La verdad finalmente prevalece,
Y la mentira con su autor perece».
Aunque el cuento en Calila y Dimna[221] no sea tan seco y esquemático como otros muchos, lo es bastante para que no lamentemos el aliño con que Firenzuola y Mey remediaron su aridez, haciendo correr por él la savia de un fácil y gracioso diálogo. Y no me parece que la versión del segundo, aunque inspirada por la del primero, sea inferior á ella, á pesar de la amena y exquisita elegancia del monje de Vallumbrosa.
Sebastián Mey, aun en los raros casos en que traduce fielmente algún original conocido, procura darle color local, introduciendo nombres españoles de personas y lugares. Tal acontece en el cuento 53, «La Prueba de bien querer», que es una paráfrasis amplificada de la facecia 116 de Poggio «De viro quae suae uxori mortuum se ostendit»[222]. En el cuento latino la escena pasa en Montevarchio, y el protagonista es un cierto hortelano, «hortulanus quidam». Mey castellaniza la anécdota en estos graciosos términos:
«Anton Gonçalez Gallego era hombre que se bivia muy a plazer en la villa de Torrejon; tenia una mujeraça de mediano talle, y de una condicionaça muy buena, de manera que aunque él era un poquito reñidor, ella siempre le abonançava, porque no le entrava a ella el enojo de los dientes adentro; y assi eran presto apaziguados. Acaeció que bolviendo él un dia de labrar, halló que la mujer havia ido al rio a lavar los paños, por donde se recostó sobre un poyo, esperando a que viniese, y como ella tardase, començó a divertir en pensamientos, y entre otros le acudió en quanta paz bivia con su muger, y dezia en su imaginativa: «La causa está en ella, y en el amor que me tiene, porque hartas ocasiones le doy yo con mi reñir, pero quiéreme tanto que todo lo disimula con muy gran cordura a trueco de tenerme contento. Pues si yo me muriese, qué haria ella? Creo que se moriria de tristeza. ¡O quién se hallase alli para ver los estremos que haria, y las palabras lastimeras que echaria de aquella su boca! pues en verdad que lo he de provar, y asegurarme dello por la vista». Sintiendo en esto que la muger venia, se tendia en el suelo como un muerto. Ella entró, y mirandole de cerca, y provando a levantarle, como él no hazia movimiento, y le vio sin resuello, creyó verdaderamente que era muerto, pero venia con hambre y no sabia resolverse en si comeria primero o lloraria la muerte del marido. En fin, constreñida de la mucha gana que traia, determinó comer primero. Y poniendo sobre las brasas parte de un recuesto de tocino que tenia alli colgado, se le comió en dos palabras sin bever por no se detener tanto. Despues tomó un jarro, y comenzó a baxar por la escalera, con intencion de ir a la bodega por vino; mas he aqui donde llega de improviso una vezina a buscar lumbre. Ella que la sintio, dexa de presto el jarro, y como que huviese espirado entonces el marido, comienza a mover gran llanto y a lamentar su muerte. Todo el barrio acudió a los gritos, hombres y mugeres; y espantados de muerte tan repentina (porque estava él tendido con los ojos cerrados, y sin resollar de manera que parecia verdaderamente muerto), consolavanla lo mejor que podian. Finalmente quando a él le parecio que se havia ya satisfecho de lo que tanto deseava ver, y que huvo tomado un poco de gusto con aquel alboroto; quando más la muger lamentava diciendo: «Ay marido mio de mi coraçon, desdichado ha sido el dia y la hora en que pierdo yo todo mi bien, pero yo soy la desdichada, faltandome quien solia ser mi amparo; ya no terné quien se duela de mí, y me consuele en mis trabajos y fatigas; qué haré yo sin vos agora, desventurada de mí?» El entonces, abriendo supitamente los ojos, respondio: «Ay muger mia de mis entrañas, qué haveys de hazer? sino que pues haveys comido, baxeys a bever a la bodega». Entonces todos los que estavan presentes, trocando la tristeza en regocijo, dispararon en reir: y más despues quando el marido les contó el intento de la burla, y como le havia salido.
Tal se penso de veras ser amado,
Y burlando quedó desengañado».
En las Facecias de Poggio se halla también (con el número 60 «De eo qui uxorem in flumine peremptam quaerebat») la sabida anécdota que Mey volvió á contar con el título de La mujer ahogada y su marido (fábula XVIII). Pero no es seguro que la tomase de allí, siendo tantos los libros que la contienen. Aun sin salir de nuestra literatura, podía encontrarla en el Arcipreste de Talavera, en el Sobremesa de Timoneda y en otros varios autores. Tanto la versión de Timoneda, como la de Poggio, son secas y esquemáticas; no así la de Mey, que amplificando galanamente, según su costumbre, traslada el cuento «á la orilla de Henares» y con cuatro rasgos de vida española saca de la abstracción del apólogo las figurillas vivas de Marina Gil, «lavandera de los estudiantes y muy hábil en su oficio»; del buen Pero Alonso, su marido, y de su compadre Anton Royz.
El mismo procedimiento usa en otros cuentos, que parecerían indígenas, por el sabor del terruño que tienen, si no supiésemos que son adaptaciones de otros italianos. Así el de «El Dotor y el Capitan» (fáb. X), que según ha descubierto el Sr. Milton A. Buchanan, es la misma historia de «Il capitano Piero da Nepi» y «M. Paolo dell'Ottanaio», inserta en el Diporto de' viandanti de Cristoforo Zabata[223], obrilla análoga, aun en el título, al Alivio de Caminantes de Timoneda; pero que no le sirvió de modelo, sino al revés, puesto que es posterior en bastantes años. Es, en cambio, anterior á Mey, y no puede dudarse de la imitación, aunque muy disimulada.
«Llegaron juntos a comer a una venta el Dotor Calderon, famoso en Medicina, y el Capitan Olmedo. Tuvieron a la mesa perdizes, y comian en un plato. Pero el Capitan en columbrando las pechugas y los mejores bocados, torciendo a su proposito la platica, y tomando lo mejor, dezia: «Con este bocado me ahogue, señor Dotor, si no le digo verdad». Disimuló el Dotor dos o tres vezes, pero a la quarta, pareciendole algo pesada la burla, al tiempo que alargava el Capitan la mano, diziendo «con este bocado me ahogue», sin dexarle acabar de dezir, cogió con la una mano el plato y con la otra el bocado a que tirava el Capitan, diziendole: «No jure, señor Capitan, no jure, que sin jurar le creo. Y si de aqui adelante quisiere jurar, sea que le derribe el primer arcabuzazo que los enemigos tiraren, porque es juramento más conveniente a un capitan y soldado viejo como vuesamerced». Desta manera le enseñó al Capitan a tener el término debido.
Alguna vez suele quedar burlado
El que con otros es desvergonzado».
Un ejemplo de adaptación italiana mucho más directa, en algunos puntos casi literal y donde no se cambian ni el lugar de la escena ni el nombre de los personajes, tenemos en la fábula LV El médico y su mujer, cuya fuente inmediata, descubierta igualmente por el Sr. Buchanan, es la novela 2.ª de la cuarta jornada de Sansovino[224], la cual á su vez procede de las Cento novelle antiche (núm. 46), y debe de ser de origen provenzal, puesto que parece encontrarse una alusión á ella en estos versos del trovador Pedro Cardenal: