Francisco de Vergara falleció en 1545, dejando inédito el Teágenes, y fué gran lástima que en vez de su trabajo se imprimiese otra versión ni buena ni directa, sino sacada servilmente de la francesa de Jacobo Amyot por un secreto amigo de su patria (¿acaso un protestante refugiado?) que lo entregó á las prensas de Amberes en 1554. En la portada confiesa lisa y llanamente el origen del libro: Historia Ethiopica, trasladada de frances en vulgar castellano... y corregida segun el Griego; pero de tal corrección dudamos mucho, porque si el traductor era capaz de leer el texto griego, para nada necesitaba recurrir al francés, ni menos emplear el original como supletorio, y además el prólogo mismo en que se habla de correcciones y de cotejo de varios ejemplares está traducido de Amyot, como todo lo restante[506].
Las traducciones de Amyot, especialmente su Plutarco, hacen época en la historia de la prosa francesa; pero el calco del anónimo de Amberes, en estilo incorrecto y galicano, no podía contribuir mucho á la popularidad del Teágenes en España, así es que en esta forma sólo fué reimpreso una vez, en Salamanca, 1581[507]. Pocos años después cayó en manos de un nuevo traductor, que tampoco sabía griego, pero que tuvo el buen acuerdo de guiarse por la interpretación latina literal del polaco Esteban Warschewiczk, y encontró además un helenista de mérito que le hiciese el cotejo con el original. Tal fué la labor no despreciable del toledano Fernando de Mena, asistido por el Padre Andrés Schoto, flamenco de nación y profesor de Lengua Griega en la Universidad de Toledo. En esta forma apareció nuevamente la Historia de los leales amantes Teagenes y Cariclea, en Alcalá de Henares, 1587, y obtuvo hasta cinco reimpresiones, una de ellas la de París, 1615, algo retocada por el famoso intérprete y gramático César Oudín[508]. En esta versión de Mena, pura y castiza aunque algo lánguida, se leía aún el Teágenes á fines del siglo XVIII, como lo comprueba una edición de 1787, sin que prevaleciese contra ella la redundante y culterana paráfrasis que en 1722 había publicado D. Fernando Manuel de Castillejo con el título de La Nueva Cariclea[509]. Nada puedo decir de la traducción ó imitación en quintillas del médico de Granada D. Agustín Collado del Hierro, pues sólo la conozco por una referencia del Fénix de Pellicer[510] y por la noticia de Nicolás Antonio. Pero de la influencia persistente de Heliodoro en nuestra literatura da testimonio no sólo el Persiles, donde la imitación del Teágenes es menor de lo que generalmente se cree y de lo que da á entender el mismo Cervantes, sino la comedia de Calderón Los hijos de la fortuna y otra más antigua del doctor Montalbán Teágenes y Clariquea.
Afortunado hubiera sido Aquiles Tacio Alejandrino en encontrar por intérprete á D. Francisco de Quevedo, si la versión que éste hizo de la Historia de los amores de Leucipe y Clitophonte conforme á la letra griega no hubiese padecido el mismo naufragio que otras obras suyas, quedándonos sólo su memoria en las notas del Anacreonte Castellano del mismo Quevedo[511]. Y habiéndose perdido también, lo cual es menos de sentir, el Poema Jónico ó Épica Griega, extraño título que dió á su traducción derivada del latín, aunque «enmendada», según dice, «por el original griego» el inagotable grafómano D. José Pellicer de Ossau Salas y Tovar[512], sólo corrió de molde una paráfrasis harto infiel que D. Diego de Agreda y Vargas, novelista mediano y poco original, publicó en 1617, valiéndose de la traducción toscana de Francesco Angiolo Coccio[513].
(El Fenix y su historia natural, escrita en 22 ejercitaciones, diatribes o capitulos... por Don Josef Pellicer de Salas y Tobar... Madrid, 1603, fol. 107).
