Con todas sus faltas y sobras, la Silva de varia lección, que hoy nos parece tan llena de vulgaridades y errores científicos[63], representaba de tal modo el nivel medio de la cultura de la época y ofrecía lectura tan sabrosa á toda casta de gentes, que apenas hubo libro más afortunado que él en sus días y hasta medio siglo después. Veintiséis ediciones castellanas (y acaso hubo más), estampadas, no sólo en la Península, sino en Venecia, Amberes y Lyón, apenas bastaron á satisfacer la demanda de este libro candoroso y patriarcal, que fue adicionado desde 1555 con una quinta y sexta parte de autor anónimo[64]. No menos éxito tuvo la Silva en Francia, donde fue traducida por Claudio Gruget en 1552 y adicionada sucesivamente por Antonio Du Verdier y Luis Guyon, señor de la Nauche. Hasta diez y seis ediciones de Les divers leçons de Messie enumeran los bibliógrafos y en las más de ellas figuran también sus Diálogos[65]. Todavía en 1675 un médico llamado Girardet se apropió descaradamente el libro de Pero Mexía, sin citarle una sola vez ni tomarse más trabajo que cambiar las palabras anticuadas de la traducción de Gruget[66]. En Italia las cuatro partes de la Silva fueron traducidas en 1556 por Mambrino Roseo da Fabbriano y adicionadas después por Francisco Sansovino y Bartolomé Dionigi.
Por medio de las traducciones latinas y francesas empezaron á ser conocidos en Inglaterra los libros de Mexía antes de que penetrasen en su texto original, y algunos célebres compiladores de novelas empezaron á explotarlos. Fué uno de ellos William Painter, que en su Palace of pleasure (1566) intercaló el extraño cuento del viudo de veinte mujeres que casó con una viuda de veintidós maridos[67]. Pero es mucho más importante la Forest or collection of historyes, de Thomas Fortescue (1571), porque en esta versión inglesa de la Silva, tomada de la francesa de Gruget, encontró el terrible dramaturgo Cristóbal Marlowe, precursor de Shakespeare, los elementos históricos que le sirvieron para su primera tragedia Tamburlaine[68]. No fue ésta la única vez que el libro del cronista sevillano hizo brotar en grandes ingenios la chispa dramática. Lope de Vega le tenía muy estudiado, y de él procede (para no citar otros casos) toda la erudición clásica de que hace alarde en su comedia Las mujeres sin hombres (Las Amazonas)[69].
En Inglaterra prestó también buenos subsidios á los novelistas. De una traducción italiana de la Silva está enteramente sacada la colección de once novelas de Lodge, publicada con este título: The life and death of William Longbeard[70]. No sólo los cuatro libros de Mexía, sino todo el enorme fárrago de las adiciones italianas de Sansovino y de las francesas de Du Verdier y Guyon, encontraron cachazudo intérprete en Thomas Milles, que las sacó á luz desde 1613 hasta 1619 (The treasurie of ancient and moderne times). La traducción alemana de Lucas Boleckhofer y Juan Andrés Math es la más moderna de todas (1668-1669) y procede del italiano[71].
Con el éxito europeo del libro de Mexía contrasta la oscuridad en que ha yacido hasta tiempos muy modernos otra Miscelánea mucho más interesante para nosotros, por haber sido compilada con materiales enteramente españoles y anécdotas de la vida de su propio autor, que á cada momento entra en escena con un desenfado familiar y soldadesco que hace sobremanera interesante su persona.
El caballero extremeño D. Luis Zapata, á quien me refiero, autor de un perverso poema ó más bien crónica rimada del emperador Carlos V (Carlo famoso), curiosa, sin embargo, ó instructiva, por los pormenores anecdóticos que contiene y que ojalá estuviesen en prosa[72], retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, á su casa de Llerena, «la mejor casa de caballero de toda España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes», y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído ó leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba á un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes. Resultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de Relaciones y Avisos que suplen el silencio ó la escasez de crónicas para los tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria. Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su vida íntima[73]; para empresas y hazañas de justadores, torneadores y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristianismo[74], ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima y que todavía no ha sido enteramente recogida en las trojes, á pesar de la frecuencia con que la han citado los eruditos, desde que Pellicer comenzó á utilizarla en sus notas al Quijote, y sobre todo después que la sacó íntegramente del olvido D. Pascual Gayangos[75]. Detallar todo lo que en los apuntes de Zapata importa á la novelística exigiría un volumen no menor que la misma Miscelánea, puesto que apenas hay capítulo que no contenga varias historietas, no inventadas á capricho, sino fundadas en hechos reales que el autor presenció ó de que tuvo noticia por personas dignas de crédito; lo cual no quita que muchas veces sean inverosímiles y aun imposibles, pues no hay duda que el bueno de D. Luis era nimiamente crédulo en sus referencias. Son, pues, verdaderos cuentos muchos de los casos maravillosos que narra, y su libro cae en esta parte bajo la jurisdicción de la novela elemental é inconsciente. No sucede otro tanto con sus relatos personales, escritos con tanta sinceridad y llaneza, y que sembrados de trecho en trecho en su libro, le dan aspecto y carácter de verdaderas memorias, á las cuales sólo falta el hilo cronológico, y por cuyas páginas atraviesan los más preclaros varones de su tiempo. Era Zapata lector apasionado de libros de caballerías[76] y algo se contagió su espíritu de tal lección, puesto que en todas las cosas tiende á la hipérbole; pero juntaba con esto un buen sentido muy castellano, que le hacía mirar con especial aborrecimiento los embelecos de la santidad fingida[77] y juzgar con raro tino algunos fenómenos sociales de su tiempo. Dice, por ejemplo, hablando de la decadencia de la clase nobiliaria, á la cual pertenecía: «El crescimiento de los reyes ha sido descrecimiento de los grandes, digo en poder soberbio y desordenado, que cuanto á lo demás antes han crecido en rentas y en estados, como pelándoles las alas á los gallos dicen que engordan más, y así teniéndolos los reyes en suma tranquilidad y paz, quitadas las alas de la soberbia, crecen en más renta y tranquilidad... Pues demos gracias á Dios que en estos reinos nadie puede hacer agravio ni demasía á nadie, y si la hiciese, en manos está el cetro que hará á todos justicia igual»[78].
Era, como hoy diríamos, ardiente partidario de la ley del progreso, lo mismo que Cristóbal de Villalón, y de ningún modo quería admitir la superioridad de los antiguos sobre los modernos. Es curiosísimo sobre esto su capítulo De invenciones nuevas: «Cuán enfadosa es la gala que tienen algunos de quejarse del tiempo y decir que los hombres de agora no son tan inventivos ni tan señalados, y que cada hora en esto va empeorando! Yo quiero, pues, volver por la honra de esta nuestra edad, y mostrar cuanto en invenciones y sotilezas al mundo de agora somos en cargo... En las ciencias y artes hace el tiempo de agora al antiguo grandísima ventaja... Cuanto á la pintura, dejen los antiguos de blasonar de sus milagros, que yo pienso que como cosas nuevas las admiraron, y creo que aquellos tan celebrados Apeles y Protógenes y otros, a las estampas de agora de Miguel Angel, de Alberto Durero, de Rafael de Urbino y de otros famosos modernos no pueden igualarse... Ni en la música se aventajaron los antiguos, que en ella en nuestra edad ha habido monstruos y milagros, que si Anfion y Orfeo traían tras sí las fieras y árboles, háse de entender con esta alegoría que eran fieras y plantas los que de la música de entonces, porque era cosa nueva, se espantaban; que agora de las maravillas de este arte, más consumada que nunca, los hombres no se admiran ni espantan. Pues ¿cuándo igualaron á las comedias y farsas de agora las frialdades de Terencio y de Plauto?» Y aquí comienza un largo capítulo de invenciones del Renacimiento, unas grandiosas y otras mínimas, entusiasmándose por igual con el descubrimiento de las Indias, con la circunnavegación del globo terráqueo, con la Imprenta y la Artillería, que con el aceite de Aparicio, el guayaco y la zarzaparrilla, las recetas para hacer tinta, el arte de hacer bailar los osos y el de criar gatos de Algalia. Termina este curiosísimo trozo con la enumeración de las obras públicas llevadas á cabo en tiempo de Felipe II, á quien da el dictado de «príncipe republicano», que tan extraño sonará en los oídos de muchos: «Los príncipes piadosos y republicanos como el nuestro, avivan los ingenios de los suyos, y les hacen hacer cosas admirables, y se les debe la gloria como al capitan general de cuanto sus soldados hacen, aderezan y liman»[79].
Alguna vez se contradice Zapata, como todos los escritores llamados ensayistas (y él lo era sin duda, aunque no fuese ningún Montaigne). No se compadece, por ejemplo, tanto entusiasmo por las novedades de su siglo, entre las cuales pone la introducción del verso toscano por Boscán y Garcilaso, con otro pasaje, curiosísimo también, en que, tratando de poesía y de poemas, dice sin ambages: «Los mejores de todos son los romances viejos; de novedades Dios nos libre, y de leyes y sectas nuevas y de jueces nuevos»[80]. Como casi todos los españoles de su tiempo, vivía alta y gloriosamente satisfecho de la edad en que le había tocado nacer, y era acérrimo enemigo de las sectas nuevas, á lo menos en religión y en política. Ponderando el heroísmo de los ligueros en el sitio de París de 1590, que hizo levantar el príncipe de Parma, llega hasta la elocuencia[81]. Profesa abiertamente la doctrina del tiranicidio, y hace, como pudiera el fanático más feroz, la apología de Jacobo Clemente: «Salió un fraile dominico de París á matar por el servicio de Dios al tirano favorecedor de herejes; y llegando á hablarle, le dió tres puñaladas, de que murió el rey, no de la guerra que suele matar á hierro, á fuego, violenta y furiosamente, mas de la mansedumbre y santidad de un religioso de Dios y su siervo, al cual bienaventurado ataron á las colas de cuatro caballos»[82].
Para conocer ideas, costumbres, sentimientos y preocupaciones de una época ya remota, y que, sin embargo, nos interesa más que otras muy cercanas, libros como el de Zapata, escritos sin plan ni método, como gárrula conversación de un viejo, son documentos inapreciables, mayormente en nuestra literatura, donde este género de misceláneas familiares son de hallazgo poco frecuente. La de Zapata ofrece materia de entretenimiento por donde quiera que se la abra y es recurso infalible para las horas de tedio, que no toleran otras lecturas más graves. De aquel abigarrado conjunto brota una visión histórica bastante clara de un período sorprendente. Baste lo dicho en recomendación de este libro, que merecía una nueva edición, convenientemente anotada, así en la parte histórica como en el material novelístico ó novelable que contiene, y que generalmente no se encuentra en otras compilaciones, por haber quedado inédita la de Zapata.
Antes de llegar á las colecciones de cuentos propiamente dichas, todavía debemos consagrar un recuerdo á la Philosophia vulgar (1568), obra por tantos títulos memorable del humanista sevillano Juan de Mal Lara, que, á imitación de los Adagios de Erasmo, en cuyas ideas críticas estaba imbuido, emprendió comentar con rica erudición, agudo ingenio y buen caudal de sabiduría práctica los refranes castellanos, llegando á glosar hasta mil en la primera parte, única publicada, de su vasta obra[83]. En ella derramó los tesoros de su cultura grecolatina, trayendo á su propósito innumerables autoridades de poetas antiguos puestos por él en verso castellano, de filósofos, moralistas é historiadores; pero gustó más todavía de exornar la declaración de cada proverbio con apólogos, cuentecillos, facecias, dichos agudos y todo género de narraciones brevísimas, pero tan abundantes, que con entresacarlas del tomo en folio de la Philosophia Vulgar podría formarse una floresta que alternase con el Sobremesa y el Porta-cuentos de Timoneda. Algunas de estas consejas son fábulas esópicas; pero la mayor parte parecen tomadas de la tradición oral ó inventadas adrede por el glosador para explicar el origen del refrán, poniéndole, digámoslo así, en acción. Tres cuentos, un poco más libres y también más extensos que los otros, están en verso y no carecen de intención y gracejo. No son de Mal Lara, sino de un amigo suyo, que no quiso revelar su nombre: acaso el licenciado Tamariz, de quien se conservan inéditos otros del mismo estilo y picante sabor[84]. Pero de los cuentos en verso prescindimos ahora, por no hacer interminable nuestra tarea, ya tan prolija de suyo.
Mal Lara había pasado su vida enseñando las letras clásicas. ¿Quién se atreverá á decir que le apartasen de la comprensión y estimación de la ciencia popular, en que tanto se adelantó á su tiempo? Al contrario, de los antiguos aprendió el valor moral é histórico de los proverbios ó paremías. El mismo fenómeno observamos en otros grandes humanistas, en Erasmo ante todo, que abrió por primera vez esta riquísima vena y con ella renovó el estudio de la antigüedad; en el Comendador Hernán Núñez, infatigable colector de nuestros refranes, y en Rodrigo Caro, ilustrador de los juegos de los muchachos. Creía Mal Lara, y todo su inestimable libro se encamina á probarlo, que