Aun escritores que no tenían cargo especial de almas, ó no enderezaban sus trabajos á la edificación popular, humanistas, historiadores, moralistas mundanos ó simples eruditos, fulminan las mismas censuras, y abogan de continuo, sobre todo en los prólogos de sus obras, por la absoluta proscripción de los libros de caballerías. Así Fr. Antonio de Guevara, tan poco escrupuloso en materia de fábulas históricas, y que á su modo también cultivaba la novela, decía en el argumento de su Aviso de Privados: «Vemos que ya no se ocupan los hombres sino en leer libros que es afrenta nombrarlos, como son Amadis de Gaula, Tristan de Leonís, Primaleon, Carcel de amor y Celestina, a los quales y a otros muchos con ellos se debria mandar por justicia que no se imprimiesen ni menos se vendiesen, porque su doctrina incita la sensualidad a pecar, y relaxa el espiritu a bien vivir»[426]. Indignábase el magnífico caballero Pero Mexía, elegante vulgarizador de las historias clásicas, de ver aplicado el nombre de crónicas á «las trufas e mentiras de Amadis y de Lisuarte y Clarianes, y otros portentos que con tanta razon debrian ser desterrados de España, como cosa contagiosa y dañosa a la republica, pues tan mal hacen gastar el tiempo a los autores y lectores de ellos. Y lo que es peor, que dan muy malos exemplos e muy peligrosos para las costumbres. A lo menos son un dechado de deshonestidades, crueldades y mentiras, y según se leen con tanta atencion, de creer es que saldran grandes maestros de ellas... Abuso es muy grande y dañoso, de que entre otros inconvenientes se sigue grande ignominia y afrenta a las cronicas e historias verdaderas, permitir que anden cosas tan nefandas a la par con ellos»[427]. Otro escritor sevillano, contemporáneo de Mexía, Alonso de Fuentes, cuya Summa de philosophia natural (1547) encierra tantas curiosidades, no sólo traza la semblanza de un doliente, precursor de D. Quijote, que se sabía de memoria todo el Palmerín de Oliva «y no se hallaba sin él, aunque lo sabía de cabeza», sino que conmina á los gobernadores y prebostes de las ciudades para que persigan libros semejantes, por «el mal exemplo que dellos resulta. Porque, dad aca, en el más cendrado libro destos, ¿qué se trata, dexando aparte ser todo fabulas y mentiras, sino que uno llevó la mujer de aquel y se enamoró de la hija del otro; cómo la recuestaba y escrevia, y otros avisos para los que estan acaso descuidados? Y no yerro en lo que digo, que me admiro que se tenga cuidado en prohibir meter en este reino las sábanas de Bretaña (á causa que se hallaban enfermas por su respecto muchas personas de muchas enfermedades contagiosas, de las cuales las dichas sábanas venían inficionadas), y no se provea en suplicar que se prohiban libros que dan de sí tan mal exemplo y tanto daño dellos depende[428]». Nada menos que «partos de ingenios estupidos», «hez de libros», «inmundicias recogidas para perder el tiempo y estragar las costumbres de los hombres», llamaba nuestro gran hebraizante Arias Montano á los libros de caballerías en su elegante Retórica, compuesta en versos latinos, llegando á incluir al mismo Orlando en la caterva de los Amadises y Esplandianes:
...Namque per nostra frequenter
Regna libri eduntur, veteres referentia scripta
Errantesque equites, Orlandum, Splandiana graecum,
Palmirenumque duces et coetera: monstra vocamus
Et stupidi ingenii partum, faecemque librorum,
Collectas sordes in labem temporis; et æquae
Nil melius tractent, hominum quam perdere mores.
Temporis hic ordo nullus, non ulla locorum
Servatur ratio, nec si quid forte legendo
Vel credi possit vel delectare, nisi ipsa
Te turpis vitii species et foeda voluptas
Delectat; moresque truces, et vulnera nullis
Hostibus inflicta, ac stolide conficta leguntur[429].
