Nueva protectora encontró en la infanta de Castilla doña Juana, consorte del príncipe portugués D. Juan y madre del infortunado rey D. Sebastián[677]. Ya en 14 de mayo de 1551 estaba al servicio de esta señora, puesto que D, Juan III le hizo merced de la escrevaninha de uno de los dos navíos de la carrera de la Mina, por un viaje, llamándole en el privilegio «criado da princeza muito amada e prezada nossa filha»[678]. De esta infanta hay una carta á la reina doña Catalina, intercediendo á favor del padre de nuestro poeta (cuyo nombre no se expresa) para que se le dé el oficio que pide[679].
Por la carta de Montemayor á Sá de Miranda inferimos que para este tiempo habían comenzado ya sus amores con la que llama Marfida:
Alli me mostró Amor una figura;
Con la flecha apuntando dijo: «aquella»,
Y luego me tiró con flecha dura.
A mi Marfida vi más y más bella
Que quantas nos mostró naturaleza,
Pues todo lo de todas puso en ella...
Mas ya que el crudo amor me hubo herido,
Le vi quedar tan preso en sus amores,
Que io fui vencedor, siendo vencido.
Alli senti de amor tales dolores
Que hasta los de aora no creia
Que los pudiera dar amor maiores...
En este medio tiempo la estremada,
De nuestra Lusitania gran princesa,
En quien la fama siempre está ocupada,
Tuvo, señor, por bien de mi rudeza
Servirse, un bajo ser alevantando
Con su saber estraño i su grandeza.
En cuya casa estoi ora passando
Con mi cansada musa...
La dama designada en esta epístola y en muchas poesías líricas con el nombre de Marfida ¿es la misma pastora que en la novela se llama Diana? Me inclino á creer que no, porque en la égloga tercera de las que contiene el Cancionero de Montemayor, figuran como personas diversas el pastor lusitano que servía á Marfida y Sireno el amador de Diana. Cabe, por tanto, la duda de si Montemayor poetizó en su novela amores propios ó ajenos. Á la Diana precede en todas las ediciones el siguiente argumento:
«En los campos de la principal y antigua ciudad de Leon, riberas del rio Ezla, hubo una pastora llamada Diana, cuya hermosura fue extremadisima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado Sireno, en cuyos amores hubo toda la limpieza y honestidad posible. Y en el mismo tiempo la quiso más que a sí otro pastor llamado Silvano, el cual fue de la pastora tan aborrecido, que no habia cosa en la vida a quien peor quisiese. Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera del Reino a cosas que su partida no podía excusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron, y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido al que tanto habia querido. El cual viniendo despues de un año de ausencia, con gran deseo de ver a su pastora, supo antes que llegase cómo era ya casada, y de aqui comienza el primer libro, y en los demas hallarán muy diversas historias de cosas que verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazadas bajo el estilo pastoril».
La tradición afirma desde antiguo que Diana es figura real y no imaginaria, y hasta de su pueblo natal nos informa. «¿Qué mayor riqueza para una mujer que verse eternizada? (dice Lope de Vega en el acto primero, escena segunda de la Dorotea). Porque la hermosura se acaba, y nadie que la mira sin ella cree que la tuvo; y los versos de su alabanza son eternos testigos que viven con su nombre. La Diana de Montemayor fue una dama natural de Valencia de Don Juan, junto a Leon, y Ezla, su rio, y ella seran eternos por su pluma».
Es muy curiosa la anécdota que refieren, casi con los mismos términos, Manuel de Faria y Sousa en su comentario á los Lusiadas[680] y el P. Sepúlveda, monje jerónimo del Escorial, en una historia manuscrita de varios sucesos[681]. Oigamos al comentador portugués:
«Viniendo de León, el año 1603, los santos reyes Felipe III y Margarita, y haciendo noche en la villa de Valderas (debe decir en Valencia de León, y así está en el P. Sepúlveda que es escritor coetáneo), les dijo el marqués de las Navas, su mayordomo, como por nueva alegre y no esperada, que le había cabido en suerte ser hospedado con Diana de Jorge de Montemayor. Y preguntando ellos de qué manera, dijo que en aquel lugar vivía la llamada Diana y que le habían aposentado en su casa. Gustaron los Reyes de la nueva, por lo mucho que se habían celebrado los escritos de aquel nombre; y haciendo traer á palacio á aquella decantada belleza, cuyo nombre propio era Ana, siendo ya entonces, al parecer, de algunos sesenta años, en que todavía se miraban rastros de lo que había sido, la estuvieron inquiriendo de la causa de aquellos amores; y después de ella haber satisfecho á todo con buena gracia y términos políticos, la envió la Reina cargada de dádivas reales. Por ventura si el ingenio de Montemayor no hubiera celebrado aquella Ana con el nombre de Diana y aquellos amorosos pensamientos, ¿hiciera el marqués de las Navas caso de haber ido á parar á su casa para decirlo á los reyes ni ellos della para oirla y honrarla? Claro está que no. Veis ahí la perpetuidad, la fama y la gloria que pueden dar tales autores como aquéllos y como éste con sus escritos».
El P. Sepúlveda afirma que Diana era mujer muy bien entendida, bien hablada, muy cortesana, y la más hacendada y rica de su pueblo. Y como Valencia de Don Juan nunca ha tenido numeroso vecindario, y deben de ser conocidos sus linajes antiguos, no será difícil á cualquier erudito leonés dar con el apellido de la heroína de Montemayor.
La más antigua obra que tenemos de éste es su Exposición sobre el Salmo ochenta y seis, impresa en Alcalá de Henares, 1548[682]. Parece que á esta época hemos de referir el principio de sus relaciones con varios poetas castellanos, mencionados en su Cancionero. Además de un Juan Vázquez de Ayora y un D. Rodrigo Dávalos, cuyos versos glosa, figuran entre ellos Feliciano de Silva y Gutierre de Cetina. Á la muerte del primero, acaecida no sabemos cuándo, pero probablemente no mucho después de la publicación de la cuarta parte de su Don Florisel de Niquea (1551), escribió el vate portugués una larga elegía en tercetos y un epitafio[683]. Una y otra composición respiran el más entusiasta afecto. En la primera evoca á la Poesía, y la hace exclamar: