Compuso también un Libro de la Pasión, del cual sólo tenemos noticia por este soneto de López Maldonado, inserto en su Cancionero (pág. 188):

Si como la largueza, sin medida,
Te ha bañado la lengua en fuego ardiente
Con su licor, para que tiernamente
Puedas cantar su muerte y nuestra vida,
Ansí tu alma, de su amor herida,
Sabe buscar la saludable fuente,
Que trayendo del cielo su cerriente,
Vuelve al lugar de donde fue salida,
Y siguiendo tras ellas su camino
Que guía á las regiones soberanas,
Haces iguales una y otra suerte;
Ansí como tu cántico divino
No tiene que temer lenguas humanas,
Tampoco el alma temerá la muerte.

Estas obras piadosas debieron de ser trabajo de sus últimos años, y acaso saludable consuelo en los desengaños de la señora Fílida.

Por los trozos que van citados, habrá podido formarse idea de la culta y excelente prosa y de los fáciles y regalados versos de El Pastor de Fílida, libro muy bien escrito no sólo en el vulgar sentido de la abundancia y pureza de lengua, que conviene á todos los del siglo XVI, sino en el de cierta refinada cultura y propósito artístico, que ni entonces ni en tiempo alguno han sido patrimonio de todo el mundo. Como los demás autores de pastorales, Gálvez Montalvo aparece dominado por el prestigio de Sannazaro, á quien imita muy de cerca en los trozos descriptivos y de aparato, como la visita al mágico Erión, los juegos funerales en el aniversario de Elisa, las pinturas del templo de Pan y del templo de Diana, exornado el primero con la representación de los trabajos de Hércules y el segundo con la de las siete maravillas del mundo. Esta prosa es artificial, pero con artificio discreto, más sobria que la prosa de la Galatea, pero no menos compuesta y aliñada. El paisaje es convencional como en todos estos libros, y las riberas del Tajo pueden ser las de cualquier río, pero hay tal cual descripción que parece tomada del natural. Veamos una, que tiene la ventaja de presentar reunidos en pocas líneas los principales procedimientos del estilo de Montalvo, cuando quiere hacer más periódicas sus frases: «Yendo por el cerrado valle de los fresnos, hacia las fuentes del Obrego, como dos millas de allí, acabado el valle, entre dos antiguos allozares, mana una fuente abundantísima, y á poco trecho se deja bajar por la aspereza de unos riscos, de caída extraña, donde, por tortuosas sendas, fácilmente puede irse tras el agua, la cual en el camino va cogiendo otras cuarenta fuentes perenales, que juntas, con extraño ruido, van por entre aquellas peñas quebrantándose, y llegando á topar el otro risco soberbias le pretenden contrastar, mas viéndose detenidas, llenas de blanca espuma, tuercen por aquella hondura cavernosa, como á buscar el centro de la tierra. Á pocos pasos, en lo más estrecho, está una puente natural, por donde las aguas pasando, casi corridas de verse así oprimir, hacen doblado estruendo, y al fin de la puente hay una angosta senda, que dando vuelta á la parte del risco, en aquella soledad, descubre al mediodía un verde pradecillo, de muchas fuentes, pero de pocas plantas, y entre ellas, de viva piedra cavada, está la cueva del mago Erión, albergue ancho y obrado con suma curiosidad» (pág. 296).

Gálvez Montalvo no abusa del estilo periódico, que á la larga hubiera sido intolerable. Le alterna con cláusulas de moderada extensión, tan limpia y gallardamente construídas como ésta: «Traía (el pastor Livio) un sayo de diferentes colores gironado, mas todo era de pieles finísimas de bestias y reses, unas de menuda lana y otras de delicado pelo, por cuyas mangas abiertas y golpeadas salían los brazos cubiertos de blanco cendal, con zarafuelles del mismo lienzo, que hasta la rodilla le llegaban, donde se prendía la calza, de sutil estambre» (pág. 316). Y acierta á veces á cerrar sus frases de un modo feliz por lo inesperado: «Es Andria de clara generación y caudalosos pastores, de hermosura sin igual, de habilidad rarísima, moza de diez y ocho años y de más ligero corazón que la hoja al viento» (pág. 130).

Entre otras curiosidades de vario género contiene El Pastor de Fílida un Canto de Erión en octavas reales, donde están nominalmente celebradas todas las damas de la corte (comenzando por las princesas), á imitación de lo que había hecho Montemayor en el Canto de Orfeo; y una larga égloga representable, en cuyos primeros tercetos se describe la vida rústica con ciertos rasgos de poesía realista, bastante alejados de la manera cortesana que en el libro predomina. Pero generalmente en los versos endecasílabos Gálvez Montalvo es desigual, áspero á veces y premioso[775], y no porque dejase de estar curtido en la técnica, puesto que ensayó todos los artificios rítmicos, sin olvidar por supuesto los consonantes interiores[776] y los esdrújulos[777], que parecían ya cosa obligada en toda imitación de Sannazaro.

Su verdadera superioridad está en las versos cortos, en las redondillas y en las glosas, en que aventajó á Montemayor y rivalizó con Gregorio Silvestre. La Canción de Nerea no entra en cuenta, como cosa divina. Y hay que dejar también aparte las obras de Castillejo, el primero de los poetas de esta escuela, no sólo por el donaire y la lozanía, sino por el jugo clásico de sus versos. Nunca los hizo mejores Gálvez Montalvo que cuando siguió más de cerca las huellas de tal maestro, á quien mucho se parecía, en opinión de Lope de Vega. Los cantares de Siralvo y Alfeo, al fin de la tercera parte del Pastor de Fílida, parecen y son un eco del canto ovidiano de Polifemo, traído á nuestra lengua con tan ameno raudal de locución pintoresca por Cristóbal de Castillejo[778]:

Siralvo

¡Oh! más hermosa á mis ojos
Que el florido mes de abril;
Más agradable y gentil
Que la rosa en los abrojos;
Más lozana
Que parra fértil temprana;
Más clara y resplandeciente
Que al parecer del Oriente
La mañana.

Alfeo