Pero ya en 1552 gran parte de los episodios de esta novela habían venido, á través de otra traducción italiana menos completa, á incorporarse en un libro español por varias razones notable que publicó en Venecia el poeta alcarreño Alonso Núñez de Reinoso con el título de Historia de los amores de Clareo y Florisea y las tristezas y trabajos de la sin ventura Isea, natural de la ciudad de Éfeso[514]. Ya Liebrecht indicó, aunque sin pararse á puntualizarlo, que esta obra era imitación de Leucipe y Clitofonte. Lo es, en efecto, pero sólo de los cuatro últimos libros, únicos que Reinoso conocía, según confiesa en su prólogo: «Habiendo en casa de un librero visto entre algunos libros uno que Razonamiento de amor se llama, me tomó deseo, viendo tan buen nombre, de leer algo en él; y leyendo una carta que al principio estaba, vi que aquel libro habia sido escrito primero en lengua griega y despues en latina, y ultimamente en toscana; y pasando adelante hallé que comenzaba en el quinto libro. El haber sido escrito en tantas lenguas, el faltarle los cuatro primeros libros fué causa que más curiosamente desease entender de qué trataba, y á lo que pude juzgar, me pareció cosa de gran ingenio y de viva y agraciada invencion. Por lo cual acordé de, imitando y no romanzando, escribir esta mi obra, que Los amores de Clareo y de Florisea y trabajos de la sin ventura Isea llamo; en la cual no uso más que de la invencion, y algunas palabras de aquellos razonamientos».
Alonso Núñez omite el nombre del autor griego á quien verdaderamente imita, porque de seguro la obra era anónima para él. Los Ragionamenti Amorosi, de que él se valía, eran los de Ludovico Dolce, impresos en 1546, y en ellos la novela se da como fragmento de un antiguo escritor griego[515]. Anónima estaba también en la versión latina que siguió Dolce, que es la primera de Aníbal Cruceio milanés, impresa en 1544 y dedicada á D. Diego Hurtado de Mendoza[516]. Tal omisión se explica teniendo en cuenta que Cruceio tradujo de un manuscrito griego imperfecto, donde faltaban los cuatro primeros libros, y con ellos el nombre del autor, y sólo diez años después llegó á descubrir la obra entera con la noticia de su legítimo dueño.
Disipada, pues, la oscuridad que hasta ahora envolvía los orígenes de Clareo y Florisea, á pesar de la honrada y leal confesión de su autor, conviene estudiar en la novela misma los cambios, adiciones y supresiones que en ella hizo el imitador. Consta Clareo y Florisea de treinta y dos capítulos, pero la imitación de Leucipe y Clitofonte termina en el diez y nueve. Aun en estos primeros capítulos hay algunos enteramente ajenos á la fábula griega, que por lo demás sigue con bastante fidelidad, traduciendo pasajes nada cortos. Pero suele abreviar con buen gusto las interminables descripciones en que se complace el gusto sofístico de Aquiles Tacio, y prescinde casi siempre de sus digresiones geográficas y mitológicas, tan curiosas algunas. Reducida la acción á sus elementos novelescos, todavía hizo en ella algunas alteraciones más ó menos felices. Como no conocía los cuatro primeros libros de la novela griega, ni el motivo del viaje de Leucipe y Clitofonte (nombres que cambió por los menos exóticos de Clareo y Florisea), tuvo que inventarle, é imaginó una combinación que luego reprodujo Cervantes en el Persiles. Clareo y Florisea son prometidos esposos; pero el primero, á causa de un voto ó promesa, había dado palabra de no casarse con Florisea en un año, «sino tenella como su propia hermana». Con la llegada á Alejandría de ambos amantes comienza la imitación de Aquiles Tacio, conservando algunos nombres del original y cambiando otros. Menelao, por ejemplo, es en el texto griego un amigo fiel de Clitofonte; en el español desempeña el mismo papel que el corsario Cherea de la primitiva novela. Roba á Florisea con engaño, y viéndose perseguido en la mar, finge