Y aquel picaño soneto, excelente en su línea, que algunos han atribuido sin fundamento á Góngora y otros al licenciado Porras de la Cámara:
Casó de un Arzobispo el despensero...
no es más que la traducción en forma métrica y lengua libre de este cuentecillo de burlas, que tal como está en la Floresta (Parte undécima, capítulo III), no puede escandalizar á nadie, aunque bien se trasluce la malicia:
«Un criado de un obispo habia mucho tiempo que no habia visto á su mujer, y dióle el obispo licencia que fuesse á su casa. El Maestresala, el Mayordomo y el Veedor, burlándose con él, que eran muy amigos, rogáronle que en su nombre diese á su mujer la primera noche que llegase un abrazo por cada uno. El se lo prometió, y como fué á su casa, cumplió la palabra. Contándole el caso cómo lo habia prometido, preguntó la mujer si tenia más criados el obispo; respondió el marido: Si, señora; mas los otros no me dieron encomiendas».
Abundan en la Floresta los insulsos juegos de palabras, pero hay también cuentos de profunda intención satírica. Mucho antes que el licenciado Luque Fajardo, en su curiosísimo libro Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, nos refiriese la ejemplar historia de los Beatos de la Cabrilla[153], había contado otra enteramente análoga Melchor de Santa Cruz (cuarta parte, cap. V):
«Un capitan de una quadrilla de ladrones, que andaban á asaltear, disculpábase que no habia guerra y no sabia otro oficio. Tenia costumbre que todo lo que robaba partia por medio con aquel á quien le tomaba. Robando á un pobre hombre, que no trahia mas de siete reales, le dixo: “Hermano, de éstos me pertenecen á mí no más de tres y medio; llevaos vos los otros tres y medio. Mas ¿cómo haremos, que no hay medio real que os volver?” El pobre hombre, que no veía la hora de verse escapado de sus manos, dixo: “Señor, llevaos en buen hora los quatro, pues no hay trueque”. Respondió el capitán:“Hermano, con lo mio me haga Dios merced”».
Con detención hemos tratado de un libro tan vulgar y corriente como la Floresta, no sólo por ser el más rico en contenido de los de su clase, sino también por el éxito persistente que obtuvo, del cual testifican veintidós ediciones por lo menos durante los siglos XVI y XVII. Todavía en el siglo XVIII la remozó, añadiéndola dos volúmenes, Francisco Asensio, uno de aquellos ingenios plebeyos y algo ramplones, pero castizos y simpáticos, que en la poesía festiva, en el entremés y en la farsa, en la pintura satírica de costumbres, conservaban, aunque muy degeneradas, las tradiciones de la centuria anterior, á despecho de la tiesa rigidez de los reformadores del buen gusto. En Francia, la Floresta fué traducida íntegramente por un Mr. de Pissevin en 1600; reimpresa varias veces en ediciones bilingües, desde 1614; abreviada y saqueada por Ambrosio de Salazar y otros maestros de lengua castellana. Hubo, finalmente, una traducción alemana, no completa, publicada en Tubinga en 1630.
Por más que Melchor de Santa Cruz fuese hombre del pueblo y extraño al cultivo de las humanidades, el título mismo de apotegmas que dio á las sentencias por él recogidas prueba que le eran familiares los libros clásicos del mismo género que ya de tiempo atrás hablaban en lengua castellana, especialmente los Apotegmas de Plutarco, traducidos del griego en 1533 por el secretario Diego Gracián[154]; la Vida y excelentes dichos de los más sabios philosophos que hubo en este mundo, de Hernando Díaz[155], y la copiosa colección de Apotegmas de reyes, príncipes, capitanes, filósofos y oradores de la antigüedad que recogió Erasmo de Roterdam y pusieron en nuestro romance Juan de Jarava y el bachiller Francisco Thamara en 1549[156].
Tampoco fué Melchor de Santa Cruz, á pesar de lo que insinúa en su prólogo, el primero que, á imitación de estas colecciones clásicas, recopilase sentencias y dichos de españoles ilustres. Ya en 1527 el bachiller Juan de Molina, que tanto hizo gemir las prensas de Valencia con traducciones de todo género de libros religiosos y profanos, había dado á luz el Libro de los dichos y hechos del Rey Don Alonso, quinto de este nombre en la casa de Aragón, conquistador del reino de Nápoles y gran mecenas de los humanistas de la península itálica que le apellidaron el Magnánimo[157]. No fué ésta la única, aunque sí la más divulgada versión de los cuatro libros de Antonio Panormita, De dictis et factis Alphonsi, regis Aragonum et Neapolis[158], que no es propiamente una historia de Alfonso V, sino una colección de anécdotas que pintan muy al vivo su carácter y su corte. Unido al De dictis factisque del Panormita va casi siempre el Commentarius de Eneas Silvio, obispo de Siena cuando le escribió y luego Papa con el nombre de Pío II[159].
Un solo personaje español del tiempo de los Reyes Católicos logró honores semejantes, aunque otros los mereciesen más que él. Fue el primer duque de Nájera, don Pedro Manrique de Lara, tipo arrogante de gran señor, en su doble condición de bravo guerrero y de moralista sentencioso y algo excéntrico. Un anónimo recopiló sus hazañas valerosas y dichos discretos[160]; y apenas hubo floresta del siglo XVI en que no se consignase algún rasgo, ya de su mal humor, ya de su picante ingenio.