Miçilo.—En ese caso poco se puede fiar de todos vosotros.

Gallo.—De aqui me vine á viuir á una muy buena aldea de buena comarca y de honbres muy ricos. Ofreçianme cada domingo mucho vino y mucho pan: y quando moria algun feligres toda la hazienda le comiamos con mucho placer en entierro y honrras: teniamos aquellos dias muy grandes papilorrios: que ansi se llaman[385] aquellas comidas entre nosotros, que se dan en los mortuorios.

Miçilo.—¡O desdichados de hijos del defunto si alguno quedaua: que todo se lo auiades de comer; que bien heredado le dexauades comiendoselo todo!

Gallo.—Ganenlo.

Miçilo.—Pues y vosotros ¿porqué no lo ganades tanbien?

Gallo.—Pues yo ¿a qué lo auia de ganar? Aquel era mi offiçio.

Miçilo.—Holgar.

Gallo.—Pues y agora sabes, quod sacerdotium dicit ocium? Toda nuestra vida era holgar y holgar en toda oçiosidad, andandonos cada dia en papilorrios, sin tener ninguna buena ocupaçion. Porque despues que vn capellan de aquellos ha dicho misa con aquel descuydo que qualquier offiçial entiende en su offiçio y cunplido con el papilorrio, no auia mas que yr a cazar. Por Dios que estoy bien con la costumbre que tienen los saçerdotes de Greçia, que todos trabajan en particulares offiçios: con los quales bien ocupados ganan de comer para sí y para sus hijos.

Miçilo.—¿Pues cómo y casados son?

Gallo.—Eso es lo mejor que ellos tienen: porque de alli van mejor dispuestos al altar que los de acá.