Admitida esta cronología, que es la más plausible, hay que suponer que Bernaldim Ribeiro fué sobremanera precoz como poeta y como enamorado, pues ya en el Cancionero de García de Resende, publicado en 1516, hay versos suyos dirigidos á una doña María Coresma, que Braga pretende que sea la Cruelsia de Menina e Moça. ¿Tendremos aquí el caso de otro homónimo? Las doce composiciones, bien insignificantes por cierto, que Resende da con su nombre, y son las más de ellas esparsas y villancetes, no anuncian en nada la manera muy personal de nuestro poeta.
El único hilo conductor que tenemos en la biografía de Ribeiro, aparte de las oscuras confesiones de sus versos, son las obras del Dr. Francisco de Sá de Miranda, que no aparece con él en relaciones de discípulo á maestro, como sin fundamento se ha pretendido, sino de amigo y compañero, aunque siguiesen muy diverso rumbo poético. «Sá de Miranda (dice la Sra. Michaëlis), á pesar de los loores que concede á los «versos lastimeros», á la «vena blandísima» de su amigo, nunca alude á él como antecesor suyo, antes le trata como á un camarada, colocándose en una posición enteramente diversa de aquélla que toma respecto de Garci Laso, que fué su verdadero maestro[659]».
Sá de Miranda había nacido en 1495; tenía probablemente más edad que Bernaldim Ribeiro, en cuya égloga segunda interviene con el imperfecto anagrama de Franco de Sandovir:
Este era aquelle pastor
A quem Celia muito amou,
Nympha do maior primor
Que em Mondego se banhou,
E que cantava melhor.
Uno y otro poeta parecen haber concurrido juntos á los saraos de palacio; juntos hicieron versos á una celebrada belleza de la Corte del rey D. Manuel, doña Leonor Mascarenhas, poetisa también, y que podía contestar en verso á sus servidores, comparada por Sá de Miranda nada menos que con Victoria Colonna. Todo induce á creer que uno y otro se hacían mutuas confidencias sobre sus amores y sus poesías y que mantuvieron siempre firme y leal amistad.
Concordando é interpretando sagazmente los varios textos de Sá de Miranda, relativos á nuestro poeta, especialmente en la égloga Alejo, infiere la doctísima escritora que Bernaldim Ribeiro, después, de haber disfrutado de mucho favor en la Corte, cayó en desgracia por intrigas palaciegas, incurrió en el enojo de un gran señor, que parece haber sido D. Antonio de Ataide, primer conde de Castanheira, omnipotente valido de D. Juan III, y hubo de buscar asilo contra aquella tormenta ó en la soledad del campo ó fuera del reino (en Castilla ó en Italia), arrastrando en su desgracia á su generoso amigo, que tomó denodadamente su defensa y hubo de salir por ello de la Corte en 1532. Nada nos autoriza para afirmar ni para negar que fuese una aventura amorosa la causa del destierro de Bernaldim. Queda aquí un misterio hasta ahora no descifrado, y que acaso no lo será jamás.
Pero el libro de las Saudades está ahí, vago y melancólico, revelando en balbuciente lenguaje, en frases entrecortadas, los devaneos y tormentas de un alma que sólo parece haber nacido para el amor. El autor, como de intento, ha huido de toda indicación precisa sobre los personajes y el lugar de la escena. El relato está puesto en boca de dos mujeres, cuya historia anterior ignoramos de todo punto; pero que debía de ser muy amarga y dolorosa, á juzgar por los afectos que las embargan, única cosa que de ellas acertamos á percibir, puesto que se nos ocultan hasta sus nombres. Una nube de tristeza resignada envuelve toda la obra, y cuando aparecen en ella nuevas figuras humanas, pronto se hunden en la región de las sombras, dejándonos contemplar apenas sus pálidos rostros. Todos parecen víctimas de una fatalidad invencible, que los arrastra en el torrente de la pasión, casi sin lucha. Una ternura muy poco viril, un sentimentalismo algo enfermizo, pero que llega á ser encantador por lo temprano y solitario de su aparición, un prerromanticismo patético y sincero dan extraño y penetrante encanto á esta narración, en medio de lo imperfecto del estilo, no educado todavía para estos análisis subjetivos, ó quizá en virtud de esta imperfección misma, que hace resaltar lo candoroso de los esfuerzos que el autor hace para vencerla.
Las Saudades de Bernaldim Ribeiro, en todas las ediciones, excepto la primera y rarísima de Ferrara, 1554, y la moderna del Sr. Pesanha[660], lleva una continuación que hoy la mayor parte de los críticos convienen en desechar como apócrifa, aunque á mi ver contiene algunos trozos auténticos. De todos modos, la obra personal y exquisita de Bernaldim Ribeiro son los treinta y un capítulos de la primera parte, de los cuales paso á dar rápida cuenta, que procuraré amenizar con la inserción de algunos fragmentos, traduciéndolos lo más literalmente que pueda, aunque de seguro perderán gran parte del hechizo que tienen en el habla ingenua y mimosa en que fueron escritos.
Para que todo sea raro en la fortuna de este libro, lo fué hasta el modo de su aparición póstuma, inesperada y como clandestina, en una ciudad de Italia de las que tenían menos relaciones con nuestra Península; y lo fué también el título con que salió á luz, tomado de las primeras palabras de la novela: «Menina e moça, me levaram de casa de meu pay»; título que no debe de ser el que puso Ribeiro, pues no es la historia de la menina la que se cuenta en el libro, sino que es ella la que cuenta historias ajenas. De todos modos, el título prevaleció, y lo merece, porque cuadra al carácter vago y enigmático de la novela. La Inquisición de Portugal la prohibió en 1581, acaso por las alusiones que en ella veían los contemporáneos, pues de otro modo no se comprende tal rigor con una obra tan honesta é inocente. Cuando permitió que se reimprimiese en 1645, impuso un cambio de título, como si se tratase de un nuevo libro, sin duda para que no pareciese que procedía de ligero volviendo sobre su acuerdo. Pero el nuevo rótulo de Saudades no llegó á desterrar el de Menina e Moça..., que reapareció en la edición de 1785 y es hoy el único que se usa.
El capítulo primero es una especie de prefacio, en que la cuitada menina e moça, que había buscado refugio para sus tristezas en un lugar solitario donde no veía «sino de un lado sierras que no se mudan nunca y de otro aguas de la mar que nunca están quedas», comienza á escribir las cosas que vió y oyó, aunque declarando que las escribe para ella sola.