Por su primorosa habilidad en los versos de arte menor fué principalmente celebrado Gálvez Montalvo en su tiempo. Por ellos principalmente le alaba Lope de Vega en el Laurel de Apolo:

Las coplas castellanas...
Son de naturaleza tan süave,
Que exceden en dulzura al verso grave;
En quien, con descansado entendimiento,
Se goza el pensamiento,
Y llegan al oído
Juntos los consonantes y el sentido,
Haciendo en su elección claros efetos,
Sin que se dificulten los concetos:
Así Montemayor las escribía,
Así Galvez Montalvo dulcemente,
Así Liñán...

No era Gálvez Montalvo exclusivo en sus preferencias como Castillejo. Promiscuaba como Gregorio Silvestre, y hemos visto que compuso muchos versos al modo italiano. Pero en la teoría era más resuelto que en la práctica, según parece por las digresiones críticas sembradas en el Pastor de Fílida: «¿qué poesía ó ficción puede llegar á una copla de la Propaladia, de Alecio y Fileno, de las Audiencias de Amor, del brevecillo Inventario, que todos son verdaderamente ingenios de mucha estima y los demás, ni ellos se entienden ni quién se la da»? (p. 154).

Además de estos elogios á Torres Naharro, á Castillejo, á Silvestre y á Antonio de Villegas, seguidos de una honorífica alusión al cordobés Juan Rufo y al jurado de Toledo Juan de Quirós[780], se introduce en el sexto libro ó parte de la novela una discusión en verso y prosa entre dos poetas representantes de las dos escuelas. Silvano, es decir, Gregorio Silvestre, el organista de Granada, «el que tuvo en Hiberia el imperio del apacible verso castellano», como dice Luis Barahona de Soto, es el que hace la apología del metro popular, y nadie más abonado para tal defensa. Su antagonista es un pedante llamado Batto, que entre otros cargos, dice á Silvestre:

Y no hurtáis, Silvano, del Latino,
Del Griego, del Francés ó del Romano.

No me atrevo á determinar quién sea este poeta italianizado: acaso Jerónimo de Lomas Cantoral, el que con más desdén habló de todos los versos que antes de él se habían compuesto en España, excepto los de Garcilaso[781]. La sentencia arbitral de Siralvo deja iguales á los dos contendientes, sin duda por cortesía; pero no era éste el final pensamiento del autor, puesto que la disputa prosigue, aunque menos encarnizada, «recitando versos propios y agenos, Batto loando el italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de Musas, Silvano una glosa llena de amores; y no quitándole su virtud al endecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto caso que la autoridad de un soneto es grande y digna de toda la estimación que le puede dar el más apasionado, el artificio y gracia de una copla, hecha de igual ingenio, los mismos toscanos la alaban sumamente, y no se entienda que les falta gravedad á nuestras rimas, si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte, las coplas se parecen á su dueño. Y allí dijo Mendino algunas de su quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda (dijo Siralvo) que lo uno ó lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir que igualmente me tienen inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio, allende de que las leyes del ageno las veo muy mal guardadas: cuando suena el agudo, que atormenta como instrumento destemplado; cuando se reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan. ¿Pues un soneto, que entra en mil epítetos, y sale sin conceto ninguno; y tiénese por esencia que sea escuro, y toque fábula, y andarse ha un poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del sol del latino ó del griego; que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe; que en fin cuesta poco? ¿Pues qué, tras un vocablo exquisito ó nuevo? Al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los discretos, estragados de los necios, hasta desterrallos, con enfado de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mio, á propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi estilo».

El soneto vale poco; sólo merecen citarse los tercetos:

Si Domenga me miente ó me desmiente,
¿Qué me harán los faunos y silvanos,
O el curso del arroyo cristalino?
Todos son nombres flacos y livianos;
Que á juïcio de sabia y cuerda gente,
Lo fino es «pan por pan, vino por vino».

«Á todos agradó el soneto de Siralvo, pero Batto, que era de contraria opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno Roca contrapuesta al mar, y en alguno Nave combatida de sus bravas ondas, y aun en alguno vencedor de leones y pastor de innumerables ganados. En estas impertinencias se pasó la mayor parte de la noche, y cayendo el sueño, Batto y Siralvo cortésmente se despidieron».

Esta curiosa página de crítica literaria acrecienta el interés del Pastor de Fílida, en el cual me he detenido tanto porque creo que su mérito excede á la reputación que tiene. Un hombre de ingenio saca partido hasta del género más falso, y éste fué el caso de Gil Polo, de Gálvez Montalvo, de Bernardo de Balbuena, cuyos libros merecen vivir, no por ser de pastores, sino á pesar de serlo.