(Pág. 99).

Pero más que estas octavas crespas y conceptuosas, me agradan dos fáciles y lindas canciones en el metro favorito de Gálvez Montalvo, en las viejas redondillas castellanas, que manejaba con tanto primor como Castillejo ó Gregorio Silvestre. Véase íntegra la primera, que es una graciosísima anacreóntica (pág. 285):

Filida, tus ojos bellos
El que se atreve á mirallos,
Muy más fácil que alaballos,
Le será morir por ellos.
Ante ellos calla el primor,
Ríndese la fortaleza,
Porque mata su belleza
Y ciega su resplandor.
Son ojos verdes rasgados,
En el revolver suaves,
Apacibles sobre graves,
Mañosos y descuidados.
Con ira ó con mansedumbre,
De suerte alegran el suelo,
Que fijados en el cielo
No diera el sol tanta lumbre.
Amor que suele ocupar
Todo cuanto el mundo encierra,
Señoreando la tierra,
Tiranizando la mar,
Para llevar más despojos,
Sin tener contradicción,
Hizo su casa y prisión
En esos hermosos ojos.
Allí canta, y dice: «Yo
Ciego fui, que no lo niego,
Pero venturoso ciego
Que tales ojos halló;
Que aunque es vuestra la vitoria,
En dárosla fui tan diestro,
Que siendo cautivo vuestro,
Sois mis ojos y mi gloria.
El tiempo que me juzgaban
Por ciego, quíselo ser,
Porque no era razón ver,
Si estos ojos me faltaban.
Será ahora con hallaros
Esta ley establecida:
Que lo pague con la vida
Quien se atreviere á miraros».
Y con esto, placentero,
Dice á su madre mil chistes:
«El arquillo que me distes,
Tomadle, que no le quiero,
Pues triunfo, siendo rendido,
De aquestas dos cejas bellas,
Haré yo dos arcos dellas,
Que al vuestro dejen corrido.
«Estas saetas que veis,
La de plomo y la dorada,
Como herencia renunciada,
Buscad á quien se las deis,
Porque yo de aquí adelante
Podré con estas pestañas
Atravesar las entrañas
Á mil pechos de diamante.
«Hielo que deja temblando,
Fuego que la nieve enciende,
Gracia que cautiva y prende,
Ira que mata rabiando,
Con otros mil señoríos
Y poderes que alcanzáis,
Vosotros me los prestáis,
Dulcísimos ojos míos».
Cuando de aquestos blasones
El niño Amor presumía,
Cielo y tierra parecía
Que aprobaban sus razones,
Y él, dos mil juegos haciendo,
Entre las luces serenas,
De su pecho á manos llenas,
Amores iba lloviendo.
Yo, que supe aventurarme
Á vellos y á conocer
No todo su merecer,
Mas lo que basta á matarme,
Tengo por muy llano agora
Lo que en la tierra se suena,
Que no hay amor ni hay cadena,
Mas hay tus ojos, señora.

El Pastor de Fílida, como la mayor parte de las novelas de su género, quedó incompleta, defraudando nuestra curiosidad en cuanto al término de estos amores, si bien el canónigo Mayans, que con tan raras noticias y curiosa sagacidad ilustró esta pastoral, creyó encontrarle en una epístola que López Maldonado, cuyo Cancionero fué impreso en 1586, dirigió á su amigo Montalvo[766], «con quien se quería casar una dama, á quien había servido muchos años»:

