Los demás capítulos de las Noches de invierno apenas merecen citarse. Un esclavo cristiano, que «con doce trompas de fuego sulphureo y de alquitrán» hace volar todas las galeras turcas; una nuera que para vengarse de su suegro le da á comer en una empanada los restos de su nieto; dos hermanos que sin conocerse lidian en público palenque; una princesa falsamente acusada, víctima de los mismos ardides que la reina Sevilla, son los héroes de estas mal concertadas rapsodias que apenas pueden calificarse de originales, puesto que están compaginadas con reminiscencias de todas partes. La historia del rey Clodomiro, por ejemplo, no es más que una variante, echada á perder, de la hermosa leyenda del Emperador Joviniano (cap. LIX del Gesta Romanorum), sustituido por su ángel custodio, que toma su figura y sus vestiduras regias mientras él anda por el mundo haciendo penitencia de su soberbia y tiranía. En Eslava, toda la poesía mística de la leyenda desaparece, pues no es un ángel quien hace la transformación, sino un viejo y ridículo nigromante.
Además de las novelas contiene el libro, de todas suertes curiosísimo, del poeta de Sangüesa varias digresiones históricas y morales, una apología del sexo femenino y una fábula alegórica del nacimiento de la reina Telus de Tartaria, que dice traducida de lengua flamenca, citando como autor de ella á Juan de Vespure, de quien no tengo la menor noticia.
Tal es, salvo omisión involuntaria[265], el pobre caudal de la novela corta durante más de una centuria; y ciertamente que maravilla tal esterilidad si se compara con la pujanza y lozanía que iba á mostrar este género durante todo el siglo XVII, llegando á ser uno de los más ricos del arte nacional. No faltan elementos indígenas en las colecciones que quedan reseñadas, pero lo que en ellas predomina es el gusto italiano. Y aun pudieran multiplicarse las pruebas de esta imitación, mostrando cómo se infiltra y penetra hasta en las obras de temple más castizo y que son sin duda emanación genuina del ingenio peninsular. Así, el capítulo del buldero, uno de los más atrevidos del Lazarillo de Tormes, tiene su germen en un cuento de Masuccio Salernitano[266]. Así, las novelas románticas intercaladas en el Guzmán de Alfarache, la de Dorido y Clorinia, la de Bonifacio y Dorotea, la de Don Luis de Castro y Don Rodrigo de Montalvo, están enteramente en la manera de los novellieri italianos, y la última de ellas procede también de Masuccio[267]. Así, la Diana de Jorge de Montemayor, que en su fondo debe más al bucolismo galaico-portugués que á la Arcadia de Sannazaro, se engalana con la historia de los amores de D. Félix y Felismena, imitada de Bandello[268].
Novelas del mismo corte y origen se encuentran por incidencia en otros libros, cuya materia principal no es novelesca, especialmente en los manuales de cortesía y buena crianza, imitados ó traducidos del italiano. Prescindiendo por ahora del Cortesano de Boscán, que es pura traducción, aunque admirable, y que tendrá más adecuado lugar en otro capítulo de la presente historia, donde estudiaremos los diálogos que pintan aspectos varios de la vida social, no podemos omitir la ingeniosa refundición que del Galateo de Messer Giovanni Della Casa hizo Lucas Gracián Dantisco en su Galateo Español (1599), libro de los más populares, como lo acreditan sus numerosas ediciones[269]. El autor nos ofrece á un tiempo la teoría y la práctica de las novelas y cuentos, dándonos curioso specimen de la conversación de su época.
«Allende de las cosas dichas, procure el gentil hombre que se pone á contar algun cuento ó fábula, que sea tal que no tenga palabras desonestas, ni cosas suzias, ni tan puercas que puedan causar asco á quien le oye, pues se pueden dezir por rodeos y términos limpios y honestos, sin nombrar claramente cosas semejantes; especialmente si en el auditorio hubiesse mugeres, porque alli se deve tener más tiento, y ser la maraña del tal cuento clara, y con tal artificio que vaya cevando el gusto hasta que con el remate y paradero de la novela queden satisfechos sin duda. Y tales pueden ser las novelas y cuentos que allende del entretenimiento y gusto, saquen dellas buenos exemplos y moralidades; como hazian los antiguos fabuladores, que tan artificiosamente hablaron (como leemos en sus obras), y á su imitacion deve procurar el que cuenta las fábulas y consejas, o otro cualquier razonamiento, de yr hablando sin repetir muchas vezes una misma palabra sin necesidad (que es lo que llaman bordon) y mientras pudiere no confundir los oyentes, ni trabajalles la memoria, excusando toda escuridad, especialmente de muchos nombres»[270].
