No hay arte ó ciencia en letras apartada,
Que el vulgo no la tenga decorada.

No se ha escrito programa más elocuente de folk-lore que aquel Preámbulo de la Philosophia Vulgar, en que con tanta claridad se discierne el carácter espontáneo y precientífico del saber del vulgo, y se da por infalible su certeza, y se marcan las principales condiciones de esta primera y rápida intuición del espíritu humano.

«En los primeros hombres... (dice) al fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, segun dize Aristóteles, parescen los Proverbios o Refranes ciertas reliquias de la antigua Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquellas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo». Libro natural llama en otra parte á los refranes, que él pretende emparentar nada menos que con la antigua sabiduría de los turdetanos. «Antes que hubiese filósofos en Grecia tenía España fundada la antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razon habrá que lo que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisimil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en comun, hasta los que en los campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se acaben los superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides, los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reino dividido en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en boca, segun moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres».

Coincidió con Mal Lara, no ciertamente en lo elevado de los propósitos, ni en lo gallardo del estilo, pero sí en el procedimiento de explicar frases y dichos proverbiales por anécdotas y chascarrillos a posteriori, el célebre librero de Valencia Juan de Timoneda, que en 1563, y quizá antes, había publicado el Sobremesa y alivio de caminantes[85], colección minúscula, que, ampliada en unas ediciones y expurgada en otras, tiene en la más completa (Valencia, 1569) dos partes: la primera con noventa y tres cuentos, la segunda con setenta y dos, de los cuales cincuenta pertenecen al dominio de la paremiología. Tanto éstos como los demás están narrados con brevedad esquemática, sin duda para que «el discreto relatador» pudiese amplificarlos y exornarlos á su guisa. Pero esta misma concisión y simplicidad no carece de gracia. Véase algún ejemplo:

Cuento XL (2.ª parte). «Por qué se dijo: perdices me manda mi padre que coma».

«Un padre envió su hijo á Salamanca á estudiar; mandóle que comiese de las cosas más baratas. Y el mozo en llegando, preguntó cuánto valía una vaca: dijéronle que diez ducados, y que una perdiz valía un real. Dijo él entonces: segun eso, perdices me manda mi padre que coma».

Cap. XLII. «Por qué se dijo: no hará sino cenar y partirse».

«Concertó con un pintor un gentil-hombre que le pintase en un comedor la cena de Cristo, y por descuido que tuvo en la pintura pintó trece apóstoles, y para disimular su yerro, añadió al treceno insignias de correo. Pidiendo, pues, la paga de su trabajo, y el señor rehusando de dársela por la falta que había hecho en hacer trece apóstoles, respondió el pintor: no reciba pena vuestra merced, que ese que está como correo no hará sino cenar y partirse».

Cap. LXVIII. «Por qué se dijo: sin esto no sabrás guisallas».

«Un caballero dió á un mozo suyo vizcaino unas turmas de carnero para que se las guisase; y á causa de ser muy ignorante, dióle un papel por escripto cómo las habia de guisar. El vizcaino púsolas sobre un poyo, vino un gato y llevóse las turmas; al fin, no pudiendo habellas, teniendo el papel en las manos, dijo: ¡ah gato! poco te aprovecha llevallas, que sin esto no sabrás guisallas».