También Cervantes, en el libro cuarto de la Galatea, habla de «los dos Matuntos, padre é hijo, uno en la lira y otro en la poesía, sobre todo extremo extremados». Silvano, el defensor de las antiguas coplas castellanas, no puede ser otro que Gregorio Silvestre. Belisa, cuya pericia en el canto y en la música se encarece tanto, era hija del lusitano Coelio; hemos de creer, por lo tanto, que se trata de doña Isabel Sánchez Coello, hija del pintor Alonso. No estoy tan seguro de que Pradelio, el mísero amador que desdeñado por Filena «dejó los campos del Tajo, con intención de pasar á las islas de Occidente, donde tarde ó nunca se pudiese saber de sus sucesos», sea el conde de Prades, D. Luis Ramón Folch de Cardona, como quiere Mayans, porque dudo que de tal magnate como el heredero de la casa de Cardona pudiera decirse que era «pastor de más bondad que hacienda», palabras que indican, á mi parecer, que se trata de más humilde sujeto. Haré mérito, finalmente, de la brillantísima y deslumbradora conjetura, expuesta hace poco por el Sr. Rodríguez Marín, el cual ve en el episodio del pastor Livio «cortesano mancebo de cabellos más rubios que el fino ámbar», que persiguiendo á la ninfa Arsia, «con rabia y dolor se había despeñado», una alusión á la caída del príncipe don Carlos en Alcalá (el 19 de abril de 1562) corriendo tras de doña Mariana de Garcetas, á lo cual alude aquel villancico que glosó Eugenio de Salazar:

Bajóse el sacre real
A la garza, por asilla,
Y hirióse sin herilla[770].

Otras muchas alusiones nos oculta el tiempo, otros nombres de grandes señores y de poetas deben de estar escondidos bajo el cándido pellico. Vivió Gálvez Montalvo en la mejor sociedad de su tiempo; fué lo que hoy llamaríamos un poeta de salón y entonces hubiera podido llamarse de estrado ó de sarao. El retrato suyo, que se halla en algunas ediciones del Pastor de Fílida, presenta un tipo muy aristocrático, algo parecido al de D. Alonso de Ercilla. Aun en el aspecto de su persona debía de ser cortesano y gentilhombre. No lo era menos por las cualidades de su espíritu. Ajeno á toda contienda y rivalidad literaria, gozó de la estimación de los mejores poetas de su tiempo y gustó de honrarlos en verso y en prosa. Cuando Cervantes, que no era todavía el autor del Quijote ni el de la Galatea siquiera, volvió á entrar en su patria después del cautiverio, Gálvez Montalvo fué el primero en saludar su gloria con este hermoso soneto, que tiene algo de profecía:

Mientras del yugo sarracino anduvo
Tu cuello preso y tu cerviz domada,
Y allí tu alma al de la Fe amarrada
A más rigor mayor firmeza tuvo,
Gozóse el cielo; mas la tierra estuvo
Casi viuda sin ti, y desamparada
De nuestras musas la real morada,
Tristeza, llanto, soledad mantuvo.
Pero después que diste al patrio suelo
Tu alma sana y tu garganta suelta,
De entre las fuerzas bárbaras confusas,
Descubre claro tu valor el cielo,
Gózase el mundo en tu felice vuelta
Y cobra España las perdidas musas[771].

Por dos pasajes de Lope de Vega, que siempre habló de Montalvo en términos del mayor encarecimiento, sabemos que este florido ingenio murió en Italia antes de 1599. En este año imprimió Lope su Isidro, con un prólogo en defensa del antiguo metro castellano, donde leemos estas palabras: «¿Qué cosa iguala á una redondilla de Garci Sánchez ó de D. Diego de Mendoza? Perdone el divino Garcilasso, que tanta ocasión dio para que se lamentase Castillejo, festivo é ingenioso poeta castellano, á quien parecía mucho Luis Gálvez Montalvo, con cuya muerte súbita se perdieron muchas floridas coplas de este género, particularmente la traducción de la Jerusalem de Torcuato Tasso, que parece que se había ido á Italia á escribirlas para meterles las higas en los ojos»[772].

Muchos años después, en El Laurel de Apolo (1630), hacía esta conmemoración de nuestro poeta:

Y que viva en el templo de la Fama,
Aunque muerto en la puente de Sicilia,
Aquel Pastor de Fílida famoso,
Gálvez Montalvo, á quien la envidia aclama
Por uno de la délfica familia,
Dignísimo del árbol victorioso,
Mayormente cantando,
En lágrimas deshechos
«Ojos á gloria de mis ojos hechos».

Clemencín conjetura muy plausiblemente[773] que la muerte súbita de Gálvez Montalvo en el puente de Sicilia acaeció en una catástrofe del año 1591, de que nos da razón Fray Diego de Haedo en la dedicatoria de su Topografía de Argel: «Era virrey de Sicilia el señor don Diego Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste, el cual, habiendo salido de Palermo á visitar aquel reino, á la vuelta, como venía en galeras, hizo la ciudad un puente desde tierra que se alargaba á la mar más de cien pies, para que allí abordase la popa de la galera donde venía el señor Virrey, y desembarcase; y como Palermo es la corte del Reino, acudió lo más granado á este recibimiento... y con la mucha gente que cargó, antes que abordase la galera dio el puente á la banda, de manera que cayeron en el mar más de quinientas personas... donde se anegaron más de treinta hombres». Uno de ellos pudo ser el poeta alcarreño.

De su ensayo de traducción de la Jerusalem del Tasso no queda otra memoria. Desacertada era la elección del metro, y sólo hubiera conducido á una especie de parodia, como la que hizo luego el Conde de la Roca en su Fernando ó Sevilla Restaurada. El amor á los octosílabos nacionales cegó en esta ocasión á Gálvez Montalvo, pero no creo que le sucediese lo mismo al transformar las conceptuosas estancias de las Lágrimas de San Pedro del Tansillo en quintillas dobles castellanas, dándoles una ingenuidad de sentimiento que en su original no tienen, como probará este ejemplo:

Madres, que los muy queridos
Hijos os vistes quitar,
De vuestros pechos asidos.
Como se suelen robar
Los pájaros de los nidos,
Y de la mano homicida
Su pura sangre quedó
Por los miembros esparcida,
No lloréis su muerte, no,
Dejadme llorar mi vida...[774]