«Si en algún tiempo fuere hallado este librillo por personas alegres, no lo lean, que por ventura, pareciéndoles que sus casos serán mudables como los aquí contados, su placer les será menos agradable; y esto donde yo estuviese, me dolería, porque asaz bastaba nacer yo para mis aflicciones, y no para causar las de otros. Los tristes lo podrán leer; pero hombres tristes no los hay desde que en las mujeres hubo piedad. Mujeres, sí, porque siempre en los hombres hubo desamor. Mas para ellas no escribo yo, que pues su mal es tamaño que no se puede comparar con otro ninguno, sería en mí gran sinrazón querer que me leyeran para entristecerse más; antes las pido muy ahincadamente que huyan de este libro y de todas las cosas de tristeza; que aun así pocos serán los días que tengan alegres, pues así está ordenado por la desventura con que nacen.
«Para una sola persona podía este libro ser; pero de ésta nada volví á saber después que sus desdichas y las mías le llevaron para luengas tierras extrañas, donde yo bien sé que, vivo ó muerto, le posee la tierra sin placer ninguno. ¡Amigo mío verdadero! ¿quién os llevó tan lejos de mí? Vos conmigo y yo con vos, solos, acostumbrábamos pasar nuestros enojos que entonces nos parecían tan grandes, y eran tan pequeños, comparados con los que vinieron después. Á vos lo contaba yo todo. Cuando os fuisteis todo se convirtió en tristeza, y no parece sino que la tristeza estaba anhelando para que os fueseis. Y porque todo más me afligiese, ni siquiera me dejaron en vuestra partida el consuelo de saber hacia qué parte de la tierra ibais, porque si lo supiera descansara mis ojos en levantar para allá la vista.
«Aun con vos usó vuestra desventura algún modo de piedad (de la que no acostumbra con ninguna persona) en alejaros de la vista de esta tierra, pues ya que no había remedio para que no sintierais tan grandes lástimas, á lo menos para no oirlas os le dió. ¡Cuitada de mí, que estoy hablando, y no veo que el viento lleva mis palabras, y que no me puede oir aquel á quien yo hablo!
«Bien sé que el escribir alguna cosa pide mucho reposo, y á mí me llevan de una parte á otra mis tristezas, y me es forzoso tomar las palabras que me dan, porque no estoy tan obligada á servir al ingenio como á mi dolor. De estas culpas se hallarán muchas en este librillo; culpas de mi mala ventura fueron todas. ¿Pero quién me manda mirar en culpas ni en disculpas? El libro ha de ser de quien va escrito en él. De las tristezas no se puede contar nada ordenadamente, porque desordenadamente acontecen ellas. Tampoco me importa que no las lea ninguno, porque yo escribo para uno solo ó para ninguno, pues de él, como dije, nada sé mucho ha. Ojalá me sea en algún tiempo otorgado que esta pequeña prenda de mis largos suspiros vaya ante sus ojos».
He transcrito casi íntegra esta sollozante elegía, donde las palabras parece que van empapadas en lágrimas, porque basta para dar idea del genio poético de Bernaldim Ribeiro, de su lírico y apasionado estilo, y de la profunda emoción á que debe su gloria.
Después de este misterioso preludio comienza la narración de la doncella, trasladándonos á un paisaje idílico, pero de tono gris y velado por la misma melancolía saudosa que domina en toda la obra.
«Al despertarme uno de los días pasados vi cómo la mañana se alzaba hermosa y se extendía graciosamente por entre los valles, porque el sol, levantado hasta los pechos, venía tomando posesión de los oteros, como quien se quería enseñorear de la tierra. Las dulces aves, batiendo las alas, andaban buscándose unas á otras. Los pastores, tañendo sus flautas y rodeados de los rebaños, comenzaban á asomar por las cumbres. Para todos se mostraba alegre el día. Pero lo que hacía alegrar todas las cosas, á mí sola daba ocasión de estar triste, acordándome de algún tiempo que fué, y que ojalá nunca hubiese sido, y deseaba irme por lugares solitarios, donde me desahogase con suspirar.
«Y aun no era alto día cuando yo (parece que de propósito) determiné venir al pie de este monte que de arboledas grandes y verdes hierbas y deleitosas sombras está lleno, por donde corre todo el año un pequeño raudal de agua, cuyo ruido, en las noches calladas, hace en lo más alto de este monte un soledoso tono, que muchas veces me quita el sueño, y otras muchas voy á lavar en él mis lágrimas, y otras muchas, infinitas, las torno á beber...
«Llegando á la orilla del río, miré para dónde había mejores sombras. Y me parecieron mejores las que estaban á la otra parte del río... Y pasé allá, y fuí á sentarme bajo la espesa sombra de un verde fresno que un poco más abajo estaba. Algunas de las ramas extendía por encima del agua, que allí hacía algún tanto de corriente, é impedida con un peñasco que en medio de ella estaba, se partía por uno y otro lado murmurando. Yo, que llevaba puestos los ojos allí, comencé á pensar que también en las cosas que no tienen entendimiento había esto de hacerse enojo las unas á las otras...
«No había pasado mucho tiempo en esta meditación, cuando sobre un verde ramo que por cima del agua se extendía, vino á posarse un ruiseñor y comenzó á cantar tan dulcemente que del todo me llevó detrás de sí mi sentido de oir. Y él cada vez crecía más en sus quejas, y cuando parecía que cansado quería acabar, tornaba á comenzarlas como antes. ¡Triste del avecilla que mientras se estaba así quejando, no sé cómo se cayó muerta sobre aquella agua! Cayendo por entre las ramas, muchas hojas cayeron también sobre ella.