descabezarla y echar su cuerpo á las olas, inmolando en lugar suyo á una infeliz esclava. Clareo queda solo é inconsolable en Alejandría, donde se enamora de él una dama rica y hermosa, que en nuestro libro se llama Isea y en el de Aquiles Tacio Melita, la cual se creía viuda por tener falsas nuevas de haber naufragado su marido. Clareo resiste por largo tiempo al amoroso asedio de la apasionada Isea, pero vencido por lo precario de su situación y por los consejos é instancias de su amigo Rosiano acaba por consentir en el matrimonio, si bien poniendo por condición que no se consumará hasta que lleguen á Éfeso, patria de la supuesta viuda. Hacen, en efecto, el viaje, pasando el suplicio de Tántalo la pobre Isea; pero Clareo, siempre fiel á la memoria de Florisea, inventa nuevos pretextos para dilatar la unión conyugal, y entre tanto encuentra á su amada entre las esclavas de su nueva mujer. Para complicar la situación, sobreviene en mal hora Tesiandro (Tersandro en Aquiles Tacio), el marido de Isea, que pasaba por muerto; arma tremendo escándalo en su casa, insulta y golpea furiosamente al que tiene por adúltero, y acaba por hacerle encerrar en una prisión y someterle á un proceso. Un confidente de Tesiandro le habla de su esclava Florisea, ponderándole su hermosura; la ve, queda prendado de ella; intenta vencer brutalmente su resistencia, y no lográndolo, la secuestra en escondido lugar y hace correr voz de que había sido asesinada. Llega la falsa noticia al preso Clareo: cae en la más negra desesperación, y para salir pronto de esta vida y vengarse al mismo tiempo de Isea, á quien tiene por autora ó instigadora del crimen, se declara culpable de él y la delata como cómplice. Es sentenciado á muerte, pero le salva la oportuna aparición de Florisea, que ha logrado escapar de su encerramiento y viene á poner en claro la verdad de todo. Los dos amantes vuelven á su patria Bizancio, donde celebran sus bodas, y la infortunada Isea, en cuya boca pone el autor castellano la narración de todos estos trabajos, que en la novela griega cuenta el mismo Clitofonte, vuelve á peregrinar por tierras y mares, pero ya como mera espectadora de muy diversas aventuras.
Comparado este relato con el de Aquiles Tacio, se observan algunas modificaciones muy felices. Reinoso ha ennoblecido el carácter de Clareo; le ha hecho menos pasivo, menos quejumbroso, menos apocado y cobarde que en la novela original, donde todo el mundo aporrea impunemente al triste Clitofonte, sobre todo el brutal marido de Isea. Ha presentado con más tino, y delicadeza la pasión de la viuda, que llega á interesar en algunos momentos por lo patético y bien sentido de sus quejas. Otro rasgo notable de depuración moral y estética á un tiempo se debe al imitador español. Tanto Clareo como Isea quedan libres de toda mancha y sospecha de adulterio, ni involuntario siquiera, si vale la expresión. Por el contrario, Aquiles Tacio hace que Melita, aun después de la vuelta de su marido, insista en su furiosa pasión y logre triunfar por una vez sola de la resistencia de Clitofonte; con lo cual destruye todo el pensamiento de su obra, fundada en la mutua fidelidad de Leucipe y su amante. Esta distracción del novelista griego tiene consecuencias análogas á las que trajo en el Amadís la famosa enmienda de Briolanja. Leucipe, que había guardado incólume su castidad, puede arrostrar impávida la prueba de la gruta de la siringa, que sonaba melodiosamente cuando entraba una virgen (aventura tan parecida á la del arco de los leales amadores)] pero Melita no puede salir airosa de la prueba del agua Stygia, sino merced á una restricción mental que dista poco de un falso juramento. Alonso Núñez suprimió estas pruebas, en lo cual no hizo bien, porque son interesantes y poéticas, y abrevió además secamente el final, suprimiendo todas las escenas del templo de Diana y la oportuna llegada de Sostrato, padre