Á pesar de tan insistente clamoreo, entre cuyas voces sonaban las de los hombres más grandes de España en el siglo XVI, Vives, Cano, Arias Montano, Fr. Luis de Granada, la Inquisición mostró con los libros de caballerías una indulgencia verdaderamente inexplicable, no sólo por los pasajes lascivos que casi todos ellos contienen, sino por las irreverencias y profanaciones de que no están exentos algunos, como el Tirante. Pero es lo cierto que, por tolerancia con el gusto público ó por desdén hacia la literatura amena, en los reinos de Castilla y Aragón corrieron libremente todos esos libros: ni uno solo se encuentra prohibido en el índice del Cardenal Quiroga (1583), que es el más completo de los del siglo XVI[430]. Algo más severa se mostró con ellos la legislación civil, aunque no en el grado y forma que lo solicitaban los Procuradores de las Cortes de Valladolid de 1555, en su petición 107: «Otrosi decimos que está muy notorio el daño que en estos Reinos ha hecho y hace a hombres mozos y doncellas e a otros generos de gentes leer libros de mentiras y vanidades, como son Amadis y todos los libros que despues dél se han fingido de su calidad y letura y coplas y farsas de amores y otras vanidades: porque como los mancebos y doncellas por su ociosidad principalmente se ocupan en aquello, desvanecense y aficionanse en cierta manera a los casos que leen en aquellos libros haber acontecido, ansi de amores como de armas y otras vanidades; y aficionados, cuando se ofrece algun caso semejante, danse a el más a rienda suelta que si no lo oviesen leido... Y para remedio de lo susodicho, suplicamos a V. M. mande que ningun libro destos ni otros semejantes se lea ni imprima so graves penas; y los que agora hay los mande recoger y quemar, y que de aqui adelante ninguno pueda imprimir libro ninguno, ni coplas ni farsas, sin que primero sean vistos y examinados por los de vuestro Real Consejo de Justicia; porque en hacer esto ansi V. M. hará gran servicio a Dios, quitando las gentes destas lecciones de libros de vanidades, e reduciendolas á leer libros religiosos y que edifiquen las ánimas y reformen los cuerpos, y a estos Reinos gran bien y merced».
Esta petición no fué atendida, y su misma generalidad y violencia se oponía á que prosperase, porque siempre fué temerario contradecir de frente el gusto popular. Lo que el Santo Oficio, con todo su poder y autoridad sobre las conciencias, no había intentado siquiera, menos había de acometerlo la potestad secular, cuyo influjo en estas materias era bien escaso. Los libros de caballerías siguieron vendiéndose libremente en la Península; no sé publicó jamás la Pragmática anunciada por la Princesa Gobernadora doña Juana, contestando, en 1558, á las peticiones de las Cortes; y sólo en los dominios de América continuaron siendo de contrabando estos libros, á tenor de una real cédula de 4 de abril de 1531, confirmada por otras posteriores que prohiben pasar á Indias «libros de romances, de historias vanas o de profanidad, como son de Amadis e otros desta calidad, porque este es mal ejercicio para los indios, e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean».
En vista de la indiferencia de los poderes públicos, discurrieron algunos varones piadosos, pero de mejor intención que literatura, buscar antídoto al veneno caballeresco en un nuevo género de ficciones que en todo lo exterior las remedasen, pero que fuesen, en el fondo, obras morales y ascéticas, revestidas con los dudosos encantos de la alegoría; procedimiento frío y mecánico, al cual no debe el arte ningún triunfo y que nunca puede ser confundido con el símbolo vivo, último esfuerzo de la imaginación creadora. Así nació el extravagante género de los libros de caballerías á lo divino, como á lo divino se parodiaron también los versos de Bosán y Garcilaso y la Diana de Montemayor.
La alegoría caballeresca con fin moral tiene antecedentes en dos obras francesas traducidas á nuestra lengua, la una en el siglo XV y la otra en el XVI: el Pélerinage de la vie humaine, de Guillermo de Guileville, que fué puesta en castellano por Fr. Vicente Mazuelo é impresa en Tolosa de Francia en 1490[431], y el mucho más célebre Chevalier Délibéré, de Olivier de la Marche, libro de larga y curiosa historia en España, pues no sólo alcanzó dos traductores en verso, Hernando de Acuña y el capitán Urrea, sino que antes había entretenido los ocios del Emperador Carlos V, que le tradujo en prosa, movido, sin duda, de los elogios de la Casa de Borgoña que el poema de la Marche contiene. Esta versión cesárea es la que Acuña recibió encargo de poner en antiguas coplas castellanas y publicar con su nombre[432], y ora fuese porque se trasluciera su egregio origen, ora por la fluidez y gracia de las quintillas de Acuña, El Caballero Determinado tuvo tanto éxito que fué reimpreso hasta siete veces durante aquel siglo, y dejó en la sombra la traducción de Urrea[433], hecha en tercetos tan infelices como las octavas de su Orlando.
