Gallo.—Desos amigos ay el dia de hoy; que antes mofarán y vurlarán de vos en vuestra neçesidad que procurarán remediarla.
Miçilo.—Por çierto tú dices verdad, que en estos tiempos no ay mejores amigos entre nosotros que estos; mas antes muy peores. Agora te ruego me digas, ¿en qué suçediste despues?
Gallo.—Despues te hago saber que vine a naçer en la ciudad de Mexico de vna india natural de la tierra, en la qual me engendró un soldado de la compañia de Cortés marques del Valle, y luego en naciendo me suçedio morir.
Miçilo.—Desdichado fueste en luego padeçer la muerte; y tanbien por no poder gozar de los tesoros y riquezas que vienen de allá.
Gallo.—¡O Miçilo! quan engañado estás. De contraria opinion fueron los griegos, que fueron tenidos por los mas sabios de aquellos tiempos; que dezian que era mucho mejor, o nunca naçer, o en naçiendo morir; yo no sé porque te aplaze mas el viuir; prinçipalmente vna vida tan miserable como la que tienes tú.
Miçilo.—Yo no digo que es miseria el morir sino por el dolor y pena grande que la muerte da; y ansi tengo lastima de ti porque tantas vezes padeçiste este terrible dolor, y ansi deseaua mucho saber de ti por ser tan esperimentado en el morir: ¿en qué esta su terribilidad? Qverria que me dixesses, qué ay en la muerte que temer? Qué cosa es? En qué está? Quién la siente? Qué es en ella lo que da dolor?
Gallo.—Mira, Miçilo, que en muchas cosas te engañas; y en esa mucho mas.
Miçilo.—Pues ¿qué dicesmuerte no da dolor?
Gallo.—Eso mesmo digo: lo qual si atento estás façilmente te lo probaré; y porque es venido el dia dexalo para el canto que se siguirá.
Fin del deçimo canto del Gallo.