Nunca faltaron, sin embargo, á estos libros aficionados y aun apologistas muy ilustres. Pero si bien se mira, todos ellos hablan, no de los libros de caballerías tales como son, sino de lo que podían ó debían ser, y en este puro concepto del género, es claro que tienen razón. Así Lope de Vega, acaso por llevar la contra á Cervantes, habla de ellos con cierta estimación en la dedicatoria que hizo de su comedia El Desconfiado al maestro Alonso Sánchez, catedrático de hebreo en Alcalá: «Riense muchos de los libros de caballerias, señor maestro, y tienen razon si los consideran por la exterior superficie; pues por la misma serian algunos de la antigüedad tan vanos e infructuosos como el Asno de Oro de Apuleyo, el Metamorfoseos de Ovidio y los Apologos del moral filosofo; pero penetrando los corazones de aquella corteza, se hallan todas las partes de la filosofia, es a saber: natural, racional y moral. La más comun accion de los caballeros andantes, como Amadis, El Febo, Esplandian y otros, es defender cualquiera dama por obligacion de caballerias, necesitada de favor, en bosque, selva, montaña o encantamiento[443]».
Pero quien hizo, á mi juicio, más hábil defensa de estos libros fué el ingenioso portugués Francisco Rodríguez Lobo en el primero de los diálogos, que tituló Corte em Aldeia e Noites de inverno. Uno de los interlocutores del diálogo sostiene la superioridad de las historias fabulosas sobre las verdaderas; aplicando la doctrina de Aristóteles sobre la ventaja que la poesía lleva á la historia. «En el libro fingido cuentanse las cosas como era bien que fuesen y no como sucedieron, y asi son más perfectas; describese el caballero como era bien que los hubiese, las damas cuán castas, los reyes cuán justos, los amores cuán verdaderos, los extremos cuán grandes, las leyes, las cortesías, el trato tan conforme con la razon. Y assi no leereis libro en el cual no se destruyan soberbios, favorezcan humildes, amparen flacos, sirvan doncellas, se cumplan las palabras, guarden juramentos y satisfagan buenas obras. Vereis que las damas andan por los caminos sin que haya quien las ofenda, seguras en su virtud propia y en la cortesia de los caballeros andantes. En cuanto al retrato y ejemplo de la vida, mejor se coge de lo que un buen entendimiento trazó y siguio con mucho tiempo de estudio, que en el succeso que a veces se alcanzó por mano de la ventura, sin que la diligencia ni ingenio pusiesen algo de su caudal»[444].
Evidentemente, aquí se habla del libro de caballerías posible, no del actual, como no nos remontemos al Amadís, único y solo á quien cuadran en parte estos elogios. No difiere mucho de este ideal novelístico el plan de un poema épico en prosa que expuso Cervantes por boca del canónigo, mostrando con tan hermosas razones que estos libros daban largo y espacioso campo para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos. Este ideal se vió realizado cuando el espíritu de la poesía caballeresca, nunca enteramente muerto en Europa, se combinó con la adivinación arqueológica, con la nostalgia de las cosas pasadas y con la observación realista de las costumbres tradicionales próximas á perecer, y engendró la novela histórica de Walter-Scott, que es la más noble y artística descendencia de los libros de caballerías.
Pero Walter-Scott y todos los novelistas modernos no son más que epígonos respecto de aquel patriarca del género, que tiene entre sus innumerables excelencias la de haber reintegrado el elemento épico que en las novelas caballerescas yacía soterrado bajo la espesa capa de la amplificación bárbara y desaliñada. La obra de Cervantes, como he dicho en otra parte, no fué de antítesis, ni de seca y prosaica negación, sino de purificación y complemento. No vino á matar un ideal, sino á transfigurarle y enaltecerle. Cuanto había de poético, noble y humano en la caballería, se incorporó en la obra nueva con más alto sentido. Lo que había de quimérico, inmoral y falso, no precisamente en el ideal caballeresco, sino en las degeneraciones de él, se disipó como por encanto ante la clásica serenidad y la benévola ironía del más sano y equilibrado de los ingenios del Renacimiento. Fué, de este modo, el Quijote el último de los libros de caballerías, el definitivo y perfecto, el que concentró en un foco luminoso la materia poética difusa, á la vez que elevando los casos de la vida familiar á la dignidad de la epopeya, dió el primero y no superado modelo de la novela realista moderna.
NOTAS:
[187] Existió el manuscrito en la Biblioteca de San Isidro hasta 1838, en que desapareció misteriosamente con todos los demás del mismo establecimiento, trasladados de Real orden al Congreso, para la Biblioteca de Cortes que había empezado á formar D. Bartolomé J. Gallardo. Consta con el núm. 89 en el Índice de dichos códices, publicado en el tomo VI de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (1876), pág. 32.
[188] Histoire critique de l'Inquisition d'Espagne... París, 1817, t. IV, pp. 389-412. Según advierte Llorente, el manuscrito de San Isidro había pertenecido á un jesuíta llamado Enríquez.
[189] Verdadeira terceira parte da historia de Carlos-Magno, em que se escreven as gloriosas açoes e victorias de Bernardo del Carpio. E de como venceo em batalla os Doze Pares de França, con algumas particularidades dos Principes de Hispanha, seus poovadores e Reis primeiros, escrita por Alexandre Caetano Gomes Flaviense... Lisboa, 1745, 8.º. Llámase tercera parte porque se cuenta como primera la traducción portuguesa del Fierabrás castellano ó Historia de Carlomagno, de Nicolás del Piamonte, y por segunda una continuación muy curiosa del médico Jerónimo Moreira de Carvalho, traductor de la primera.
[190] De Pseudo-Turpino (tesis latina de Gastón París). París, Franck, 1865.—Dozy, Le Faux Turpin (en el tomo II, tercera edición de las Recherches, 1881, pp. 372-431, y XCVIII y CVIII).
[191] Á las antiguas ediciones de la Crónica de Turpín, por Sichardo (1566, Francfort, en los Germanicarum rerum vetustiores chronographi), y de Ciampi (Florencia, 1822) ha sustituido la de M. Castets, profesor de Montpellier, más correcta que las precedentes.