El lusitano Coelio (que será sin duda Alonso Sánchez Coello, tenido aun en su tiempo por portugués, aunque lo era sólo de origen) había hecho el retrato de Fílida, que guardaba Siralvo en una cajuela de marfil. Para competir con él hizo otro en octavas reales, de elegante y gracioso amaneramiento, como puede juzgarse por estos rasgos, que sin duda recordaba Cervantes cuando llamó á Montalvo «único pintor de un retrato»:
Sale la esposa de Titón bordando
De leche y sangre el ancho y limpio cielo,
Van por monte y por sierra matizando
Oro y aljófar, rosa y lirio el suelo,
Vuestra labor, mejillas imitando,
Que llenas de beldad y de consuelo,
Dicen las Gracias puestas á la mira:
«Dichosa el alma que por vos sospira».
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Jardín nevado, cuyo tierno fruto
Dos pomas son de plata no tocada,
Do las almas golosas á pie enjuto
Para nunca salir hallan entrada:
Que el crudo Amor, como hortelano astuto,
Allí se acoge y prende allí en celada...
(Pág. 125).
De estas y otras varias composiciones de Montalvo se infieren, como señas más personales de la dama, que tenía la cabellera negra y verdes los ojos:
Ricas madejas de inmortal tesoro,
Cadenas vivas, cuyos lazos bellos
No se preciaron de imitar al oro,
Porque apenas el oro es sombra dellos,
Luz y alegría que en tinieblas lloro,
Ebano fino, tales sois, cabellos...
Las finas perlas, el coral ardiente,
Con las dos celestiales esmeraldas...
(Pág. 272).
Ser verde el rayo de la lumbre vuestra...
(Pág. 123).
De estos ojos verdes[765] estaba locamente enamorado Siralvo. Los ha cantado en todos metros, de tal modo que bien se le puede llamar el poeta de los ojos. Lope de Vega, al elogiarle en el Laurel de Apolo, recuerda el principio de una de estas composiciones:
Ojos á gloria de mis ojos hechos,
Beldad inmensa en ojos abreviada...