Pastor dichoso, cuyo llanto tierno
Ha tanto que se vierte en dura tierra,
Sin medida, sin tasa y sin gobierno,
Pues ya en tranquila paz vuelta la guerra
Miras que te robó tantos despojos,
Y en verde llano la fragosa sierra;
Reduce los cansados tristes ojos
Á mejor uso, pon silencio al llanto,
Pues que le ha puesto amor á tus enojos.
Ya aquel divino rostro, donde tanto
Rigor hallaste, y el airado pecho
Que en el tuyo causó dolor y espanto.
Atienden, con clemencia, á tu provecho,
Ya gozarás la bella y blanca mano
En ñudo conyugal de amor estrecho...
............................................................
Ya te dio del descanso alegre llave
Fílida, que entregada está y piadosa,
Que es cuanto bien Amor dar puede ó sabe...
............................................................
Y cantaré la gloria tan crecida
Con que Amor á sus gozos te levanta.
Por fe y por voluntad tan merecida...
............................................................
Goza, Pastor, el bien que te ha ofrecido
Aquella que tu mal ha restaurado,
Rico de amor y deleitoso nido.

Pero este matrimonio ¿llegó á efectuarse? El mismo López Maldonado tenía recelo de que su amigo no supiera aprovecharse de la ocasión feliz con que le brindaba la fortuna:

¡Oh mil y otras mil veces venturoso
Tú, que con esperanza alegre y cierta,
Verás en dulce puerto tu reposo!...
.............................................................
Mas mira que si acaso te detienes,
Quizás, á la inconstante y varia diosa
No la ternás propicia cual la tienes[767].

Acaso el enigma que envuelve la historia del Pastor de Fílida quedará descifrado antes de mucho. Un eminente literato andaluz, en quien corren parejas la erudición, el sentimiento poético y la viva y despierta agudeza, cree con buenos fundamentos haber averiguado el nombre de la incógnita dama, y en un trabajo reciente nos adelanta la peregrina noticia de que por influjo de su deudo el rabadán Vandalio, que no es otro que el Uranio que sale á correr la sortija, vestida la piel entera de un oso (pág. 372), contrajo matrimonio en 1569 con aquel otro pastor muy flaco, que en la misma fiesta comparece «vestido de un largo sayo de buriel, en un rocín que casi se le veían los huesos», y en su compañía se ausentó de España[768]. Aunque esta fecha resulta muy anterior á la impresión del Pastor de Fílida, en el libro mismo hay indicios de que estaba escrito mucho antes, como lo estaría también la epístola de López Maldonado, si tal interpretación se comprueba, como deseamos y esperamos.

Cinco ediciones tuvo en pocos años El Pastor de Fílida, rivalizando con el éxito de la Galatea de Cervantes. Para los contemporáneos tenía el interés de una novela de clave. Aunque hoy no podamos identificar á muchos de los disfrazados pastores, la forma misma de sus nombres indica que se trata de personas reales. Además de Mendino, Siralvo y Coelio, no hay duda en cuanto al «celebrado Arciolo (D. Alonso de Ercilla), que con tan heroica vena canta del Arauco los famosos hechos y Vitorias», ni parece que pueda haberla respecto del «culto Tirsi, que de engaños y desengaños de amor va alumbrando nuestra nación española, como singular maestro dellos». Tirsi es el nombre poético que en sus obras usó el complutense Francisco de Figueroa, y con el cual está claramente designado en la Galatea[769]. No puede ser de ningún modo el mismo Cervantes, como creyó el canónigo Mayans. Más feliz anduvo en otras conjeturas. El pastor Campiano, «doctísimo maestro del ganado», que sobresalía también en «la divina alteza de la poesía», puede muy bien ser el poeta y médico de Alcalá doctor Campuzano, elogiado por Cervantes en el Canto de Caliope y por Lope de Vega en la Dorotea, citándole nada menos que en compañía del divino Herrera y de otros dos ingenios tan celebrados entonces como Figueroa y Pedro de Padilla. Campiano escribió un soneto en alabanza del Pastor de Fílida; era también amigo de López Maldonado y otros poetas de este grupo. Los músicos Sasio y Matunto parecen estar designados con sus verdaderos apellidos en una elegía del mismo López Maldonado á doña Agustina de Torres:

Pues los caros y amados compañeros,
El gran Matute, el celebrado Sasa,
Del dios de Delo justos herederos.