que Sedano atribuyó á D. Diego de Mendoza, y que en alguna copia antigua he visto á nombre de Fr. Melchor de la Serna, monje benedictino de San Vicente de Salamanca, autor de las obras de burlas más desvergonzadas que se conocen en nuestro Parnaso. Uno se encuentra también en El Buscón, de Quevedo (capítulo segundo), no impreso hasta 1626, pero que, á juzgar por sus alusiones, debía de estar escrito muchos años antes, en 1607 lo más tarde. No creo, sin embargo, que Hidalgo le tomase de Quevedo ni Quevedo de Hidalgo. El cuento de éste es como sigue: «Otro efeto de palabras mal entendidas me acuerdo que sucedió á unos muchachos de este barrio que dieron en perseguir á un hombre llamado Ponce Manrique, llamándole Poncio Pilato por las calles; el cual, como se fuera á quejar al maestro en cuya escuela andaban los muchachos, el maestro los azotó muy bien, mandándoles que no dijesen más desde ahí adelante Poncio Pilato, sino Ponce Manrique. Á tiempo que ya los querían soltar de la escuela, comenzaron á decir en voz alta la dotrina christiana, y cuando llegaban á decir: Y padeció so el poder de Poncio Pilato, dijeron: «Y padeció so el poder de Ponce Manrique» (Diálogo 3.º, cap. IV).

Fácil sería, si la materia lo mereciese, registrar las florestas españolas y las colecciones de facecias italianas, para investigar los paradigmas que seguramente tendrán algunos de los cuentecillos de Hidalgo. Pero me parece que casi todos proceden, no de los libros, sino de la tradición oral, recogida por él principalmente en Burgos, donde acaso habría nacido, y donde es verosímil que escribiese su libro, puesto que todas las alusiones son á la capital de Castilla la Vieja y ninguna á Madrid, de la cual se dice vecino. Suelen todos los autores de cuentos citar con especial predilección á un personaje real ó ficticio, pero de seguro tradicional, á quien atribuyen los dichos más picantes y felices. El famoso decidor á quien continuamente alega Gaspar Lucas Hidalgo es «Colmenares, un tabernero muy rico que hubo en esta ciudad, de lindo humor y dichos agudos».

De una y otra cosa era rico el autor de los diálogos, y aun tenía ciertas puntas de poeta. El romance en que el truhán Castañeda describe la algazara y bullicio de las Carnestolendas recuerda aquella viveza como de azogue que tiene el baile de la chacona cantado por Cervantes en un romance análogo.

Los que con tanta ligereza suelen notar de pesados nuestros antiguos libros de entretenimiento, no pondrán semejante tacha á estos Diálogos, que si de algo pecan es de ligeros en demasía. El autor, creyendo sin duda que el frío de tres noches de febrero en Burgos no podía combatirse sino con estimulantes enérgicos, abusó del vino añejo de la taberna de Colmenares, y espolvoreó sus platos de Antruejo con acre mostaza. Pero el recio paladar de los lectores de entonces no hizo melindre alguno á tal banquete, y la idea del libro gustó tanto, que á imitación suya se escribieron otros con más decoro y mejor traza, pero con menos llaneza y con gracia más rebuscada, como Tiempo de Regocijo y Carnestolendas de Madrid, de D. Alonso del Castillo Solórzano (1627); Carnestolendas de Zaragoza en sus tres días, por el Maestro Antolínez de Piedrabuena (1661), y Carnestolendas de Cádiz, por D. Alonso Chirino Bermúdez (1639).

Así como en Gaspar Lucas Hidalgo comienza el género de los Saraos de Carnestolendas, así en el libro del navarro Antonio de Eslava, natural de Sangüesa, aparece por primera vez el cuadro novelesco de las Noches de Invierno, que iba á ser no menos abundante en la literatura del siglo XVII[244]. Por lo demás, á esto se reduce la semejanza entre ambos autores, no menos lejanos entre sí por el estilo que por la materia de sus relatos. Hidalgo es un modelo en la narración festiva, aunque sea trivial, baladí y no pocas veces inmundo lo que cuenta. Eslava, cuyos argumentos suelen ser interesantes, es uno de los autores más toscos y desaliñados que pueden encontrarse en una época en que casi todo el mundo escribía bien, unos por estudio, otros por instinto. Tienen, sin embargo, las Noches de invierno gran curiosidad bibliográfica, ya por el remoto origen de algunas de sus fábulas, ya por la extraordinaria fortuna que alguna de ellas, original al parecer, ha tenido en el orbe literario, prestando elementos á una de las creaciones de Shakespeare.

Todo en el libro de Eslava anuncia su filiación italiana; nadie diría que fue compuesto en Navarra. La escena se abre en el muelle de Venecia: háblase ante todo de la pérdida de un navío procedente de la isla de Candía y del incendio de un galeón de Pompeyo Colonna en Messina. Los cuatro ancianos que entretienen las noches de invierno asando castañas, bebiendo vino de malvasía y contando aventuras portentosas, se llaman Silvio, Albanio, Torcato y Fabricio. Ninguna de las historias es de asunto español, y las dos que trae pertenecientes al ciclo carolingio tampoco están tomadas de textos franceses, sino de una compilación italiana bien conocida y popular, I Reali di Francia.

El capítulo X, «do se cuenta el nacimiento de Carlo Magno, Rey de Francia», es una curiosa versión del tema novelesco de Berta de los grandes pies, es decir, de la sustitución fraudulenta de una esposa á otra, cuento de folk-lore universal, puesto que se ha recogido una variante de él hasta entre los zulús del África Meridional[245]. Como todas las leyendas de su clase, ésta ha sido objeto de interpretaciones míticas. Gaston París quiere ver en ella un símbolo de la esposa del sol, cautiva ó desconocida durante el invierno, pero que recobra sus derechos y majestad en la primavera[246]. Sea de esto lo que fuere, la Edad Media convirtió el mito en leyenda épica y le enlazó, aunque tardíamente, con el gran ciclo de Carlo Magno, suponiendo que Berta, madre del Emperador, suplantada durante cierto tiempo por una sierva que fue madre de dos bastardos, había sido reconocida al fin por su esposo Pipino, á consecuencia de un defecto de conformación que tenía en los dedos de los pies. Esta leyenda no tiene de histórico más que el nombre de la heroína, y sin recurrir al ya desacreditado mito solar, nos inclinamos á creer con León Gautier[247] que es una de las muchas variedades del tipo de la esposa inocente, calumniada y por fin rehabilitada, que tanto abunda en los cuentos populares, y al cual pertenecen las aventuras de la reina Sibila y de santa Genoveva de Brabante.

En una memoria admirable, á pesar del tiempo que ha transcurrido desde 1833, estudió comparativamente Fernando Wolf[248] las leyendas relativas á la madre de Carlomagno, sin olvidar el texto de Eslava. Los eruditos posteriores han acrecentado el catálogo de las versiones, haciéndolas llegar al número de trece, pero sustancialmente no modifican las conclusiones de aquel excelente trabajo. No hay texto en prosa anterior al de la Crónica de Saintonge, que es de principios del siglo XIII. Los poemas más antiguos que la consignan son uno franco-itálico de principios del mismo siglo (Berta de li gran pié), que forma parte de una compilación manuscrita de la biblioteca de San Marcos de Venecia, adaptación ó refundición de otro poema francés perdido, y el mucho más célebre de Adenet li Roi, Roman de Berte aus grans piés, compuesto por los años de 1275 y que tuvo la suerte no muy merecida de ser la primera canción de gesta francesa que lograse los honores de la imprenta[249].

Con este relato del trovero Adenet ó Adenès se conforma en sustancia el de nuestra Gran Conquista de Ultramar, mandada traducir por D. Sancho IV el Bravo sobre un texto francés que seguramente estaba en prosa, pero que reproducía el argumento de varios poemas y narraciones caballerescas de diversos ciclos. Las variantes de detalle indican que esta narración era distinta de la de Adenet, y acaso más antigua y distinta asimismo de la versión italiana. No es del caso transcribir tan prolija historia, pero conviene dar alguna idea para que se compare esta versión todavía tan poética con la infelicísima rapsodia de Eslava.

La leyenda de Berta, como todas las restantes, ha penetrado en la Gran Conquista de Ultramar por vía genealógica. En el capítulo XLIII del libro II se dice, hablando de uno de los cruzados: «Aquel hombre era muy hidalgo é venía del linaje de Mayugot, de París, el que asó el pavon con Carlos Maynete, e dio en el rostro a uno de sus hermanos de aquellos que eran hijos de la sierva que fuera hija del ama de Berta, que tomara por mujer Pipino, el rey de Francia».