Como muestra del modo de contar que tenía por más apacible, trae la ingeniosa Novela del gran Soldán con los amores de la linda Axa y el Príncipe de Nápoles. Esta novela es seguramente de origen italiano, y en Castilla había pasado ya al teatro, según nos informa Gracián Dantisco. «Y pues en todas los cosas deste tratado procuramos traer comparaciones y exemplos al proposito, en este que se nos ofrece pondremos un cuento del cual, por aver parecido bien á unos discretos cómicos, se hizo una hermosa tragicomedia»[271].
Lucas Gracián Dantisco, que no es un mero traductor, sino que procura acomodar el Galateo toscano á las costumbres españolas, nos da suficiente testimonio de que el ejercicio de novelar alternativamente varias personas en saraos y tertulias era ya cosa corriente en su tiempo. «Deve tambien el que acaba de contar qualquiera cuento o novela como ésta, aunque sepa muchas, y le oygan de buena gana, dar lugar á que cada qual diga la suya, y no enviciarse tanto en esto que le tengan por pesado o importuno; no combidando siempre a dezillas, pues principalmente sirven para henchir con ellas el tiempo ocioso»[272].
Hemos seguido paso á paso esta incipiente literatura, sin desdeñar lo más menudo de ella, aun exponiéndonos al dictado de micrófilo, para que se comprenda qué prodigio fueron las Novelas Ejemplares de Cervantes, surgiendo de improviso como sol de verdad y de poesía entre tanta confusión y tanta niebla. La novela caballeresca, la novela pastoril, la novela dramática, la novela picaresca, habían nacido perfectas y adultas en el Amadís, en la Diana, en la Celestina, en el Lazarillo de Tormes, sus primeros y nunca superados tipos. Pero la novela corta, el género de que simultáneamente fueron precursores D. Juan Manuel y Boccaccio, no había producido en nuestra literatura del siglo XVI narración alguna que pueda entrar en competencia con la más endeble de las novelas de Cervantes: con el embrollo romántico de Las dos doncellas, ó con el empalagoso Amante Liberal, que no deja de llevar, sin embargo, la garra del león, no tanto en el apóstrofe retórico á las ruinas de la desdichada Nicosia como en la primorosa miniatura de aquel «mancebo galan, atildado, de blancas manos y rizos cabellos, de voz meliflua y amorosas palabras, y finalmente todo hecho de ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y adornado de brocados. ¡Y qué abismos hay que salvar desde estas imperfectas obras hasta el encanto de La Gitanilla, poética idealización de la vida nómada, ó la sentenciosa agudeza de El Licenciado Vidriera, ó el brío picaresco de La Ilustre Fregona, ó el interés dramático de La Señora Cornelia y de La Fuerza de la Sangre, ó la picante malicia de El Casamiento Engañoso, ó la profunda ironía y la sal lucianesca del Coloquio de los Perros, ó la plenitud ardiente de vida que redime y ennoblece para el arte las truhanescas escenas de Rinconete y Cortadillo! Obras de regia estirpe son las novelas de Cervantes, y con razón dijo Federico Schlegel que quien no gustase de ellas y no las encontrase divinas jamás podría entender ni apreciar debidamente el Quijote. Una autoridad literaria más grande que la suya y que ninguna otra de los tiempos modernos, Goëthe, escribiendo á Schiller en 17 de diciembre de 1795, precisamente cuando más ocupado andaba en la composición de Wilhelm Meister, las había ensalzado como un verdadero tesoro de deleite y de enseñanza, regocijándose de encontrar practicados en el autor español los mismos principios de arte que á él le guiaban en sus propias creaciones, con ser éstas tan laboriosas y aquéllas tan espontáneas. ¡Divina espontaneidad la del genio que al forjarse su propia estética adivina y columbra la estética del porvenir![273].
M. Menéndez y Pelayo.
Santander, enero de 1907.
NOTAS: