¿Parescete, Diana, que debe fiarse un entendimiento como el tuyo en cosas de aire, y que hay razón para adorar tan de veras á cosa tan de burlas como el Dios de Amor? El cual es fingido por vanos entendimientos, seguido de deshonestas voluntades, y conservado en las memorias de los hombres ociosos y desocupados. Estos son los que le dieron al Amor el nombre tan celebrado que por el mundo tiene. Porque viendo que los hombres por querer bien padescían tantos males, sobresaltos, temores, cuidados, recelos, mudanzas y otras infinitas passiones, acordaron de buscar alguna causa principal y universal, de la cual como de una fuente nasciessen todos estos efectos. Y assí inventaron el nombre de Amor, llamándole Dios, porque era de las gentes tan temido y reverenciado. Y pintáronle de manera que cuando veen su figura tienen razón de aborrescer sus obras. Pintáronle muchacho, porque los hombres en él no se fíen; ciego, porque no le sigan; armado, porque le teman; con llamas, porque no se le lleguen, y con alas, para que por vano le conozcan. No has de entender, pastora, que la fuerza que al Amor los hombres conceden, y el poderío que le atribuyen, sea ni pueda ser suyo: antes has de pensar que cuanto más su poder y valor encarescen, más nuestras flaquezas y poquedades manifiestan. Porque decir que el Amor es fuerte, es decir que nuestra voluntad es floja, pues permite ser por él tan fácilmente vencida; decir que el Amor tira con poderosa furia venenosas y mortales saetas, es decir que nuestro corazón es descuidado, pues se ofresce tan voluntariamente á recebirlas; decir que el Amor nuestras almas tan estrechamente captiva, es decir que en nosotras hay falta de juicio, pues al primer combate nos rendimos, y aun á veces sin ser combatidos, damos á nuestro enemigo la libertad. Y en fin, todas las hazañas que se cuentan del Amor no son otra cosa sino nuestras miserias y flojedades. Y puesto caso que las tales proezas fuesen suyas, ellas son de tal calidad que no merescen alabanza. ¿Qué grandeza es captivar los que no se defienden, qué braveza acometer los flacos, qué valentía herir los descuidados, qué fortaleza matar los rendidos, qué honra desasossegar los alegres, qué hazaña perseguir los malaventurados? Por cierto, hermosa pastora, los que quieren tanto engrandescer este Cupido, y los que tan á su costa le sirven, debieran por su honra dalle otras alabanzas; porque con todas estas el mejor nombre que gana es de cobarde en los acometimientos, cruel en las obras, vano en las intenciones, liberal de trabajos y escaso de gualardones. Y aunque todos estos nombres son infames, peores son los que le dan sus mesmos aficionados, nombrándole fuego, furor y muerte; y al amar llamando arder, destruirse, consumirse y enloquecerse; y á sí mesmos nombrándose ciegos, míseros, captivos, furiosos, consumidos y inflamados. De aquí viene que todos generalmente dan quejas del Amor, nombrándole tirano, traidor, duro, fiero y despiadado. Todos los versos de los amadores están llenos de dolor, compuestos con suspiros, borrados con lágrimas y cantados con agonía. Allí veréis las sospechas, allí los temores, allí las desconfianzas, allí los recelos, allí los cuidados y allí mil géneros de penas. No se habla allí sino de muertes, cadenas, flechas, venenos, llamas, y otras cosas que no sirven sino para dar tormento, cuando se emplean, y temor, cuando se nombran. Mal estaba con estos nombres Herbanio, pastor señalado en la Andalucía, cuando en la corteza de un álamo, sirviéndole de pluma un agudo punzón, delante de mí escribió este

Soneto.

Quien libre está, no viva descuidado,
que en un instante puede estar captivo,
y el corazón helado y más esquivo
tema de estar en llamas abrasado.
Con la alma del soberbio y elevado
tan áspero es Amor y vengativo,
que quien sin él presume de estar vivo,
por él con muerte queda atormentado.
Amor, que á ser captivo me condenas,
Amor que enciendes fuegos tan mortales,
tú que mi vida afliges y maltratas:
Maldigo dende agora tus cadenas,
tus llamas y tus flechas, con las cuales
me prendes, me consumes y me matas.

Pues venga agora al soneto de tu Syreno á darme á entender que la imaginación de las hazañas del Amor basta á vencer la furia del tormento: porque si las hazañas son matar, herir, cegar, abrasar, consumir, captivar y atormentar, no me hará creer que imaginar cosas de pena alivie la fatiga, antes ha de dar mayores fuerzas á la passión, para que siendo más imaginada, dure más en el corazón, y con mayor aspereza le atormente. Y si es verdad lo que cantó Syreno, mucho me maravillo que él, recibiendo, según dice, en este pensamiento tan aventajado gusto, tan fácilmente le haya trocado con tan cruel olvido como agora tiene, no sólo de las hazañas de Cupido, pero de tu hermosura, que no debiera por cosa del mundo ser olvidada.

Apenas había dicho Alcida de su razón las últimas palabras, que Diana, alzando los ojos, porque estaba con algún recelo, vió de lejos á su esposo Delio, que bajaba por la halda de un montecillo, encaminándose para la fuente de los alisos, donde ellas estaban. Y ansi, atajando las razones de Alcida, le dijo: No más, no más, pastora, que tiempo habrá después para escuchar lo restante y para responder á tus flojos y aparentes argumentos. Cata allá que mi esposo Delio desciende por aquel collado, y se viene para nosotras; menester será que, por dissimular lo que aquí se trataba, al son de nuestros instrumentos comencemos á cantar, porque cuando llegue se contente de nuestro ejercicio. Y ansí, tomando Alcida su cítara y Diana su zampoña, cantaron desta manera:

Rimas provenzales.

ALCIDA

Mientras el sol sus rayos muy ardientes
con tal furia y rigor al mundo envía,
que de Nymphas la casta compañía
por los sombríos mora y por las fuentes.
Y la cigarra el canto replicando,
se está quejando,
pastora canta,
con gracia tanta,
que enternescido
de haberte oído,
el poderoso cielo de su grado
fresco licor envíe al seco prado.

DIANA

Mientras está el mayor de los planetas
en medio del oriente y del ocaso,
y al labrador en descubierto raso
más rigurosas tira sus saetas.
Al dulce murmurar de la corriente
de aquesta fuente,
mueve tal canto,
que cause espanto,
y de contentos
los bravos vientos,
el ímpetu furioso refrenando,
vengan con manso espíritu soplando.