Exacto es al pie de la letra lo que dice Sebastián Mey en el prólogo de su Fabulario: «Tiene muchas fábulas y cuentos nuevos que no están en los otros (libros), y los que hay viejos están aquí por diferente estilo». Aun los mismos apólogos clásicos, que toma casi siempre de la antigua colección esópica[215], están remozados por él con estilo original y con la libertad propia de los verdaderos fabulistas. Hubiera podido escribir sus apólogos en verso, y no sin elegancia, como lo prueban los dísticos endecasílabos con que expresa la moralidad de la fábula, á ejemplo, sin duda, de D. Juan Manuel, puesto que la compilación de Exemplos de Clemente Sánchez de Vercial debía de serle desconocida. Con buen acuerdo prefirió la prosa. Interrumpida como estaba después del Arcipreste de Hita la tradición de la fábula en verso, hubiera tenido que forjarse un molde nuevo de estilo y dicción, como felizmente lo intentó Bartolomé Leonardo de Argensola en las pocas fábulas que á imitación de Horacio intercala en sus epístolas, y como lo lograron, cultivando el género más de propósito, Samaniego é Iriarte en el siglo XVIII, y creemos que la pericia técnica de Sebastián Mey no alcanzaba á tanto. Pero en la sabrosísima prosa de su tiempo, y con puntas de intención satírica á veces, desarrolla, de un modo vivo y pintoresco, aun los temas más gastados. Sirva de ejemplo la fábula de El lobo, la raposa y el asno:

«Teniendo hambre la raposa y el lobo, se llegaron hazia los arrabales de una aldea, por ver si hallarian alguna cosa a mal recado, y toparon con un asno bien gordo y lucido, que estava paciendo en un prado; pero temiendose que por estar tan cerca de poblado corrian peligro si alli esecutavan en él su designio, acordaron de ver si con buenas razones podrian apartarle de alli, por donde acercando a él la raposa, le habló de esta suerte: «Borriquillo, borriquillo, que norabuena esteys, y os haga buen provecho la yervecica; bien pensays vos que no os conozco, sabed pues que no he tenido yo en esta vida mayor amiga que vuestra madre. Oh, qué honradaza era: no havia entre las dos pan partido. Agora venimos de parte de un tio vuestro, que detras de aquel monte tiene su morada, en unas praderias que no las hay en el mundo tales: alli podreys dezir que hay buena yerba, que aqui todo es miseria. El nos ha embiado para que os notifiquemos cómo casa una hija, y quiere que os halleys vos en las bodas. Por esta cuesta arriba podemos ir juntos; que yo sé un atajo por donde acortaremos gran rato de camino». El asno, aunque tosco y boçal, era por estremo malicioso; y en viéndolos imaginó hazerles alguna burla; por esto no huyó, sino que se estuvo quedo y sosegado, sin mostrar tenerles miedo. Pero quando huvo oido a la raposa, aunque tuvo todo lo que dezia por mentira, mostró mucho contento, y començó a quexarse de su amo, diziendo cómo dias havia le huviera dexado, si no que le devia su soldada; y para no pagarle, de dia en dia le traia en palabras, y que finalmente solo havia podido alcançar dél que le hiziese una obligacion de pagarle dentro de cierto tiempo, que pues no podia por entonces cobrar, a lo menos queria informarse de un letrado, si era bastante aquella escritura, la qual tenia en la uña del pie, para tener segura su deuda. Bolviose la raposa entonces al lobo (que ya ella se temió de algun temporal) y le preguntó si sus letras podian suplir en semejante menester. Pero él no entendiéndola de grosero, muerto porque le tuviesen por letrado, respondió muy hinchado que havia estudiado Leyes en Salamanca, y rebuelto muchas vezes a Bartulo y Bartuloto y aun á Galeno, y se preciava de ser muy buen jurista y sofistico, y estava tan platico en los negocios, y tan al cabo de todo, que no daria ventaja en la plaça a otro ninguno que mejores sangrias hiziese; por el tanto amostrase la escritura, y se pusiese en sus manos, que le ofrecia ser su avogado para quando huviese de cobrar el dinero, y hazer que le pagasen tambien las costas, y que le empeñava sobre ello su palabra; que tuviese buena esperança. Levantó el asno entonces el pie, diziendole que leyese. Y quando el lobo estava mas divertido en buscar la escritura, le asentó con entrambos piés un par de coces en el caxco, que por poco le hiziera saltar los sesos. En fin, el golpe fue tal, que perdido del todo el sentido, cayó el triste lobo en el suelo como muerto. La raposa entonces dándose una palmada en la frente, dixo assi: «Oh! cómo es verdadero aquel refran antiguo, que tan grandes asnos hay con letras como sin letras». Y en diziendo esto, echó a huir cada qual por su cabo, ella para la montaña y el asno para el aldea».

Compárese esta linda adaptación con el texto castellano del siglo XV, mandado traducir por el Infante de Aragón D. Enrique (Fábula 1.ª entre las extravagantes del «Isopo»), y se comprenderá lo que habían adelantado la lengua y el arte de la narración durante un siglo. Con no menos originalidad de detalle, picante y donosa, están tratadas otras fábulas de la misma colección, donde ya estaban interpoladas, además de las esópicas, algunas de las que Mey sacó de Aviano, v. gr.: la de fure et parvo: «del mozo llorante y del ladrón». Un muchacho engaña á un ladrón, haciéndole creer que se le ha caído una jarra de plata en un pozo. El ladrón, vencido de la codicia, se arroja al pozo, despojándose antes de sus vestidos, que el muchacho le roba, dejándole burlado. En la colección de Mey tiene el número 5.º y esta moraleja:

Al que engañado á todo el mundo ofende,
Quien menos piensa, alguna vez le vende.

De las fábulas de animales es fácil el tránsito á otros apólogos no menos sencillos, y por lo general de la misma procedencia clásica, en que intervienen, principal ó exclusivamente, personajes racionales, por ejemplo: «La Enferma de los ojos y el Médico»,[216] El avariento[217], «El padre y los hijos», todas ellas de origen esópico. Baste como muestra el último:

«Un labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante sí a sus hijos; a los quales habló desta suerte: «Pues se sirve Dios de que en esta dolencia tenga mi vida fin, quiero, hijos mios, revelaros lo que hasta aora os he tenido encubierto, y es que tengo enterrado en la viña un tesoro de grandissimo valor. Es menester que pongays diligencia en cavarla, si quereys hallarle», y sin declararles más partió desta vida. Los hijos, despues de haver concluido con el entierro del padre, fueron a la viña, y por espacio de muchos dias nunca entendieron sino en cavarla, quando en una, quando en otra parte, pero jamás hallaron lo que no havia en ella: bien es verdad que por haberla cavado tanto, dió sin comparacion más fruto aquel año que solia dar antes en muchos. Viendo entonces el hermano mayor quánto se habian aprovechado, dixo a los otros: «Verdaderamente aora entiendo por la esperiencia, hermanos, que el tesoro de la viña de nuestro padre es nuestro trabajo.

En esta vida la mejor herencia
Es aplicar trabajo y diligencia»[218].

Las relaciones novelísticas de Sebastián Mey con las colecciones de la Edad Media no son tan fáciles de establecer como las que tiene con Esopo y Aviano. De D. Juan Manuel no parece haber imitado más que un cuento, el del molinero, su hijo y el asno. Con Calila y Dimna tiene comunes dos: El Amigo Desleal, que es el apólogo «de los mures que comieron fierro»[219], y El Mentiroso burlado; pero ni uno ni otro proceden de la primitiva versión castellana derivada del árabe, ni del Exemplario contra los engaños y peligros del mundo, traducido del Directorium vitae humanae de Juan de Capua, sino de alguna de las imitaciones italianas, probablemente de la de Firenzuola: Discorsi degli animali, de quien toma literalmente alguna frase[220]. Por ser tan raro el texto de Mey le reproduzco aquí, para que se compare con el italiano, que puede consultarse fácilmente en ediciones modernas:

Fábula XXVIII. El hombre verdadero y el mentiroso:

«Ivan caminando dos compañeros, entrambos de una tierra y conocidos: el uno de ellos hombre amigo de verdad y sin doblez alguna, y el otro mentiroso y fingido. Acaeció, pues, que a un mismo tiempo viendo en el suelo un talegoncico, fueron entrambos a echarle mano, y hallaron que estava lleno de doblones y de reales de a ocho. Quando estuvieron cerca de la ciudad donde bivian, dixo el hombre de bien: “Partamos este dinero, para que pueda cada uno hazer de su parte lo que le diere gusto”. El otro, que era bellaco, le respondio: “Por ventura si nos viesen con tanto dinero, seria dar alguna sospecha, y aun quiça nos porniamos en peligro de que nos le robasen, porque no falta en la ciudad quien tiene cuenta con las bolsas agenas. Pareceme que seria lo mejor tomar alguna pequeña quantia por agora, y enterrar lo demas en lugar secreto, y quando se nos ofreciere despues haver menester dineros, vernemos entramos juntos a sacarlos, y con esto nos quitaremos por aora de inconvenientes”. El hombre bueno, o si se sufre llamarle bovo, pues no cayó en la malicia ni engaño del otro, pretendiendo que su intencion era buena, facilmente vino en ello, y tomando entonces alguna quantidad cada uno dellos, enterraron lo demas a la raiz de un arbol que alli juntico estava, habiendo tenido mucha cuenta con que ninguno los mirase; y muy contentos y alegres se bolvieron de alli a sus casas. Pero el engañoso compañero venido el siguiente dia, puso en ejecucion su pensamiento, y bolviendo secretamente al sobredicho lugar, sin que persona del mundo tuviese aliento dello, quando el otro estava más descuydado, se llevó el talegoncico con todo el dinero a su casa. Pocos dias despues el buen hombre y simple con el vellaco y malicioso, le dixo: “Paréceme que ya será hora que saquemos de alli y repartamos aquellos dineros, porque yo he comprado una viña, y tengo de pagarla, y tambien he de acudir a otros menesteres que se me ofrecen». El otro le respondio: «Yo ando tambien en compra de una heredad, y havia salido con intento de buscaros por esta ocasion”. “No ha sido poca ventura toparnos (replicó el compañero), para poder luego, ir juntos”, como tenian concertado. “Que vamos en buen hora” (dixo el otro), y sin gastar más razones se pusieron en camino. Llegados al arbol donde le avian enterrado, por bien que cavaron alrededor, como no tuvo remedio de hallarle, no haviendo señal de dinero; el mal hombre que le havia robado, començó a hazer ademanes y gestos de loco, y grandes estremos y quexas diciendo: “No hay el dia de hoy fe ni verdad en los hombres: el que pensays que os es mas amigo, esse os venderá mejor. De quién podremos fiar hoy en el mundo? ah traydor, vellaco, esto me teniades guardado? quién ha podido robar este dinero sino tu? ninguno havia que supiese dél”. Aquel simplezillo que tenia más razon de poderse quexar y de dolerse, por verse despedido en un punto de toda su esperanza, por el contrario se vio necesitado a dar satisfacion y desculparse, y con grandes juramentos protestava que no sabia en el robo arte ni parte, aunque le aprovechaba poco, porque mostrandose más indignado el otro y dando mayores bozes dezia: “No pienses que te saldras sin pagarlo: la justicia, la justicia lo ha de saber, y darte el castigo que merece tu maldad”. Replicando el otro que estava inocente de semejante delito, se fueron gritando y riñendo delante el juez, el qual tras haver los dos altercado en su presencia grande rato, preguntó si estava presente alguno quando escondian el dinero? Aquel tacaño, mostrando más confiança que si fuera un santo, al momento respondio: “Señor, sí, un testigo havia que no sabe mentir, el qual es el mismo arbol entre cuyas raizes el dinero estava enterrado. Este por voluntad de Dios dirá toda la verdad como ha pasado, para que se vea la falsedad deste hombre, y sea la justicia ensalçada”. El juez entonces (que quiera que lo moviese) ordenó de hallarse las partes en el dicho lugar el siguiente dia, para determinar alli la causa, y asi por un ministro les hizo mandato so graves penas, que hirviesen de comparecer y presentarse, dando primero, como lo hicieron, buena seguridad. Pareciole muy a su proposito esta deliberacion del juez al malhechor, pretendiendo que cierto embuste que iva tramando, ternia por semejante via efeto. Por donde bolviendose a su casa, y llamando a su padre, le dixo assi: “Padre muy amado, un secreto quiero descubriros, que os he tenido hasta agora encubierto, por parecerme que assi con venia hazerse... Haveys de saber que yo propio he robado el tesoro que demando a mi compañero por justicia, para poder sustentaros a vos y a mi familia con más comodidad. Dense a Dios las gracias y a mi buena industria, que ya está el negocio en punto que solo con ayudar vos un poquito, será sin réplica ninguna nuestro». Y contóles todo lo que havia passado, y lo que havia provehido el juez, a lo qual añadió: «Lo que al presente os ruego, es que vays esta noche a esconderos en el hueco de aquel arbol: porque facilmente podreys entrar por la parte de arriba, y estar dentro muy a placer, sin que puedan veros, porque el arbol es grueso y lo tengo yo muy bien notado. Y quando el juez interrogare, disimulando entonces vos la boz que parezca de algun espiritu, respondereys de la manera que conviene”. El mal viejo que havia criado a su hijo tal qual era él, se convencio de presto de sus razones, y sin temerse de peligro alguno, aquella noche se escondio dentro el árbol. Vino alli el juez el dia siguiente con los dos litigantes, y otros muchos que le acompañavan, y habiendo debatido buen rato sobre el negocio, al cabo preguntó en alta voz quién habia robado el tesoro. El ruin viejo, en tono extraordinario y con boz horrible, dixo que aquel buen hombre. Fue cosa esta que causó al juez y a los presentes increible admiracion, y estuvieron suspensos un rato sin hablar, al cabo del qual dixo el juez: “Bendito sea el Señor, que con milagro tan manifiesto ha querido mostrar quanta fuerça tiene la verdad. Para que desto quede perpetua memoria, como es razon, quiero de todo punto apurarlo. Porque me acuerdo que antiguamente havia Nimfas en los arboles, verdad sea que nunca yo habia dado credito a cosas semejantes, sino que lo tenia todo por patrañas y fabulas de poetas. Mas agora no sé qué dezirme, haviendo aqui en presencia de tantos testigos oido hablar a este arbol. En estremo me holgaria saber si es Nimfa o espiritu, y ver qué talle tiene, y si es de aquella hermosura encarecida por los poetas. Pues caso que fuese una cosa destas, poco mal podriamos nosotros hazerle por ninguna via”. Dicho esto mandó amontonar al pie del arbol leños secos que havia por alli hartos, y ponerles fuego. ¿Quién podrá declarar quál se paró el pobre viejo, quando començó el tronco a calentarse, y el humo a ahogarle? Sólo sé dezir que se puso entonces con bozes muy altas a gritar: “Misericordia, misericordia; que me abraso, que me ahogo, que me quemo”. Lo qual visto por el juez, y que no havia sido el milagro por virtud Divina, ni por haber Nimfa en el arbol, haziendole sacar de alli medio ahogado, y castigandole a él y a su hijo, segun merecian, mandó que le truxesssen alli todo el dinero, y entregósele al buen hombre, que tan injustamente havian ellos infamado. Assi quedó premiada la verdad y la mentira castigada.