(Núm. 149 de la Primavera de Wolf).

Menina é Moça fué una aparición solitaria en la literatura portuguesa. Los ingenios de aquel reino que luego cultivaron con gran ahinco la novela pastoril, como Fernán Álvarez de Oriente en su Lusitania Transformada (1607), y Francisco Rodríguez Lobo en su Primavera y Pastor Peregrino (1608-1614), no imitaron á Ribeiro, sino á otro famoso conterráneo suyo, á quien se debe la primera novela pastoril escrita en castellano.

Jorge de Montemayor, como él se llamaba castellanizando hasta su apellido, era natural de Montemor o velho, lugar situado á cuatro leguas de Coimbra, en las márgenes del Mondego[670]. De aquellos parajes se acuerda con amor en el libro VII de la Diana, recordando sus antigüedades y tradiciones:

«Y preguntándole Felismena qué ciudad era aquella que había dejado hacia la parte donde el rio, con sus cristalinas aguas, apresurando su camino con gran impetu venía, y que tambien deseaba saber qué castillo era aquel que sobre aquel monte mayor que todos estaba edificado, y otras cosas semejantes, la una de aquéllas (pastoras), que Duarda se llamaba, la respondió: que la ciudad se llamaba Coimbra, una de las más insignes y principales de aquel reino, y aun de toda España, asi por la antigüedad de nobleza de linajes que en ella habia, como por la tierra comarcana a ella, la cual aquel caudaloso rio, que Mondego tiene por nombre, con sus cristalinas aguas regaba; y que todos aquellos campos que con tan gran impetu iba discurriendo se llamaban el campo de Mondego, y el castillo que delante los ojos tenian era la luz de nuestra España; y que este nombre le convenia más que el suyo propio, pues en medio de la infidelidad del Mahomético rey Marsilio, que tantos años le habia tenido cercado, se habia sustentado de manera que siempre habia salido vencedor, jamás vencido[671]; y que el nombre que tenía en lengua portuguesa era Monte-mor o velho, adonde la virtud, el ingenio, valor y esfuerzo quedaron por trofeos de las hazañas que los habitadores dél en aquel tiempo habian hecho; y que las damas que en él habia y los caballeros que lo habitaban florecian en todas las virtudes que imaginarse podian. Y asi le contó la pastora otras muchas cosas de la fertilidad de la tierra, de la antigüedad de los edificios y de las riquezas de los moradores, de la hermosura y discreción de las ninfas y pastoras que por la comarca del inexpugnable castillo habitaban; cosas que a Felismena pusieron en gran admiracion».

Allí pasó su primera juventud, sin haber recibido verdadera educación clásica, entregado á la música, al amor y á la poesía. El mismo lo declara en su epístola autobiográfica al Dr. Francisco Sá de Miranda:

Riberas me crié del rio Mondego...
De ciencia alli alcancé muy poca parte
I por sola esta parte juzgo el todo
De mi ciencia y estilo, ingenio y arte.
En música gasté mi tiempo todo;
Previno Dios en mí por esta via
Para me sustentar por algun modo.
No se fió, señor, de la poesia
Porque vio poca en mí, y aunque más viera,
Vio ser pasado el tiempo en que valia.
El rio de Mondego i su ribera
Con otros mis iguales paseava,
Sujeto al crudo amor i su bandera.
Con ellos el cantar exercitava
I bien sabe el amor que mi Marfida
Ia entonces sin la ver me lastimava.
Aquella tierra fue de mí querida;
Dejé la, aunque no quise, porque veia
Llegado el tiempo ia de buscar vida.
Para la gran Hesperia fue la via
A do me encaminara mi ventura
Y a do senti que amor hiere y porfia[672].

Jorge de Montemayor fué soldado en algún tiempo, pero creemos que no en esta época de su vida, puesto que nada dice de ello en su carta. Hay en su Cancionero dos sonetos que compuso «partiéndose para la guerra» y «yéndose el autor á Flandes»[673]. Del primero son estos versos:

Ora por mí el Frances quede vencido,
Y el nuestro gran Philipo sublimado...

Montemayor no pudo alcanzar más guerra de Felipe II con Francia que la de 1555 á 1559, memorable por el triunfo de San Quintín. Pero mucho tiempo antes de esa fecha encontramos noticias de él en Castilla. Opina su último y erudito biógrafo, el Sr. Sousa Viterbo[674], que el poeta portugués vino á Castilla en la comitiva de la infanta doña María, hija de D. Juan III, casada en 1543 con el príncipe D. Felipe (luego Felipe II), y en efecto, en la dedicatoria de sus dos primeras obras se titula «Cantor en la capilla de su Alteza la muy alta y muy poderosa Señora la infanta doña María»[675].

La vida de esta princesa fué cortísima; poco más de dos años sobrevivió á su matrimonio, y no llegó á ceñir la corona de España. Á su fallecimiento, en 12 de junio de 1545, compuso Jorge de Montemayor un soneto harto infeliz[676] y unas bellísimas coplas de pie quebrado, glosando algunas de las de Jorge Manrique.