y prodigiosos. ¿Y qué efeto ha de hacer en un mediano entendimiento un disparate compuesto a la chimenea en invierno por el juicio del otro que lo soñó?»[425].