Pero el Pelegrinaje de la vida humana, cuya autor se propuso imitar á lo divino el
Roman de la Rose, es más bien un viaje alegórico-fantástico que un libro de caballerías, y el poemita de Olivier de la Marche, salvo en lo que tiene de histórico y panegírico, apenas traspasa los límites de una sencilla y poco ingeniosa personificación de vicios y virtudes.
No se contuvo en tan modestos límites el valenciano Jerónimo de San Pedro (ó más bien Sempere), autor de las dos partes de la Caballería celestial de la Rosa Fragante (1554). «Advirtiendo (dice en su prólogo) que los que tienen acostumbrado el apetito a las lecciones ya dichas (de los libros fabulosos y profanos) no vernian deseosos al banquete destas, aviendo de passar de un extremo a otro, propuse les dar de comer la perdiz desta historia, alborada con el artificio de las que les solian caer en gusto, porque mas engolosinandose en ellas pierdan el sabor de las fingidas, y aborreciendolas se ceven desta que no lo es... Donde hallarán trazada, no una Tabla Redonda, mas muchas; no una sola aventura, mas venturas diversas; y esto no por industria de Merlin ni de Vrganda la Desconocida, mas por la Divina Sabiduria del Verbo Hijo de Dios... Hallarán tambien, no un solo Amadis de Gaula, mas muchos amadores de la verdad no creada; no un solo Tirante el Blanco, mas muchos tirantes al blanco de la gloria; no una Oriana ni una Carmesina, pero muchas santas y celebradas matronas, de las quales se podra colegir exenplar y virtuosa erudicion. Veran assi mesmo la viveza del anciano Alegorin, el sabio, y la sagacidad de Moraliza, la discreta doncella, los quales daran de sí dulce y provechosa platica, mostrando en muchos pasos desta Celestial Caballeria encumbrados misterios y altas maravillas, y no las de un fingido cauallero de la Cruz, mas de un precioso Christo que verdaderamente lo fue».
Este singular programa no basta para dar completa idea de tan absurdo libro, que en su primera parte, intitulada del Pie de la Rosa Fragante, y en ciento doce capítulos, llamados maravillas, recopila, en forma andantesca, gran parte de la materia del Antiguo Testamento, y en la segunda, ó sea en las Hojas de la Rosa Fragante, alegoriza por el mismo procedimiento los Evangelios, convirtiendo á Cristo en el caballero del León, á los doce Apóstoles en los doce paladines de la Tabla Redonda, y á Lucifer en el caballero de la Serpiente. Todo ello es una continua parodia de los libros caballerescos, cuyas principales aventuras imita; pero lo que resulta escandalosamente parodiado por la cándida irreverencia del autor es la Sagrada Escritura; por lo cual no es maravilla que la Inquisición pusiese inmediatamente el libro en sus índices, y nunca llegara á imprimirse la tercera parte, que el autor promete con el título de La Flor de la Rosa Fragante[434]. El rígido puritano Ticknor, que eludió, sin duda por escrúpulo de conciencia, el estudio de nuestros grandes ascéticos y místicos, hasta el punto de dedicar sólo una menguada página á Fr. Luis de Granada y otra á Santa Teresa (¡y á esto se llama «Historia de la Literatura española»!), se extiende con morosa fruición en el análisis de la Caballería celestial, pretendiendo, á lo que se ve, hacer cómplice á la Iglesia católica de las necedades de un escritor tan oscuro como Jerónimo de San Pedro. Tres cosas olvidó el crítico americano: primera, que el Santo Oficio se había adelantado á su censura prohibiendo La Rosa Fragante desde que apareció; segunda, que el libro es ridículo por la falta de talento y gusto de su autor, pero que la poesía simbólica, nacida del maridaje entre el misticismo y la caballería, no puede condenarse en sí misma, puesto que en manos de un gran poeta como Wolfram de Eschembach puede producir una maravilla como el Parsifal, y tercero, que sin salir de la cristiandad protestante y de la misma secta á que Ticknor pertenecía, puede encontrarse uno de los tipos más curiosos de novela alegórica á lo divino en el Pilgrim's Progress de Bunyan, tan popular y tan digno de serlo. La obra del calderero anabaptista, con su gigante Desesperación, su Prudencia Mundana, su demonio Apollyon, símbolo del Papismo, está más inspirada, sin duda, que la historia del maestro Anagogino, del anciano Alegorín, de la doncella Moraliza y del caballo de la Penitencia, pero las alegorías son igualmente absurdas y en manos de un incrédulo pueden prestarse á la misma rechifla.