Y si con estos enojos
Soledad[520] de España siento,
Luego revientan los ojos
Con las lágrimas, despojos
Del cansado pensamiento.
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Que estoy en Ciudad Rodrigo
Muchas veces finjo acá,
Y conmigo mismo digo:
«Este camino que sigo
A los Alamos irá».
Y digo: «contento, ufano
Y alegre podré llegar
A casa de Feliciano,
A donde continuo gano
Por tal ingenio tratar»...

De otros amigos y amigas suyas de aquella ciudad y de Guadalajara trata en los versos que siguen, acordándose especialmente de doña Ana de Carvajal, de una doña Juana Ramírez y de su propia hermana doña Isabel de Reinoso. En una de sus dedicatorias habla de «cierta comedia» que había dirigido al duque del Infantado, y que había sido corregida y enmendada por el señor de Frexno de Torote, D. Juan Hurtado de Mendoza, buen caballero, buen regidor y procurador á Cortes, pero poeta infeliz, autor de El buen placer trobado en trece discantes de cuarta rima castellana (1550); libro que, como tantos otros, tiene su mayor mérito en la rareza. Reinoso se muestra agradecido á sus buenos oficios, no menos que á los del caballero italiano Juan Micas, á quien dedicó la historia de Clareo. Su vida parece haber sido aventurera y azarosa. De una epístola suya á Feliciano se infiere que comenzó la carrera de Leyes, probablemente en la Universidad de Salamanca, lo cual puede explicar sus estancias en la vecina Ciudad Rodrigo. Como tantos otros españoles pasó á Italia, pero su viaje debió de tener más de forzado que de voluntario, á juzgar por los versos en que habla de su destierro, que no parece metafórico:

Ha consentido mi hado
Y mi suerte me condena
A que viva desterrado
Y que muera sepultado
Sin placer en tierra ajena;
A donde todo me daña,
Donde mi muerte se ve,
Pues morando en tierra extraña,
Con la memoria d' España
Como viva yo no sé.

En Italia obtuvo fama de poeta, y uno de sus encomiadores fué el mismo Ludovico Dolce, de cuyos Ragionamenti tomó la idea de su novela, que el mismo Dolce celebró en un soneto inserto en los preliminares del libro. Los endecasílabos de Reinoso valen poco, y él mismo confiesa que muchas veces no tienen la acentuación debida, sino la que cuadraría al verso de doce sílabas ó de arte mayor. En las coplas castellanas es fácil, tierno y afectuoso, pero su prosa es infinitamente mejor y más limada que sus versos. La Historia de Clareo y Florisea fué traducida inmediatamente al francés[521] y tiene el mérito de ser, si no nos equivocamos, la más antigua imitación de las novelas griegas publicada en Europa, puesto que la del seudo Atenágoras, que pasa por la más antigua, no apareció hasta 1599.

Más independiente de los modelos bizantinos, y más enlazada con la vida actual, se presenta la Selva de aventuras que el cronista Jerónimo de Contreras publicó antes de 1565, puesto que la edición de Barcelona de dicho año no parece ser la primera. Hay, por lo menos, seis posteriores á esa fecha[522] y una traducción francesa de Gabriel Chapuys (1580), que fué reimpresa varias veces[523]. Todo esto prueba que la Selva se leyó bastante, y hoy mismo es de fácil y no desapacible lectura. El argumento es sencillo y bien combinado, en medio de la extremada pero no confusa variedad de episodios.

Un caballero sevillano llamado Luzmán, enamorado de la doncella Arbolea, á quien había conocido desde la infancia, la pretende en matrimonio; pero ella, resuelta á abrazar la vida monástica, le quita toda esperanza con muy corteses razones: «Nunca yo pudiera creer, Luzmán, que aquel verdadero amor trabado y encendido desde nuestra juventud, pudiera ser por ti en ningun tiempo manchado, ni derribado de la cumbre donde yo por más contentamiento suyo y mio le habia puesto. Pesame que de casto y puro amor le has vuelto comun deseo y apetito sensual, siendo primero contemplacion y recreación del ánima... No dejo de conocer que lo que pides, y como hombre deseas, que es bueno; mas si hay otro mejor, no se debe de dejar lo más por lo menos.

Quiero decir que yo te he amado por pensamiento, que en mí no se efectuase otro amor más que aquel que sola nuestra amistad pedia; porque yo siempre estuve determinada de nunca me casar, y asi he dado mi limpieza a Dios y toda mi voluntad, poniendo aqui el verdadero amor, que jamas cansa ni tiene fin».

El desconsolado amante busca alivio en la ausencia, y parte para Italia en hábito de peregrino. La narración de este viaje y de las extrañas cosas que en él vió Luzmán es el principal asunto de los siete libros cortos en que la Selva se divide. Siguiendo el holgado modo de novelar que ya vimos indicado en el Libro Félix de Raimundo Lulio y que adoptaron los autores de novelas picarescas, cada uno de los personajes que el protagonista va encontrando le refiere su historia y le pide ó le da consejo. Entre estas historias hay algunas muy interesantes y románticas, como la del caballero aragonés Erediano (¿Heredia?) y Porcia, sobrina del duque de Ferrara: dos amantes que hicieron vida solitaria y murieron en el desierto; la del penado Salucio, que parece prototipo de Cardenio; la del marqués Octavio de Mantua. Hay tipos ingeniosamente trazados, como el pobre Oristes, el rico y avaro Argestes, el espléndido y hospitalitario Virtelio; episodios de novela pastoril, disputas de casuística amorosa, tres églogas representables, una de las cuales, la de Ardenio y Floreo, el pastor amoroso y el desamorado, recuerda la disputa de Lenio y Tirsi en la Galatea de Cervantes; una representación escénica del Amor Humano y el Amor Divino, y otra que se supone hecha en la plaza de San Marcos de Venecia, y gran cantidad de versos líricos de todas medidas, escritos con elegancia y rica vena. En el curso de su peregrinación, el héroe visita la cueva y oráculo de la Sibila Cumea (la sabia Cuma), y encuentra reinando en Nápoles al magnánimo Alfonso V de Aragón. Volviendo á España, cae en poder de unos corsarios que le llevan cautivo á Argel (lugar común de tantas novelas y comedias posteriores); logra rescatarse, y al llegar á Sevilla encuentra que su amada Arbolea había tomado el velo. Hay rasgos muy delicados en la última entrevista de los dos amantes.

«Y luego esa tarde se fue Luzmán al monasterio donde estaba su señora, y preguntó por ella: a Arbolea le fue dicho cómo un pelegrino la buscaba; ella, no sabiendo quién fuese, se paró a una reja, y aunque vio a Luzmán, no le conocio; mas él, cuando vido a ella, conocióla muy bien; y sin poder detener las lagrimas, comenzo a llorar con gran angustia. Arbolea, muy maravillada, no pudiendo pensar qué fuese la causa porque aquel pobre asi llorase ante ella, le preguntó diciendo: «¿Qué sientes, hermano mio, o qué has menester desta casa? ¿Adónde me conoces, que has llamado a mí más que a otras destas religiosas?» Luzmán, esforzando su corazón, y volviendo más sobre sí, respondió a Arbolea, diciendo: «No me maravillo yo, señora Arbolea, que al presente tú no me conozcas, viéndome tan mudado del que solia ser con los grandes trabajos que por tu causa he pasado: ves aqui, señora, el tu Luzmán, a quien despreciaste y tuviste en poco sus servicios, no conociendo ni queriendo conocer el verdadero amor que te tuvo, a cuya causa ha llegado al punto de la muerte, la cual de más cortés que piadosa ha usado con él de piedad; y esto ha sido porque volviese a tu presencia; pues agora venga la muerte, que contenta partirá esta afligida ánima, guardando el cuerpo en su propia naturaleza»; y diciendo esto, calló vertiendo muchas lagrimas.

«Arbolea, que entendio las palabras de Luzmán y le conocio, que hasta entonces no habia podido conocerlo, porque vio sus barbas muy largas, sus cabellos muy cumplidos y ropas muy pobres, aquel que era la gentileza y hermosura que en su tiempo habia en aquella ciudad, lleno de gracias, vistiendose tan costosamente que ningún caballero le igualaba; pues, vuelta en sí, aunque con gran turbacion, alegrose en ver aquel a quien tanto habia amado, que por muerto tenia, y respondiole diciendo asi: «No puedo negar ni encubrir, mi verdadero hermano y señor, la gran tristeza que siento en verte de la manera que te veo; mas por otra parte, muy alegre doy gracias a Dios que con mis ojos te tornase a ver, porque cierto muchas veces he llorado tu muerte, creyendo que ya muerto eras; y pues eres discreto y de tan principal sangre, yo te ruego me perdones, si de mí alguna saña tienes, y te conformes con la voluntad de aquel por quien todas las cosas son ordenadas; que yo te juro por la fe que a Dios debo, que no fue más en mi mano, ni pude dejar el camino que tomé, que ya sabes que no se menea la hoja en el árbol sin Dios, cuanto más el hombre con quien él tanta cuenta tiene. To te ruego, desechada tu tristeza, alegres a tus padres y tomes mujer, pues por tu valor la hallarás como la quisieres, y de mí haz cuenta que fui tu hermana, como lo soy y seré mientras viviere». Decia estas palabras la hermosa Arbolea con piadosas lagrimas, a las cuales respondio Luzmán: «Al tiempo que tú, señora, me despediste cuando más confiado estaba, entonces desterré todo el contentamiento, y propuse en mí de no parecer más ante tus ojos, y nunca ante ellos volviera, sino que entendi que estabas casada, lo cual jamas pude creer, mas por certificarme, quise venir ante tu presencia; y pues ya no tienen remedio mis lagrimas ni mis suspiros, ni mis vanos deseos, quierome conformar con tu voluntad, pues nunca della me aparté; y en lo que me mandas que yo me case, no me tengas por tal que aquel verdadero amor que te tuve y tengo pueda yo ponerlo en otra parte: tuyo he sido y tuyo soy, y así quiero seguir lo que tú escogiste, casandome con la contemplación de mi cuidado, que no plega a Dios que otra ninguna sea señora de mi corazón sino tú que lo fuiste desde mi juventud».