de Leucipe, que tanto contribuye al desenlace. Pero en general la novela bizantina no salió empeorada de sus manos, y aunque la prosa de Aquiles Tacio es más trabajada, su elegancia sofistica agrada menos que la candorosa y apacible sencillez del estilo de Reinoso. La imitación clásica no se limita en éste á un solo modelo. El mismo dice en su segunda dedicatoria que quiso remedar también á Ovidio en los libros de Tristibus, á Séneca en las tragedias y á otros autores latinos. Con efecto, son visibles estas imitaciones, especialmente las de Séneca el Trágico. Gran parte del capítulo IX, que contiene las quejas y lamentaciones de Isea desdeñada por Clareo, está tejida con palabras y conceptos que pronuncia Fedra en el Hipólito, y la confidenta Ibrina representa el mismo papel que la Nutrix en la tragedia del poeta cordobés. Hay una bajada al infierno llena de reminiscencias del libro sexto de la Eneida, y un lindo elogio de la vida pastoril taraceado del «O fortunatos nimium» de las Geórgicas y del «Beatus ille» de Horacio[517]. Trozo es éste que no me parece muy inferior al celebrado discurso de Don Quijote sobre la edad de oro, con el cual tiene mucha analogía de factura. Y es cierto que Cervantes había leído con mucha atención el libro de los Amores de Clareo, del cual hay algunas reminiscencias en el Persiles[518].
Aunque la fábula general, en la primera parte del libro de Reinoso, sea la de Aquiles Tacio, hay varios episodios que parecen originales del poeta de Guadalajara, y nada tienen que ver con la antigüedad griega y latina. Tales son las maravillas de la Ínsula Deleitosa y la historia de la infanta Narcisiana, la cual era tan hermosa y tenía tanta fuerza en el mirar, que con su vista mataba; por lo cual sus padres la habían confinado en aquella isla donde ningún hombre verla pudiese, y aun allí, «tenia delante de su rostro una forma de velo o antifaces, porque ansi pudiera ver, y siendo por ventura vista no matar». Otra novela hay (cap. X) cuya acción pasa en Valencia, y que pertenece al género trágico de Mateo Bandello, recordando algo su principio y su fin la de Diego de Centellas, que tiene el número 42 en la colección del ingenioso dominico lombardo. La descripción de la ínsula de la Vida y de los huertos, ejercicios y recreaciones de sus moradores (caps. XI y XII) es una curiosa pintura de la vida cortesana en Italia, enteramente anacrónica con el resto del libro. No lo es menos el reto y batalla campal de Clareo y el corsario Menelao. Y aunque Reinoso insiste mucho en que su obra no se confunda con «las vanidades de que tratan los libros de caballerias», y aguza su ingenio para explicar alegóricamente todas las acciones de sus personajes, es lo cierto que en cuanto abandona las pisadas de Aquiles Tacio, y aparece en escena el andante paladín Felesindos, su libro se convierte en uno más de caballerías, tan absurdo y desconcertado como cualquier otro, aunque mejor escrito que la mayor parte de ellos. No nos perderemos en el laberinto de esta última parte, que ningún interés ofrece, siendo conocidas tantas muestras de su género. Lo más curioso é inesperado es el final, que contiene una sátira nada benévola contra los conventos de monjas[519]. Viéndose rechazada Isea de uno de ellos por su pobreza y oscuro linaje, determina recogerse en la ínsula Pastoril, donde escribe sus memorias, de las cuales promete una segunda parte.
Pocas noticias quedan del autor de este ingenioso libro, fuera de las que él mismo da en las poesías líricas que acompañan á su novela. Era natural de Guadalajara, como queda dicho, y parece haber pasado algunos años de su juventud en Ciudad Rodrigo, donde frecuentó el trato y amistad de Feliciano de Silva, á quien admiraba demasiado, pero cuyo estilo no imitó por fortuna suya. En una de las composiciones que escribió en Italia deplora en términos muy sentidos la ausencia de su amigo: