¡Oh cielos, tierra y mar! ¿no habeis sentido
Que muerte me tocó con cruda mano.
Pues mi mayor amigo es ya perdido?
Perdí mi bien, perdí mi Feliciano;
Muerta es la gracia, el sér, la sutileza,
La audacia, ingenio, estilo sobrehumano...
¡Oh Feliciano, oh vena aguda y rica...
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Sabrás que allá en los coros soberanos
Está su ánima dota celebrada,
Ya fuera de juicios torpes, vanos.
Bien ves su senectud, que fue fundada
En juventud tan buena, que su vida
Poder tuvo de dalle muerte honrrada.
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¿Sabes que fue su vida bien gastada?
Una comedia, adonde su decoro
Guardó el discreto autor sin faltar nada.
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En muerte, en vida, en todo tuvo extremos,
Y no viciosos, no, mas excelentes,
Do exemplo de virtud mostrar podemos.
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Yo con mi clara luz mirar no oso
Mirobriga la fuerte adonde via
El mi poeta insigne y más famoso.
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Conversación tan llana y tan discreta,
Años tan bien gastados no se han visto
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¿Quién las hazañas cuenta belicosas?
¿Quién los amores castos y aventuras?
¿Quién las batallas fieras y dudosas?
¿Quién puede ver sus metros y scripturas
Que no olvide presentes, y aun passados,
Pues de hallar ygual estan seguros?
Sus altos dichos, graves y acertados,
La authoridad de rostro, años y canas,
Dignos de ser por siempre celebrados...
El epitafio es la siguiente octava real, que no transcribimos por buena, sino por curiosa:
¿Quién yace aquí? Un docto caballero.
¿De qué linaje? Silva es su apellido.
¿Qué posseyó? Más honrra que dinero.
¿Cómo murió? Assi como ha vivido.
¿Qué obras hizo? El vulgo es pregonero.
¿Murió muy viejo? Nunca moço ha sido;
Pero segun su ingenio sobrehumano,
Por tarde que muriesse fue temprano.
Son tan escasas las noticias biográficas que tenemos de Feliciano de Silva[684], y es él personaje de tanta cuenta, á lo menos por su fecundidad, en la historia de la novela española, que no parecerá mal que exhumemos estos versos, tomados de un libro rarísimo.
Otro de los amigos literarios dé Jorge de Montemayor fué Gutierre de Cetina, de quien tenemos un soneto «siendo enamorado en la corte, para donde Montemayor se partía», con la respuesta de Montemayor «siendo enamorado en Sevilla, donde Gutierre de Cetina se quedaba». El poeta sevillano usa en esta correspondencia el nombre de Vandalio y Montemayor el de Lusitano[685].
Montemayor volvió á Portugal en 1552 acompañando á la princesa D.ª Juana, que iba á reunirse con su marido. Llevaba entonces nuestro poeta, no el oficio de músico de capilla, sino el cargo importante de aposentador de la Infanta, según resulta de un documento publicado por el genealogista Antonio Caetano de Sousa[687]. Á este tiempo pertenece la epístola, que ya hemos citado, al gran dictador literario de entonces, al Dr. Sá de Miranda, que había cumplido en la lírica portuguesa la misma evolución italo-clásica que antes habían realizado en Castilla Boscán y Garci Laso. Montemayor confiesa humildemente la pobreza de sus estudios, y pide guía y consejo al sabio maestro, tan respetado por su carácter como por su talento:
Si con tu musa quieres acudir me,
Gran Francisco de Sá, darás me vida,
Que de la mia estoy para partir me.
De tu ciencia en el mundo florecida,
Me comunica el fruto deseado,
Y mi musa será favorecida.
Pues entre el Duero y Miño está encerrado
De Minerva el tesoro, ¿a quién iremos
Si no es a ti do está bien empleado?
En tus escritos dulces los estremos
De amor podemos ver mui claramente
Los que alcanzar lo cierto pretendemos.
Dejar deve el arroio el que la fuente
De agua limpia y pura ve manando,
Delgada, dulce, clara y excelente.
Mui confiado estoi, de ti esperando
Respondas a mi letra por honrar me,
Pues d'escreuir te io me estoi honrando.
Á esta epístola respondió Sá de Miranda con otra, que en conjunto es inferior, versificada con harta dureza y escabrosidad, como la mayor parte de sus endecasílabos castellanos, muy semejantes á los de D. Diego de Mendoza, hasta en la profusión de consonantes agudos, que Montemayor evitaba ya con el ejemplo de Garci Laso y el trato de los ingenios de la corte de Castilla, si es que su propio oído no le bastó para huir de ellos[688].
Muerto el príncipe D. Juan en 1554, Montemayor hizo segundo viaje á Castilla con la princesa.
La ausencia del suelo natal no parece haber sido muy dolorosa para nuestro poeta. Nunca olvidó las bellísimas riberas del Mondego, y en una epístola á su amigo D. Jorge de Meneses, en que antepone la vida de la aldea á la cortesana, hay una sentida conmemoración de aquellos campos, hecha con un realismo y un sabor rústico que no se esperaría del autor de la Diana[689]. Pero es lo cierto que no volvió á pisarlos ni escribió en su lengua más que dos breves canciones y un cortísimo trozo de prosa en el libro sexto de su novela. El amor le arrastraba á Castilla, y la vida de palacio le atraía con invencible encanto á pesar de todas sus protestas.