Al siglo XVII muy entrado pertenece el libro, en todos conceptos vulgarísimo, Dichos y hechos del señor rey don Felipe segundo el prudente[161], que recopiló con mejor voluntad que discernimiento el cura de Sacedón, Baltasar Porreño, autor también de otros Dichos y hechos de Felipe III, mucho menos conocidos porque sólo una vez, y muy tardíamente, fueron impresos.

Son casi desconocidos en nuestra literatura aquellos libros comúnmente llamados anas (Menagiana, Scaligerana, Bolaeana, etc.), de que hubo plaga en Francia y Holanda durante el siglo XVII y que, á vueltas de muchas anécdotas apócrifas ó caprichosamente atribuídas al personaje que da nombre al libro, suelen contener mil curiosos detalles de historia política y literaria. El carácter español se presta poco á este género de crónica menuda. Pero no faltaron autores, y entre ellos alguno bien ilustre, que hiciesen colección de sus propios apotegmas. Á este género puede reducirse El Licenciado Vidriera de Cervantes[162], donde la sencillísima fábula novelesca sirve de pretexto para intercalar las sentencias de aquel cuerdo loco, así como Luciano había puesto las suyas en boca del cínico Demonacte.

De Cervantes al jurado cordobés Juan Rufo, infeliz cantor de D. Juan de Austria, es grande la distancia á pesar de la simpática benevolencia con que el primero habló del segundo en el famoso escrutinio de los libros del hidalgo manchego. Pero no le juzguemos por la Austriada, sino por Las seyscientas apotegmas que publicó en 1596[163] y por los versos que las acompañan, entre los cuales están la interesante leyenda de Los Comendadores, el poemita humorístico de la muerte del ratón, la loa ó alabanza de la comedia, precursora de las de Agustín de Rojas, y sobre todo la Carta á su hijo, que tiene pasajes bellísimos de ingenuidad y gracia sentenciosa. Juan Rufo, que tan desacordadamente se empeñó en embocar la trompa épica, era un ingenio fino y discreto, nacido para dar forma elegante y concisa á las máximas morales que le había sugerido la experiencia de la vida más bien que el trato de los libros. Sus apotegmas en prosa testifican esto mismo, y cuando se forme la colección, que todavía no existe, de nuestros moralistas prácticos y lacónicos, merecerán honroso lugar en ella. Sólo incidentalmente tocan á nuestro propósito, puesto que suelen ser breves anécdotas selladas con un dicho agudo. Entre los contemporáneos de Rufo tuvieron mucho aplauso, aun antes de ser impresos, y el agustino Fr. Basilio de León (sobrino de Fr. Luis y heredero de su doctrina) los recomendó en estos encarecidos términos: «Llegó á mis manos, antes que se imprimiesse, el libro de las Apotegmas del Iurado Iuan Rufo; con el qual verdaderamente me juzgué rico, pues lo que enriqueze al entendimiento, es del hombre riqueza verdadera. Y hay tanta, no sólo en todo el libro (que no es poco, segun salen muchos á luz, grandes en las hojas y en las cosas pequeños), sino lo que es más, en qualquiera parte dél, por pequeña que sea, que con razon puede juzgarse por muy grande, porque la pureza de las palabras, la elegancia dellas, junto con la armonía que hazen las unas con las otras, es de tanta estimacion en mis ojos quanto deseada en los que escriven. Allegose a esto la agudeza de los dichos, el sentido y la gravedad que tienen, la philosophia y el particular discurso que descubren. De manera que al que dice bien y tan bien como el autor deste libro, se le puede dar justissimamente un nuevo y admirable nombre de maravillosa eloquencia: pues los que hablan mal son innumerables, y él se aventaja á muchos de los que bien se han esplicado. El aver enxerido en el donayre y dulzura de las palabras, lo que es amargo para las dañadas costumbres, nacio de particular juyzio y de prudencia. Como el otro que á una dama á quien, ó por miedo, ó por melindre, espantava el hierro del barbero, la sangró disfraçandole astutamente con la esponja. En fin, no entiendo que avrá ninguno de buen gusto que no le tenga, y muy grande, con este libro, y Córdova no menor gozo, viendo cifrado en su dueño todo lo que en sus claros hijos luze repartido».

Hemos visto que el título de Apotegmas había sido introducido por los traductores de Plutarco y Erasmo. Creemos que Juan Rufo fue el primero que le aplicó á una colección original, dando la razón de ello: «El nombre de Apotegmas es griego, como lo son muchos vocablos recebidos ya en nuestra lengua; trúxole á ella, con la autoridad de grandes escritores, la necessidad que avia deste término, porque significa breve y aguda sentencia, dicho y respuesta; sentido que con menos palabras no se puede explicar».

Para dar idea del carácter de este curioso librito, citaré sin particular elección unos cuantos apotegmas, procurando que no sean de los que ya copió Gallardo, aunque no siempre podrá evitarse la repetición, porque aquel incomparable bibliógrafo tenía particular talento para extraer la flor de cuanto libro viejo caía en sus manos.

«Oyendo cantar algunos romances de poetas enamorados, con relacion especial de sus desseos y pensamientos, y aun de sus obras, dixo (Rufo): Locos están estos hombres, pues se confiesan a gritos». (Fol. 4.)

«Un año despues que estuvo oleado, le dixo un amigo, viéndole bueno: Harto mejor estays de lo que os vi aora un año. R. Mucha más salud tenía entonces, pues tenia más un año de vida». (Fol. 6 vuelto.)

«Mirando á una fea, martyr de enrubios, afeytes, mudas, y de vestirse y ataviarse costosamente, y con estraña curiosidad, dixo que las feas son como los hongos, que no se pueden comer si no en virtud de estar bien guisados, y con todo son ruyn vianda». (F. 7.)

«Preguntóle un viejo de sesenta años si se teñiria la canas, y R. No borreis en una hora lo que Dios ha escrito en sesenta años». (Fol. 7 vuelto.)

«El agua encañada, quanto baxa sube, y la palabra de Dios entra por los oydos, y penetra hasta el corazon, si sale dél». (Fol. 9.)